Me duele Catalunya…, (que diría Ortega)

Por esas casualidades de la vida me encuentro investigando mis orígenes catalanes en los que me he remontado, hasta ahora, al año 1600 aproximadamente. Y esto coincide en el tiempo con la situación actual en Catalunya que todo el mundo conoce…, o no. Me explico, todos recibimos el bombardeo diario de datos, más o menos tergiversados según las fuentes, pero poco se habla o se analiza sobre las causas y el trasfondo de la situación. Solo aparecen el ofendido españolismo, por un lado, y el victimismo independentista por otro. y la pregunta que me hago desde mi profundo cariño a esa nación sin Estado en la que he vivido varios años y con la que tengo tantos vínculos es: ¿Por qué los catalanes se colocan siempre en el lado perdedor de la Historia? 

Algunas veces no podemos decir que hayan sido decisiones de las instituciones catalanas exactamente, pero otras muchas sí. No lo juzgo, en algunos casos yo habría hecho lo mismo, pero las consecuencias han sido las que han sido y están siendo las que son. Se pueden ofrecer muchos ejemplos, desde la desesperada situación actual en la que una parte de la sociedad catalana, claramente engañada por sus dirigentes, pretende un imposible dentro de la UE (al menos por ahora, ya veremos que ocurre con Escocia y el Brexit), pasando por el alineamiento con la Segunda República tras el golpe franquista de 1936, los vaivenes de las instituciones durante la Guerra de Sucesión que llevaron a la toma de Barcelona por el ejercito borbónico en 1714, hasta la revuelta dels Segadors en 1640, en un triste viaje hacia atrás en el tiempo que no pretende ser exhaustivo. Como los tres primeros episodios son más conocidos voy a hablar algo de este último.
Felipe IV

A principios del siglo XVII, la situación de Castilla —de donde hasta entonces habían salido los hombres y los impuestos que necesitaron Carlos I y Felipe II para su política hegemónica en Europa— ya no era la misma que la del siglo anterior, su población había mermado en proporción alarmante; su economía se venía abajo; las flotas de Indias que llevaban la plata a España llegaban muchas veces tarde, cuando llegaban, y las remesas tampoco eran las de antes. Todo esto tuvo una repercusión inmediata en los ingresos de la Hacienda real, cuya crisis se vio agravada en 1618 cuando comenzó la que sería llamada Guerra de los Treinta Años y cuando en 1621 expiró la Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas reanundándose así la Guerra de Flandes. Esa compleja situación es la que tuvieron que afrontar el nuevo rey Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares.

Conde-duque de Olivares

El proyecto de Olivares se resume en su aforismo Multa regna, sed una lex (Muchos reinos, pero una ley). Y esa era, sin duda, la de Castilla, donde el poder del rey era más efectivo que en cualquier “provincia” que mantuviese sus tradicionales “libertades”, lo que implicaba modificar el modelo político de los Austrias en el sentido de uniformizar las leyes e instituciones de sus reinos. Según este proyecto, todos los “Reinos, Estados y Señoríos” de la Monarquía Hispánica contribuirían en hombres y en dinero a su defensa, en proporción a su población y a su riqueza. Así la Corona de Castilla y su Imperio de las Indias aportarían 44.000 soldados; el Principado de Catalunya, el Reino de Portugal y el Reino de Nápoles, 16.000 cada uno; los Países Bajos del sur, 12.000; el Reino de Aragón, 10.000; el Ducado de Milán, 8.000; y el Reino de Valencia y el Reino de Sicilia, 6.000 cada uno, hasta totalizar un ejército de 140.000 hombres. El Conde-Duque pretendía hacer frente así a las obligaciones militares que la Monarquía de la Casa de Austria había contraído. Sin embargo tendría que conseguir la aceptación del mismo por las instituciones propias de cada “reino” —singularmente de sus Cortes—, y éstas eran muy celosas de sus fueros y privilegios.

