Es una de las grandes ciudades del centro del país, comenzando por Caracas y siguiendo por Valencia, Barquisimeto, la propia Maracay, que junto con La Victoria y alguna otra población satélite conforma un núcleo de población muy importante, y en tono menor Barcelona, aunque si le unimos Puerto la Cruz podemos también considerarla una de las grandes.

Una de las primeras cosas en que uno se fija es la importante presencia militar en la ciudad, que al contrario de lo que ocurre en otros lugares, resulta muy abierta al resto de ciudadanos, de hecho el Circulo Militar se ha convertido, también por el problema de la seguridad, en un complejo hostelero que incluye hotel y diferentes restaurantes y lugares de copas, algunos con musica en directo, pero también papelería, venta de agua, Ciber, es decir, un lugar de servicios que pueden utilizar todos los vecinos. Con la ventaja de que en todos se admite el pago con tarjeta, lo que no es poco. Por supuesto puede parecer una aberración y suelta un tufillo de corrupción a distancia, pero para los venezolanos supone poder salir con tranquilidad por la noche a un lugar agradable y donde no tienes que estar pensando donde dejas el coche sin riesgo de que te aparezca sin ruedas o sin batería, como ocurrió hace unos días a uno muy cercano al nuestro en el aparcamiento de un centro comercial mientras estábamos en el cine.

El ferry de Margarita nos dejó en Puerto La Cruz, un lugar bastante turístico frecuentado sobre todo por los brasileños, colombianos y venezolanos que prefieren viajar a la isla con su propio vehículo y los camiones de transporte, muy abundantes porque Margarita produce muy poco. Hay, como en la mayoría de esos lugares, abundancia de hoteles y centros comerciales. Me gustó especialmente uno que se encuentra junto a una urbanización de lujo con canales que permiten el amarre junto a la casa, me recordó la zona de Ampuriabrava.

 

 

De Maracay no tengo muchas fotos porque tampoco se diferencia demasiado de cualquier ciudad media de América latina, quizás hay menos puestos de comida ambulante por las calles, aunque abundan en las carreteras, pero es una característica general de Venezuela. Como anécdota, puedo decir que la única situación comprometida en cuanto a seguridad, aunque la presencia militar la hace relativamente tranquila, fue aquí. También es verdad que es el lugar donde más tiempo he pasado después de Margarita, pero estando comprando en una carnicería se organizó a menos de cien metros una “balacera” entre la policía y unos “malandros” que al parecer habían robado un coche. No hubo riesgo en ningún momento porque los empleados bajaron inmediatamente los cierres, está claro que no era la primera vez, pero no oía un disparo de pistola tan cerca desde que hice la “mili”, creo yo.

 

 

 

De todas formas tengo que destacar la visita a las bodegas de ron Santa Teresa, uno de los mejores rones venezolanos, muy antiguas y muy bien adaptadas a los visitantes, con restaurantes, barras con terrazas muy cuidadas, una vieja estación de tren que utilizaban antiguamente para el transporte de la caña de azúcar y, por supuesto, cata de cuatro rones diferentes y visita a las bodegas de envejecimiento. A quien le guste el ron le recomiendo el Linaje, una de las marcas estrella de la casa.

Maracay, como toda la zona central, está separada del mar por una estrecha cadena montañosa, los Andes marítimos, que caen casi literalmente sobre el litoral formando pequeñas zonas suficientemente amplias para uno o un par de pueblos aislados por la costa del resto, solo se comunican por lanchas, con unas playas fantásticas y algunos ríos cortos pero con unos cauces de gran belleza. Estos pueblos se dedican casi exclusivamente a la pesca y al turismo, que sigue llegando a pesar de la crisis durante los fines de semana y las vacaciones de carnaval, semana santa o verano. La mayoría son construcciones modestas aunque se pueden encontrar bonitas posadas muy cuidadas, pero casi todo el mundo alquila habitaciones o pequeños apartamentos. En Choroní pudimos ver como los pescadores, por la tarde, cuando ya han llenado los camiones que llevan el pescado a la ciudad, reparten lo que sobra entre la población local que espera en la playa y el malecón la llegada de las barcas. Parece que no es una costumbre de este momento, pero la crisis la ha hecho más necesaria que nunca. Aquí tenéis algunas fotos de Choroní, la bahía de Cata y Cuyagua.