Pandemia

Después de dos semanas de confinamiento y de haberme preguntado a mí mismo sobre este asunto y leído bastante al respecto, tengo una opinión formada que no creo que varíe mucho de la que pueda tener cuando termine todo esto, aunque, por supuesto, me gustaría que hubiera evolucionado a mejor cuando llegue ese momento.

La pandemia está ahí, es indiscutible y es muy grave desde el punto de vista de las consecuencias letales. No tanto por el efecto del virus en sí, ya que lo más llamativo es su capacidad de contagio, sino por como afecta a las personas con problemas de salud previos, especialmente. Si no se hubiera actuado, habría habido un número de fallecimientos, probablemente, de un mil por cien respecto a los que va a haber (todavía queda mucho si hablamos a nivel mundial para considerarla controlada). Llevamos 34.000 fallecidos en el mundo a 30 de marzo. En cualquier caso, el resultado final será menor, probablemente, que otras muchas causas que no llegan a provocar nunca estas restrictivas medidas políticas y sociales, como el hambre (6,3 millones de niños en 2017), la falta de agua potable (se calcula que alrededor de mil niños mueren cada día por sus consecuencias), los accidentes laborales (dos millones de personas cada año), la propia polución (siete millones de fallecimientos anuales) o el tráfico (1.3 millones de muertes y más de 25 de afectados), por ejemplo. Y a nadie se le ocurre restringir el uso de vehículos o cerrar fábricas por esos motivos.

Las diferencias son: que afecta sobre todo a los países desarrollados o en desarrollo (África es el continente menos afectado hasta ahora) y que su extensión incontrolada, dada su espectacular capacidad de contagio, vaciaría las fábricas y los centros de trabajo de todo el mundo, casi al mismo tiempo y por un periodo relativamente largo, lo que podría tener consecuencias económicas catastróficas para el Sistema. Desde este punto de vista, la intervención de los Estados es similar a la de los médicos que producen el coma inducido en una persona para poder controlar mejor su evolución. Pero sin duda, el objetivo a salvar no somos tanto las personas como el propio Sistema, al menos desde el punto de vista político, porque ya sabemos que la Política actúa al dictado de los intereses de quienes controlan la Economía mundial.
Y, ¿cual es el rol de los medios de comunicación en todo esto? Pues es imprescindible para que esta estrategia tenga éxito. Y para ello, hay tres papeles que deben cumplir.
El primero el de asustar a la población. No sé en otros países pero en España fue muy llamativo y muy brusco el paso del “Tranquilos no pasada nada, esto es menos que una gripe” al de no hablar de otra cosa que no sea el coronavirus como si no existiera nada más en el mundo, complementado por el tratamiento de noticias y opiniones preparándonos para la crisis económica que vendrá después y de la que, como siempre, saldremos con los pobres más pobres y los ricos más ricos. Y claro, habrá sido inevitable, por supuesto.
El segundo es el de servir para alimentar las redes sociales, imprescindibles para amplificar lo suficiente la labor de los medios de manera que lleguen a todo el mundo y se multiplique la eficacia de los mensajes debidamente aderezados con las correspondientes noticias falsas que alimentan constantemente estas redes.
El tercero, alimentar el ego de los ciudadanos para que se consideren a sí mismos como los héroes de una batalla sin cuartel contra el enemigo invisible, lo cual favorece extraordinariamente el efecto de las medidas restrictivas. No hay nada como adular el ego, sobre todo en los países latinos. Ya vemos como la gente se autoinviste de agente de la autoridad para abroncar a cualquiera que ande por la calle sin preocuparse de las razones que les puedan motivar.
Asi que, en resumen, mi opinión es que la pandemia es real y es grave, pero que la forma de enfrentarla solo busca, como siempre, salvar al Sistema, y que los medios de comunicación juegan el papel que les han asignado en esta función. Como dijo el magnate de la prensa yanqui William Randolph Hearst, “no dejes que la verdad te estropee una bonita historia”.

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