Para la aprobación del proyecto, el rey Felipe IV convocó para principios de 1626 Cortes del Reino de Aragón, que se celebrarían en Barbastro; Cortes del Reino de Valencia, a celebrar en Monzón, y Cortes catalanas, que se reunirían en Barcelona. En las del Reino de Valencia Olivares tuvo que cambiar sus planes y aceptar un subsidio, que las Cortes concedieron de mala gana, de un millón de ducados que serviría para mantener a 1.000 soldados —lejos, pues, de los 6.000 previstos— que se pagaría en quince plazos anuales —72.000 ducados cada año—. De las Cortes del reino de Aragón obtuvo dos mil voluntarios durante quince años, o los 144.000 ducados anuales con los que se pagaría esa cantidad de hombres —muy lejos también de la cifra de 10.000 soldados prevista por Olivares para el reino de Aragón. El 26 de marzo de 1626 Felipe IV hizo su entrada triunfal en Barcelona y al día siguiente juró las Leyes catalanas, Poco después se inauguraron las Cortes con la lectura de la proposición real:

“Catalanes míos, vuestro conde llega a vuestras puertas acometido e irritado de sus enemigos, no a proponeros que le deis hacienda para gastar en dádivas vanas […] Hijos, una y mil veces os digo y os repito que no sólo [no] quiero quitaros vuestros fueros, favores e inmunidades […] os propongo el resucitar la gloria de vuestra nación y el nombre que tantos años ha está en olvido y que tanto fue el terror y la opinión común de Europa”.

Sin embargo, estas palabras no ablandaron la oposición de los tres braços, ni siquiera cuando Olivares propuso cambiar los soldados por un “servicio” de 250.000 ducados anuales durante quince años, o por un “servicio” único de más de tres millones de ducados. Los braços estaban más interesados en que se aprobaran sus propuestas de nuevas “Constituciones” y que se atendieran los “greuges” (‘quejas’) contra los oficiales reales que se habían acumulado desde la celebración de las últimas cortes catalanas en 1599. En 1632 Olivares volvió a intentarlo pero éstas Cortes aún duraron menos que las de 1626 ya que cuestiones de protocolo y las interminables greuges agotaron la paciencia del rey y de nuevo se marchó sin clausurarlas.

En 1635 la declaración de guerra de Luis XIII de Francia a Felipe IV llevó la guerra a Catalunya dada su situación fronteriza con la monarquía de Francia. El Conde-Duque de Olivares se propuso concentrar allí un ejército de 40.000 hombres para atacar Francia por el sur y al que el Principado tendría que aportar 6.000 hombres. Para poner en marcha su proyecto, en 1638 nombra como nuevo virrey al conde de Santa Coloma, mientras que ese mismo año se renueva la Diputación General de Catalunya de la que entran a formar parte dos firmes defensores de las leyes e instituciones catalanas, el canónigo de Urgel Pau Claris y Francesc de Tamarit.

Pau Claris

Pronto surgen los conflictos entre el ejército real —compuesto por mercenarios de diversas “naciones” incluidos los castellanos— con la población local a propósito del alojamiento y manutención de las tropas. Se extienden las quejas sobre su comportamiento —se les acusa de cometer robos, exacciones y todo tipo de abusos—, culminando con el saqueo de Palafrugell por el ejército estacionado allí, lo que desencadena las protestas de la Generalitat y del Consell de Cent de Barcelona ante Olivares. El Conde-Duque, necesitado de dinero y de hombres, confiesa estar harto de los catalanes:

“Cataluña es una provincia que no hay rey en el mundo que tenga otra igual a ella… Si la acometen los enemigos, la ha de defender su rey sin obrar ellos de su parte lo que deben ni exponer su gente a los peligros. Ha de traer ejército de fuera, le ha de sustentar, ha de cobrar las plazas que se perdieren, y este ejército, ni echado el enemigo ni antes de echarle el tiempo que no se puede campear, no le ha de alojar la provincia… Que se ha de mirar si la constitución dijo esto o aquello, y el usaje, cuando se trata de la suprema ley, que es la propia conservación de la provincia”.

Así a lo largo de 1640 el virrey Santa Coloma, siguiendo las instrucciones de Olivares, adopta medidas cada vez más duras contra los que niegan el alojamiento a las tropas o se quejan de sus abusos. Incluso toma represalias contra los pueblos donde las tropas no han sido bien recibidas y algunos son saqueados e incendiados. En mayo de 1640, campesinos gerundenses atacaron a los tercios que acogían. A finales de ese mismo mes, los campesinos llegaban a Barcelona, y a ellos se unieron los segadores en junio. El 7 de junio de 1640, fiesta del Corpus Christi, rebeldes mezclados con segadores que habían acudido a la ciudad para ser contratados para la cosecha, entran en Barcelona y estalla la rebelión. Fue el Corpus de Sangre, que dio inicio a la Sublevación de Catalunya.

