Neón (I)

"No soy mala, es que me han dibujado así"
Jessica Rabbit (¿Quién engañó a Roger Rabbit?)

El automóvil se detuvo junto al letrero de neón rosado que mostraba intermitentemente la palabra ChooseMe. Era un viejo y ya sin brillo Capri negro y Robert se bajó de él con algún esfuerzo. “Ya no estoy para estos trotes, voy a tener que cambiar de coche “, pensó mientras acomodaba su sombrero y se dirigía a la puerta del local. El portero, un negro enorme con acento sureño, le paró a la entrada y le pidió su tarjeta de socio. Robert le miró con media sonrisa y le contestó:

  • Soy abogado, busco a Katy Lomas, me ha llamado ella.

El tipo le miró de arriba abajo y se hizo a un lado mientras retiraba el cordón que, pretendidamente, bloqueaba la entrada. Robert apartó unas pesadas cortinas y entró al local. A la derecha estaba el guardarropas. La rubia detrás del pequeño mostrador le pidió el abrigo. La miró un instante y contestó que no hacía falta, que solo iba a estar allí un momento. Y entró en la sala.

La barra estaba a la izquierda, de madera, aparentemente bastante sólida. La atendía una pelirroja embutida en lycra negra con un exuberante mostrador y unos labios no menos aparatosos. En el centro había una pequeña pista de baile con toda la parafernalia de focos y bolas de cristal, rodeada de pequeñas mesas y taburetes. Se distinguían, mal por la poca iluminación, pequeños apartados con sillones junto a las paredes tapizadas de rojo oscuro, el color que dominaba en el local. Supuso que la media docena de chicas uniformadas de conejitas que pululaban por el local eran las camareras. “Hortera y antiguo”, pensó. No parecía que de allí pudiera sacar mucho, aunque el hecho de que hubiera más camareras que clientes indicaba que, probablemente, no era la mejor hora para hacerse una idea del movimiento habitual del local.

Preguntó a la pelirroja por la señora Lomas indicando, para ahorrarse preguntas, que le estaba esperando. Ella llamó a una de las conejitas y le dijo algo que no pudo oir. La chica se perdió contoneándose a través de un pasillo que la escasa luz no le había permitido distinguir hasta ese momento. Pidió una cerveza y esperó. La camarera volvió al cabo de unos minutos y le dijo que la acompañara. Siguió tras el bamboleo, exagerado por los altísimos tacones que calzaba su portadora, de la pequeña cola situada el el back del uniforme, hasta una puerta al fondo del pasillo. Ella la abrió y se movió a un lado, lo justo para dejarle paso.

El golpe de luz al entrar al despacho, desde la oscuridad del local, le obligó a entornar los ojos momentáneamente. Detrás de una mesa de oficina metálica, una mujer con gafas de montura de concha parecía revisar atentamente unos documentos que sujetaba con las dos manos. Al verle, se quitó las gafas y se puso en pie mientras le sonreía y tendía la mano derecha.

  • El señor Miller, supongo.
  • ¿Sra Lomas? Es un placer -contestó mientras se quitaba el sombrero y estrechaba su mano.
  • Siéntese, por favor.

Katy Lomas era una mujer de edad un tanto indefinida, lo mismo podría tener menos de cuarenta años que más de cincuenta, rubia, alta, quizás incluso más que él, aunque imaginó que llevaría unos buenos tacones, con un vestido rojo escotado que ofrecía una buena visión de un busto que rondaría una talla noventa y cinco, ajustado a una cintura perfectamente abarcable sobre unas caderas quizás incluso algo rotundas para el conjunto. Los ojos eran no muy grandes, ligeramente estrábicos y de color claro, aunque no había podido distinguir su color. El contorno de la cara un tanto redondo, la nariz pequeña y una boca grande y de labios gruesos muy bien perfilados. No usaba demasiado maquillaje, o no se lo pareció, pestañas negras, labial rojo y poco más. Una mujer atractiva, desde luego, aunque sin acabar de ser tope de gama.

  • ¿Ha tenido alguna dificultad para encontrar el local? -preguntó ella con una voz algo más dulce de lo que su imagen sugería.
  • No, ninguna, conozco el barrio.
  • Oh, bien. ¿Tiene clientes por esta zona?
  • Sí, algunos dueños de locales y un par de empresas en los edificios de oficinas junto a la avenida.
  • OK. Le contaré entonces por qué le he llamado. Pero antes, ¿quiere tomar algo?
  • Un bourbon, gracias, si no es molestia. Solo.
  • En absoluto.

Ella se levantó y se acercó a una pequeña mesa situada junto a la pared, en un lateral tras el escritorio. No tuvo más remedio que pestañear ligeramente ante lo que aún no había podido descubrir al haberla visto únicamente de frente hasta ese momento. Las caderas enmarcaban perfectamente un culazo absolutamente glorioso: alto, redondo y con las nalgas perfectamente definidas bajo la tela roja que no podía disimular semejante rotundidad. Las medias de rejilla cubrían unas piernas que parecían perfectas y que la pequeña abertura trasera del vestido permitía entrever unos quince centímetros por encima de las corvas. Calzaba unos zapatos a juego con el vestido, con un tacón alto pero menos de lo que había pensado, lo que le confirmó la buena talla de su portadora. Notó una ligera presión en su pantalón y se acomodó aprovechando que no le miraba.

Ella se acercó, colocó el vaso frente a él, en la mesa, sobre un posavasos con el nombre del local en rosa sobre fondo negro y volvió a su asiento tras el escritorio. Le ofreció un cigarrillo, que él aceptó levantándose para ofrecerle fuego con el zippo plateado que había heredado de su padre, lo que ella le agradeció educadamente, y tras una larga calada, le miró directamente a los ojos y comenzó a hablar.

 

 

 

 

 

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