La Cueva (I)

Acababa de cumplir dieciocho años cuando empecé a trabajar en el Banco Central. Había aprobado, aún no me explico cómo, unas oposiciones de las que se convocaban entonces para entrar como auxiliar administrativo en la entidad que, en aquellos años, figuraba en segunda posición del ranking bancario detrás del entonces todopoderoso Banesto. Llevaba un par de años como ayudante de mi padre, calefactor, tras haber abandonado los estudios de Preuniversitario en el elitista CEU, donde estudiaba becado, obviamente, ya que no era sitio para un pobretón de Carabanchel como yo. 

Me incorporé a primeros de julio de 1971 a la Oficina Principal, situada en el edificio donde hoy se encuentra la sede del Instituto Cervantes, en Alcalá esquina Barquillo, frente al Banco de España. Mi primer destino fue en el archivo de Jefatura de Sucursales, donde estuve algo más de un año y donde hice mis primeros amigos: Vitín, a quien tenía que sustituir porque se incorporaba como voluntario a la mili, César, con su pelo afro y sus enciclopédicos conocimientos sobre música, Salán, el único casado del equipo y del que tanto aprendimos los más jóvenes, Maricarmen, una de las poquísimas chicas que trabajaban entonces en banca y, sobre todo, Miguel, Pechi, compañero de múltiples correrías durante aquellos años. De allí me enviaron al departamento de Valores, un lugar deseado por muchos pero en el que apenas duré un par de meses por mi negativa a hacer horas extraordinarias. Y así fue como terminé en “la cueva”.

Oficialmente era el Depósito de Valores, pero el nombre por el que todos lo conocíamos le venía del hecho de estar situado en el segundo sótano del banco, dentro, literalmente, de una enorme caja fuerte con su gruesa y redonda puerta blindada. Era el lugar donde se guardaban y manipulaban las acciones depositadas allí por los clientes y también era uno de los destinos donde se enviaba a quienes en Personal consideraban proscritos por cualquier razón. En realidad era el lugar más divertido y más interesante de todo aquel edificio en el que trabajábamos cerca de ochocientas personas.

A la entrada del departamento había un espacio no demasiado grande donde estaban nuestras mesas, con las correspondientes máquinas de escribir y bandejas de documentos. No recuerdo exactamente, pero con el jefe y el subjefe debíamos ser alrededor de veinte personas. Este lugar comunicaba con la verdadera sala de depósitos donde los títulos se guardaban en grandes bolsas de estructura sencilla que se archivaban alfabéticamente: dos cartones laterales y una banda de arpillera que los unía por tres lados mientras que el abierto se cerraba con dos cintas. Las acciones eran documentos en los que se reflejaba el valor nominal de la misma, con una serie de cupones que había que cortar, contar y preparar para enviar a las empresas periódicamente para el pago de los dividendos. Naturalmente, hoy en día todo esto es innecesario, ya que se hace de forma informática, pero entonces era nuestro trabajo. Poco creativo como se puede imaginar y bastante rutinario. Esa sala era enorme, en forma de L, con más de cinco metros de altura y filas de anaqueles con poco más de un metro de pasillo entre ellos. En el fondo, espacio suficiente para una enorme mesa de hierro pegada a las estanterías y un par de máquinas de cortar cupones, plataformas sujetas al suelo, muy pesadas, con unas guillotinas en ángulo de 90º donde se separaban los cupones manejando los documentos en bloques de cuarenta o cincuenta. Las paredes y el techo eran de hierro y en uno de los laterales se podía oir la corriente del famoso pero desconocido cauce de agua que baja en canalización subterránea por la Castellana, Recoletos y Atocha en dirección Vallecas. Por supuesto ni una gota de luz o aire naturales.

La diversión, en cualquier caso, la poníamos nosotros. Yo aterricé en “la cueva” con apenas diecinueve años y me encontré con compañeros mayores que yo, con experiencias, ideas y aficiones muy distintas pero una filosofía común: la vida es para disfrutarla y la cultura no hace daño a nadie. En resumen, compartir conocimientos y pasarlo bien. Hay que entender que cualquier parecido entre el clima laboral de hoy y el de los primeros 70′ es pura coincidencia. En primer lugar, no te despedían de un trabajo salvo que robaras o mataras a alguien, y eso no siempre, podías cumplir condena y volver a tu mismo puesto, de verdad que no exagero nada, he conocido casos. Hay que entender que el franquismo siempre mantuvo un punto de paternalismo sobre el enfoque de las relaciones laborales, que se reflejaba incluso en las resoluciones de los Tribunales de Trabajo. La razón es simple: lo que realmente importaba era mantener la situación controlada a nivel general. Nada de libertad sindical ni política, censura cultural, control de “costumbres” por parte de la Iglesia, nula libertad de prensa… Las concesiones a la filosofía “obrerista” de algún sector de Falange eran la coartada y lo que permitía vender las bondades del Régimen a muchos ciudadanos que no pensaban más allá.

Un día cualquiera allí dentro transcurría más o menos de la siguiente manera: fichábamos a las ocho y el silencio era casi total hasta las diez, aunque a las nueve más o menos la mayoría visitábamos las máquinas de café. Aparte del madrugón, una razón importante era no despertar a Rafa (el Pelos), que solía llegar a tiempo pero para seguir durmiendo, porque nunca se sabía cómo ni de que manera había terminado realmente su noche y solía tener un muy mal despertar si se hacía bruscamente. Sobre las nueve y media, Íñigo (el Barbas) y yo, salíamos del Banco a comprar el desayuno para todos: diferentes tipos de bocadillos y un par de botellas de vino para la bota que compartíamos durante la hora u hora y media que pasábamos desayunando. Porque no era solo un desayuno, era el momento del debate sobre cine, libros, música, pintura, viajes y, solo a veces, política o temas sociales. Todos sabíamos que había ideas y formas de pensar muy distintas y lo respetábamos. Bueno, a la Iglesia no, la verdad. La Iglesia se llevaba lo suyo casi cada día a pesar de que había católicos en el grupo, pero ni siquiera ellos comulgaban con la jerarquía. Después se trabajaba más o menos hasta las dos, en que solíamos volver a reunirnos alrededor de la enorme mesa de hierro en la que desayunábamos, a contar chistes y hacer bromas mientras esperábamos a fichar la salida, a las tres de la tarde. La mayoría comía cerca porque volvían al trabajo para hacer horas extraordinarias. Yo me iba a mi casa para empezar a vivir de verdad. O eso pensaba entonces.

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