El trajín de las aduanas

image99No sé si porque no estamos acostumbrados ya en Europa pero el viaje ha tenido un trasfondo “fronterizo” bastante pesado, la verdad. Desde el paso de Ushuaia a Punta Arenas, en una especie de páramo polvoriento entre los dos países, hasta la última que pasé, la de Uruguay a Argentina, en la terminal de buques de Colonia del Sacramento, he tenido de todo tirando a “peñazo”. El premio se lo lleva la frontera entre Los Antiguos y Chile Chico por las dificultades del transporte público entre los dos países, dos únicos trayectos de ida y dos de vuelta al día. Además, como la empresa es chilena están preparados para las personas que hacen el trayecto de Chile a Argentina. Los del trayecto contrario, como era mi caso,  o haces las gestiones a toda velocidad o no tienes tiempo de volver. Si a eso le unes que los taxis no pasan de un país al otro, las consecuencias están claras, o alguien te lleva o puedes tener que hacer unos bonitos 8 o 9 kilómetros a pie. También me causó una impresión muy desangelada la frontera cercana a Las Torres del Paine camino de El Calafate. Y eso es más extraño, porque tiene bastante paso, ya que muchos de los visitantes de las Torres vienen de Argentina, de hecho, la mayoría de la gente cree que el Parque es argentino. Y las mayores facilidades en Iguaçú, direis que me repito, pero es que Brasil es otra cosa.

El hotel de Chile Chico

image85 Yo creo que las prisas por el asunto fronterizo me nublaron la vista porque si no es imposible que hubiera reservado habitación en ese hotel. Veo que no tengo fotos, pero si os digo que parecía uno de esos hoteles cutres que salen en las películas policiacas cuando quieren dar una imagen tremebunda de México o de algún país latino, os podéis hacer una idea. Un pasillo oscuro y estrecho, una recepción mínima, una cocina comedor, al lado, para los dueños, un tipo gordo y con bigote, sudoroso, que te atiende en camiseta de tirantes con todas las llaves a la vista, y una habitación con tres camas dobles y eso sí, afortunadamente baño privado…, creo que eso fue definitivo. Cuando volví al día siguiente para pasar la noche era la hora de la comida y estaban comiendo en la cocina. A la media hora los ronquidos del tipo se oían en todo el hotel. Bueno, pues en contra de todas las previsiones, la habitación y el baño estaban realmente limpios, la cama era cómoda y los dueños resultaron ser una gente encantadora y muy amables, además de ofrecer uno de los mejores desayunos de todo el viaje. Hacía calor pero con el ventilador de techo fue suficiente. Si me lo cuentan, no me lo creo.

La niña que “me confundió” con su padre

00622Otra de las anécdotas del viaje me ocurrió en el barco entre Puerto Chacabuco y Puerto Montt, una travesía de veinticuatro horas realmente espectacular, como ya he contado. Cuando estaba esperando en la cola del desayuno, se acercó una chica jovencita, de unos veinte años mirándome muy fijamente con cara de sorpresa. Me desconcerté un poco porque no la conocía de nada, claro. Entonces me pidió disculpas por dirigirse a mí pero me explicó que me parecía muchísimo a su padre, que era prácticamente igual que él. Creo que al principio no sabía muy bien como tomármelo, quieras o no, en un viaje de estos vas de alguna manera con una cierta coraza y con algo de desconfianza hacia lo que se sale de lo habitual. Y esto se salía totalmente. No sabía que decirle, aparte de algún topicazo de los habituales en estos casos: “Bueno, soy un tipo muy estándar” “Dicen que todos tenemos un doble” “Te aseguro que no soy tu padre, jajaja”… En ese momento se acercó un chaval de su edad, más o menos, y me dijo que seguramente estaría muy extrañado por la situación pero que realmente el parecido era sorprendente. Le preguntó a su novia si llevaba alguna foto y ella dijo que sí pero que no se le veía muy bien. Me enseñó una foto en el móvil y, aunque estaba algo de perfil, tengo que decir que me quedé helado. No es que nos pareciéramos, es que “era” yo. Con el pelo más largo, y una barba muy similar; pero no solo eso, la boca, la nariz, el corte de cara y hasta el cuerpo podrían haber sido perfectamente los míos. Les comenté mi impresión sin decirles que si hubiera llevado el pelo como lo llevo habitualmente les habría dado un infarto directamente, y nos sentamos juntos a desayunar. Iban a iniciar un nuevo curso en Puerto Montt y yo les conté el viaje que estaba realizando. Ella sabía que su familia tenía origen español pero conocía muy pocos detalles, ni siquiera el lugar de donde podían ser originarios, no parece que se hablara mucho de eso en su casa. Nos vimos alguna otra vez durante la travesía, claro, pero no volvimos a hablar del tema. Me quedé con ganas de preguntarle por su relación con su padre porque me dio la sensación de que no debía ser muy cercana, pero pensé que si ella no me lo contaba no tenía razón alguna para “cotillear”. Y así quedó todo, sabiendo que, efectivamente, tengo un doble en algún lugar de Chile.

