De vez en cuando la vida se toma la molestia de poner en tu camino lugares y personas que te compensan de las dificultades, los problemas y hasta de lo inexorable de su propio paso. Pues eso me ha ocurrido a mí con Isla Margarita y con mi, ahora de verdad, amiga Aura. La verdad es que hace tiempo que nos “conocemos”, y lo entrecomillo porque nuestra relación venía de internet, de facebook concretamente, si no recuerdo mal. Cuando estaba planificando este viaje me habló de la posibilidad de visitar la isla, donde ella vive hace relativamente poco tiempo, y que es un lugar del que he oído hablar desde hace muchos años, sobre todo a un amigo que trabajaba en una compañía aérea y conocía casi todo el mundo, pero pasaba siempre allí sus vacaciones, lo cual no es mala referencia. Yo le dije que me gustaría pero que debido a la situación actual del país no pensaba visitar Venezuela. Me comentó que Margarita era diferente y que aunque los problemas económicos eran similares a los del resto del país, la cuestión de la inseguridad era mucho menos preocupante. Entre sus razonamientos y mi deseo de dejarme convencer, encontré un pasaje desde Bogotá que me encajaba bien en el viaje y decidí dar el salto desde Colombia y conocer la isla. Creo que nunca agradeceré suficientemente haber tomado esta decisión. Ella vive en una urbanización cerrada, bastante segura, lo que no evita que algún vecino haya tenido alguna visita indeseable, pero es verdad que, por lo que cuentan los propios venezolanos, nada comparado a los problemas de inseguridad de otros lugares. Y no estoy hablando de personas de la oposición, más bien de personas muy respetuosas con muchas de las cosas hechas durante la época de Chaves, pero que entienden que el país no puede continuar por los derroteros en los que ha entrado. No tienen tampoco demasiadas simpatías por los opositores, al menos los más significados, porque la mayoría les parecen muy poco fiables, pero necesitan una solución y esperan que llegue lo antes posible. Están viviendo con una inflación real que ronda el 7000%, y funcionan económicamente con dos tipos de cambio principalmente, el oficial, que ronda los 100 bolívares por dólar, y el real, el que maneja todo el mundo, que está alrededor de los 4.000. En estas circunstancias es muy difícil funcionar en el día a día. Pero no pierden la alegría ni la confianza en que podrán superarlo. De alguna manera, aunque la situación es diferente, me recuerdan mucho a los cubanos. Estas son unas fotos de la urbanización.

 

Al día siguiente decidimos recorrer la zona más apartada y menos turística de la isla, la zona que llaman la península, precisamente porque lo es y está rodeada de playas tranquilas y pequeños pueblos de pescadores más allá de una laguna preciosa, en realidad un conjunto de manglares con salida al mar, que pudimos recorrer casi en su totalidad yo creo que por la evidente falta de clientela una vez pasada la Semana Santa.

El recorrido por las playas y pueblos es como un auténtico viaje al pasado, donde las cosas eran naturales y las playas, más o menos aprovechadas, solo extensiones de arena en el punto de contacto del mar y la tierra que lo mismo servían para bañarse y jugar con las olas que para varar los barcos de los pescadores en tierra sin necesidad de puertos ni fondeaderos. Y la vida transcurre así, junto al mar y viviendo del mar y de lo que aporta, incluidos los curiosos de otras latitudes que buscan un buen pescado fresco o un baño en unas aguas limpias y sin contaminar, con el color que producen los diferentes fondos marinos combinados en un autentico espectáculo.

 

Pero claro, no toda la isla es así, también hay puertos, hoteles, apartamentos y playas con sombrillas, tumbonas y restaurantes o chiringuitos nada despreciables. La cantidad de centros comerciales es incluso excesiva, diría yo, teniendo en cuenta la situación económica, de hecho se rumorea que algunos de los que están construyendo, porque siguen construyendo, son más por necesidad de lavar dinero sucio por parte de algunos que por verdaderas necesidades de la isla que no las tiene. Podéis ver en una de las fotos una cola para comprar pan, que no es lo que más les gusta, prefieren las arepas, una especie de tortas de maíz, pero es que el precio de la harina de maíz está disparado y cuando en algún sitio se corre la voz de que hay pan, se forman colas mucho mayores que ésta, formada cuando aún no habían abierto el establecimiento.

Claro que no todos los atractivos y puntos de interés de la isla se reducen a las playas y los centros comerciales, en algunos pueblos de la costa y del interior quedan vestigios de la época colonial y de las vicisitudes de la independencia. En uno de los pueblos más conocidos, Juan Griego, el lugar donde estamos en unas fotos junto a los viejos cañones de un fortín típico de la etapa colonial, nos ocurrió una anécdota tan simpática como penosa en cierto modo. Cuando subíamos en el coche por la cuesta que conduce al fortín, nos paró un niño que no sé si llegaría a los diez años. Entre el atrevimiento de ponerse delante del coche, su desparpajo al ofrecerse a contarnos la historia de los defensores del lugar y que era un mulato guapísimo, con unos ojos enormes, le dejamos subir y que nos contara que los valiente defensores habían preferido ahogarse en una laguna cercana con toda su munición a cuestas que entregarse a los malvados españoles. Lo desagradable es que antes de llegar arriba nos pidió que paráramos y que le pagáramos ya, y cuando le preguntamos porque tanta prisa, nos dijo que si subía más los mayores que estaban arriba le quitarían la mitad del dinero y que si nos preguntaban dijéramos que nos habían contado la historia en la playa. Lo peor es que en cuanto le pagamos, salió corriendo cuesta abajo como un descosido porque, efectivamente, un ganso de unos dieciséis, estaba ya bajando la cuesta buscándole. Afortunadamente no debió pillarle porque cuando nos íbamos nos saludó con la mano aparentemente muy feliz. Pero no me digáis que no es triste la cosa.

La mujer que aparece junto a Aura en el faro es su amiga Ángela, una veterana ya margariteña, chef especializada en comida venezolana, maravillosa persona y autora de este pabellón criollo tan espectacular como sabroso:

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Y por último, como broche final a mi estancia en Margarita, me convencieron para hacer una excursión en barco a la isla Coche, a una hora y media de travesía y dentro de un programa todo incluido que facilita uno de los hoteles de la isla supongo que para ganar clientes, porque el sitio, como lugar de relax, es espectacular, como vais a ver. La fiesta empieza desde el mismo momento que se zarpa gracias a un grupo de animación que, como buenos venezolanos, no paran de organizar fiesta, desde baile, reggaeton a tope, bebidas, incluyendo ron, sobre todo, pero también cerveza y jugos, y concursos más o menos divertidos pero que, en nuestro grupo, donde abundaba la gente joven, era sábado, eran todos muy bien acogidos y con mucha participación. Además la mayoría del pasaje era venezolano o colombiano, con algún toque brasileño y argentino, así que…

Y así acaba este primer, y espero que no último viaje a Margarita, bueno, con una buena cena de despedida y un poco de música para acompañar. Al final, cuando ya volaba por encima de las nubes, parece que el sol que he disfrutado estos días también quería despedirse. Espero volver pronto y retomar nuestros encuentros en este maravilloso sitio y tan maravillosamente acompañado como lo he estado esta vez. Solo puedo decir, como  Ana Belén en la canción que dedica a su hija recién nacida, aquello de “… Nada me gustaría, como saber cierto, a qué o a quién tendré que agradecerlo…”.

 

 

 

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