Corpus de sangre

El Virrey de Catalunya Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma fue asesinado en una playa barcelonesa cuando intentaba huir por mar.

Pau Claris, al frente de la Generalitat de Catalunya, proclama la República Catalana. Pero la revuelta también escapa a este primer y efímero control de la oligarquía catalana. La sublevación derivó en una revuelta de empobrecidos campesinos contra la nobleza y ricos de las ciudades que también fueron atacados. La oligarquía catalana se encontró en medio de una auténtica revolución social entre la autoridad del rey y el radicalismo de sus súbditos más pobres. Conscientes de su incapacidad de reducir la revuelta y sus limitaciones para dirigir un estado independiente, los gobernantes catalanes se aliaron con el enemigo de Felipe IV: Luis XIII (pacto de Ceret). Richelieu no perdió una oportunidad tan buena para debilitar a la corona española. Olivares comienza a preparar un ejército para recuperar Catalunya con grandes dificultades ese mismo año de 1640 y, en septiembre, la Diputación catalana pide a Francia apoyo armamentístico. En octubre de 1640 se permitió a los navíos franceses usar los puertos catalanes y Catalunya accedió a pagar un ejército francés inicial de tres mil hombres que Francia enviaría al principado. En noviembre, un ejército de unos veinte mil soldados recuperó Tortosa para Felipe IV. Cuando el ejército del marqués de los Vélez se acercaba a Barcelona, estalló una revuelta popular el 24 de diciembre, con una intensidad superior a la del Corpus, por lo que Claris tuvo que decidirse por una salida sin retorno, que tampoco era la deseable: Pactar la alianza con Francia en contra de Felipe IV. El 16 de enero de 1641 anunció que Catalunya se constituía en república independiente bajo la protección de Francia. Pero el 23 del mismo mes pasó a anunciar que el nuevo conde de Barcelona sería Luis XIII de Borbón, rememorando el antiguo vasallaje de los condados catalanes con el Imperio Carolingio. En enero de 1641, Catalunya se sometió voluntariamente al gobierno del rey de Francia y la Generalitat proclama conde de Barcelona y soberano de Cataluña al rey Luis XIII de Francia como Luis I de Barcelona.

Luis XIII

Catalunya se encontró siendo el campo de batalla de la guerra entre Francia y España e, irónicamente, los catalanes padecieron la situación que durante tantas décadas habían intentado evitar: Sufragar el pago de un ejército y ceder parcialmente su administración a un poder extranjero, en este caso el francés. La política francesa respecto a Catalunya estaba dominada por la táctica militar y el propósito de atacar Valencia y Aragón. Luis XIII nombró entonces un virrey francés y llenó la administración catalana de conocidos pro-franceses. El coste del ejército francés era cada vez mayor, mostrándose cada vez más como un ejército de ocupación. Mercaderes franceses comenzaron a competir con los locales, favorecidos aquellos por el gobierno francés que convirtió Catalunya en un nuevo mercado para Francia. Todo esto, junto a la situación de guerra, la consecuente inflación, plagas y enfermedades llevó a un descontento que iría a más en la población, consciente de que su situación había empeorado con Luis XIII respecto a la que soportaban con Felipe IV.

Tercios

En 1648, con el Tratado de Westfalia y la retirada de la guerra de sus aliados, los Países Bajos, Francia comienza a perder interés por Catalunya. Conocedor del descontento de la población catalana por la ocupación francesa, Felipe IV considera que es el momento de atacar y en 1651 un ejército dirigido por Juan de Austria comienza el asedio a Barcelona. El ejército franco-catalán de Barcelona se rinde en 1652 y se reconoce a Felipe IV como soberano y a Juan de Austria como virrey de Cataluña, si bien Francia conserva el control del Rosellón. Felipe IV por su parte firmó obediencia a las leyes catalanas. Esto da paso a la firma del Tratado de los Pirineos en 1659. Esta inestabilidad interna y su resultado final fue dañino para España, pero mucho más para Cataluña. Por otra parte, Francia aprovechó la oportunidad para explotar una situación que le rindió grandes beneficios a un coste prácticamente nulo.

Salvando las distancias temporales…, da que pensar ¿no?

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