La familia de Puerto Montt

00810Algo he hablado de ellos pero sin duda se merecen un comentario dedicado. En Puerto Montt, al llegar, tuve el único “incidente” que puedo considerar como tal en todo el viaje. El barco llegó muy tarde y cuando llegué a la terminal de bus eran más de las once de la noche. Tomé un taxi y le indiqué la dirección, Alberto Goecke 547. El taxista me dijo que esa calle no existía, que el nombre correcto era Augusto Goecke. Me pareció que entraba dentro de lo posible una confusión por mi parte entre Augusto y Alberto, tened en cuenta que solo podía usar el móvil en lugares con wifi, y salimos. Pero llegamos al final de la calle y el número más alto era un 400, así que le insistí y él me volvió a decir que con toda seguridad esa calle no existía. Cómo era tan tarde, antes de que la cosa se pusiera peor, decidí pasar la noche y llamar al día siguiente para intentar solucionarlo. El taxista, la verdad es que muy amablemente, me llevó a un hostal bastante aceptable y con wifi, ¡¡bajando la bandera para que no corriera la cuenta, no te lo pierdas!! Si llevaba comisión sería poca cosa, porque el hostal era realmente barato. Lo normal habría sido pensar que me habían timado, pero os aseguro que no se me pasó por la cabeza, todo el tiempo pensé que debía haber algún error. La duda terminó cuando me llamó, preocupadísima, María Zulema, mi anfitriona, a la media hora más o menos de haber llegado al hostal. Le debió costar la llamada casi lo que me cobró por la estancia, porque estaba muy nervios y ni me entendía ni se explicaba, así que le tuvo que pasar el teléfono a su hijo. Resulta que existen las dos calles y, además, están bastante cerca una de otra, así que el fallo vino del taxista, que no conocía la existencia de Alberto Goecke, al parecer. Se ofreció a venir a buscarme inmediatamente pero le dije que ya estaba instalado y no me parecía bien salir corriendo esa noche, así que quedamos en que me recogería al día siguiente como así fue. Después de esto, aunque no creo que por esa razón sino por su forma de ser, todo fueron atenciones y amabilidad durante la semana que pasé allí. La habitación era excelente y el desayuno inmejorable. Me llevaron en coche, me ayudaron a alquilar uno a buen precio, que negoció Antonio, y, sobre todo, el padre, Alfredo, ingeniero oceanográfico y perfecto conocedor de toda la costa de su país y de gran parte del mundo, resultó ser un excelente conversador, de modo que nos daban todos los días las dos de la mañana hablando de lo divino y de lo humano. Una experiencia inmejorable de unas personas sencillas y hospitalarias que se proponen, y consiguen, que te sientas verdaderamente en familia.

El ferretero de Hornopirén

00918Otro de esos ejemplos de sentido de la hospitalidad admirables que he podido ver y disfrutar durante el viaje lo viví en Hornopirén, uno de los lugares más espectaculares, por sí mismo, sin “atracciones” que lo revaloricen, de todo el recorrido. Era domingo por la mañana y llegué al pueblo, después de un tramo importante de ripio, sobre las once más o menos. Estando en el embarcadero donde comienza realmente la carretera austral, me había dado cuenta de que la suela de una de las zapatillas que llevaba, hacía un día espléndido y no pensaba andar demasiado, estaba casi completamente despegada. Cuando estaba repostando gasolina vi enfrente una ferretería que estaba abierta, así que, al terminar, entré con la idea de comprar algún pegamento y hacer una reparación que me sirviera al menos para no ir tan incómodo. Atendía una chica joven y un hombre de unos cincuenta años que parecía el dueño o el encargado. Le pedí un tubo de pegamento y me preguntó para qué era. Cuando se lo conté me pidió la zapatilla y, sin dejar de charlar con los otros clientes, con la chica y conmigo, buscó un trozo de lija, se puso a limpiar bien la zona de pegado y me reparó la zapatilla en un momento. Ni siquiera había utilizado el más caro, cosa sorprendente para nuestra mentalidad, ya que se lo había puesto fácil. Durante el tiempo que duró la reparación habíamos hablado sobre mí, sobre mi viaje, de donde venía, hacia donde iba, en fin, lo habitual. Pero además me había preguntado si estaba allí para conocer algo concreto, a lo que le contesté que no especialmente, mi idea era avanzar por la carretera austral el máximo que pudiera antes de volver a tiempo de tomar el ferry. Entonces me dijo que si le esperaba a que terminara con uno de los clientes me diría un par de sitios que no debía dejar de ver ya que había llegado hasta allí. Naturalmente esperé, y cuando terminó, me llevó a su despacho, abrió el Google Maps, y sobre la pantalla me explicó como llegar a un par de sitios de los alrededores que,como pude comprobar, desde luego merecía la pena visitar, porque además no me desviaban gran cosa de mi camino. Mientras, me contó por encima alguno de los viajes que había hecho y me dio algunos consejos sobre las próximas etapas que iba a realizar. Salí de allí alucinando de que todavía se puedan encontrar por el mundo personas que se tomen con tanta naturalidad su “obligación” hospitalaria con quienes les vistan, que fue la explicación que el me dio al agradecerle su ayuda.

 

 

2 Comentarios »

  1. Tus relatos contando las anécdotas son realmente exquisitos. Qué lugares tan bellos y las personas con las que te has encontrado han sido muy correctas contigo; eso es un descanso para el viajero. Un gran viaje realizado. Felicidades!

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