Fue un poco decepcionante aunque no por lo que vimos sino por lo que no vimos. Habíamos dormido en Maturín, la ciudad más grande de la zona y capital del estado de Moragas, después de la visita a la cueva del Guácharo que nos llevó casi toda la mañana. Una ciudad grande y moderna, con enormes centros comerciales y un feudo absoluto de la todopoderosa PDVSA, la empresa estatal petrolera venezolana. Aquí pudimos comprobar que las precauciones de los ciudadanos y la inseguridad no son un capricho, a la salida de un cine situado en uno de esos centros, a un coche estacionado cerca del nuestro le habían robado la batería. Por supuesto que hay vigilancia, pero… Por otro lado la ciudad no me pareció que ofreciera demasiado interés, solo la catedral, enorme, me pareció que merecía la pena para alguna foto, así que continuamos temprano nuestro camino. El destino era Tucupita, un lugar muy activo, en medio del delta y junto a uno de los canales mayores, el caño Mánamo. El viaje fue agradable, discurriendo por un terreno cada vez más plano, y con una curiosidad, un auténtico frontón de pelota que encontré cuando bajaba a fotografiar una iglesia muy antigua de adobe y madera que me llamó la atención. La verdad es que fue tan sobre la marcha que no me fijé en el nombre del pueblo, pero algún vasco habrá caído por allí seguro. Lo mismo algún cura, no me extrañaría.

 

En un tramo del camino llegamos a un poblado indígena al borde de un río, no se me ocurrió preguntar su nombre a los lugareños (no creo que Stanley o Amundsen me quisieran en sus expediciones), pero era un sitio realmente hermoso. Había gente pescando, otros trabajando unas tiras vegetales con las que hacen cestos y todo tipo de cosas, y otros simplemente bañándose. Vimos una niña de unos doce o trece años que cargaba una capigüara, el mayor roedor conocido, con toda probabilidad el plato del día para la gente del poblado. La verdad es que parecíamos estar en otro país y casi en otro mundo, un mundo aparentemente idílico. En Tucupita esa misma noche, tuvimos ocasión de ver el otro lado de la realidad de estas personas.

 

Tucupita es un pueblo que siempre tuvo una gran actividad, no en vano está en una zona interesante por muchas razones: las minas, el petróleo, la pesca, el turismo del Delta… El problema es que los recursos han ido disminuyendo progresivamente y esas actividades han quedado reducidas a las puramente administrativas y lo poco que queda de las demás. El movimiento de visitantes está prácticamente desaparecido, nosotros no conseguimos encontrar ningún transporte que nos llevara a hacer un recorrido por los canales y pantanos que tanto abundan en la zona. Algunos de los barcos que antes se dedicaban a esa labor se destinan ahora al transporte de pasajeros hacia la cercana Trinidad, en un recorrido a través de los caños que debe ser muy interesante, seguramente, pero para el que no teníamos tiempo. Así que nos conformamos con ver una procesión con misa al aire libre en pleno malecón y marcharnos al día siguiente ante la imposibilidad de hacer el recorrido que queríamos. El clima es cálido y muy húmedo, lo que permite a los indígenas que viajan a la ciudad desde todo el territorio, para cobrar una vez al mes los subsidios del gobierno, acampar la noche anterior junto al caño con sus hamacas (chinchorros) y cocinar al aire libre mientras los niños, muy numerosos, juegan, se bañan y aprovechan para intentar conseguir algo de comer. Una vez que han cobrado, puesto que para ellos no existen las limitaciones de efectivo que rigen para la mayoría de la población, aprovechan para vender parte de los billetes y multiplicar algo sus ingresos. Nada para salir de pobres, desde luego.

Sin dejar la zona del Orinoco nos dirigimos hacia el interior, a una ciudad llamada Puerto Ordaz que, junto con su “hermana” San Felix, hermana pobre en todo caso, forman lo que se conoce hoy como Ciudad Guayana, no sé si como una especie de señal de tipo reivindicativo hacia la República de Guyana, antigua colonia británica, ya que Venezuela reclama parte del territorio limítrofe con ese país. De camino hacia allá, curiosamente en un tramo de carretera de lo mejorcito que he conocido en este viaje, tuvimos un reventón de un neumático (caucho) tan potente, que arrancó incluso parte del protector lateral y del paso de rueda. Afortunadamente fue una rueda trasera. Aquí pude comprobar una vez el miedo de los venezolanos a que les ocurra algo así en un lugar despoblado, miedo justificado, porque un camión paró en seguida y a toda prisa se pusieron a cambiar la rueda mientras yo recogía los embellecedores arrancados. Por supuesto olvidaros de llamar al seguro, para que os hagáis una idea de la situación, un coche a todo riesgo puede ser declarado como siniestro total por la rotura de un parabrisas. Así está la cosa.

Poco antes de llegar a la ciudad, paramos a comer en un asador muy bonito que además funciona como hotel, así que decidimos alojarnos también allí esa noche con posibilidades de que fueran dos, ya que no sabíamos lo que iba a ocurrir con el recambio. Se pueden encontrar o no y el precio es incontrolable, porque además, aunque no es legal, te pueden pedir dólares, con lo que es fácil necesitar algun movimiento de transferencias de los que se han hecho imprescindibles por allí. Me gustó tanto el  lugar y la comida era tan buena, que no pude dejar de hacerle unas fotos. De regalo va una de Aura que le hice allí y que me gusta especialmente. Por cierto, el nombre es Posada La Finca, para que conste en acta.

Puerto Ordaz es una ciudad muy moderna, con un espectacular puente sobre el Orinoco, calles amplias, los consabidos centros comerciales, una industria muy numerosa y un puerto, aunque fluvial, de los principales de Venezuela. Y además unos parques verdaderamente llamativos, mal conservados eso sí, pero con la Naturaleza no puede ni la dejadez humana. En las fotos podéis ver el Parque Cachamay, a orillas del río Caroní y sus múltiples cascadas, un río que se une al Orinoco en los límites de la ciudad, dando lugar a un fenómeno espectacular, ya que el color de las aguas de cada uno de los ríos es diferente, roja y negra, y las corrientes se mantienen paralelas durante varios kilómetros. Eso sí, me tenéis que creer porque cuando llegamos no había luz suficiente y no se ve en las fotos. Como podéis ver los monos andan por el parque como si fuera su casa, seguramente porque lo es.

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