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Mamá cumple cien años

Con permiso de Carlos Saura voy a utilizar el título de su magnífica película para escribir unas palabras sobre mi madre que, en este año, habría llegado a esa edad si el Alzheimer no nos la hubiera arrebatado muchos años antes de que nos dejara definitivamente.

Y ya que vamos de cine, hace un par de días estuve viendo, entre las lágrimas que me asaltan irremediablemente cuando algo me habla de esa terrible plaga, una buena película española, Vivir dos veces, magnífica y sencilla mirada sobre la enfermedad, muy bien interpretada y dirigida, sin aspavientos ni exagerados melodramas. Recordé también el tremendo impacto que me produjo la extraordinaria El hijo de la novia, que además me pilló por sorpresa, no conocía el argumento, pocos meses después de que ella nos dejara definitivamente. En esa película no solo veía a mi madre en la magnífica interpretación de Norma Aleandro, sino también a mi padre en la aportación sencillamente increíble del gran Héctor Alterio.

Estoy preparando un pequeño vídeo con imágenes de la vida de mi madre para el que cuento con la impagable colaboración de una de las personas cuya amistad más he valorado en los últimos años, la entrañable poeta argentina Silvia Tocco, que me va a prestar su voz en un poema suyo muy emotivo para mí: Las mujeres de la generación de mi madre. Por supuesto lo colgaré aquí para que puedan disfrutarlo quienes tienen la amabilidad de leer este modesto blog.

Mientras tanto, quiero escribir, reconozco que más para mí que para nadie, sobre ella, la fuerte, tierna, valiente, hermosa, generosa y divertida mujer a la que debo la que ya empieza a ser una larga existencia. Seguir leyendo Mamá cumple cien años

Bariloche y alrededores.

San Carlos de Bariloche es la cabecera de una de las zonas mas turísticas de Argentina. Situada junto al lago Nahuel Huapi, tiene, como la mayoría de los pueblos y ciudades de la zona, incluida la vertiente chilena, una clara influencia centroeuropea tanto en la arquitectura como en la propia oferta gastronómica, siendo famosos sus chocolates que se elaboran en gran medida con cacao venezolano. Los primeros colonos blancos que se establecieron en la zona eran de origen alemán, muchos de ellos procedentes de Chile y el edificio mas representativo de esa herencia es el Centro Cívico, que además de las dependencias municipales alberga un teatro, sala Seguir leyendo Bariloche y alrededores.

Noviembre

Siempre le gustó pasear en esa época del año por la Casa de Campo , esa antigua finca de caza de los reyes, desde donde se ve un perfil de Madrid que incluye el Palacio Real, la horrenda catedral de la Almudena o la hermosa cúpula de San Francisco el Grande. Su padre le había contado muchas veces como, cuando al poco de proclamarse la Segunda República, el acceso a ese enorme pulmón de la ciudad fue abierto al uso y disfrute de los ciudadanos y las familias lo invadían alegremente los domingos con mantas que extendían sobre la hierba y cestos de comida para pasar el día.

Con el tiempo, se habían construido múltiples bares con terrazas y construido un embarcadero donde se podían alquilar barcas de remos para pasear por las tranquilas aguas del Lago, un estanque donde incluso, durante un tiempo, se podían pescar sin muerte las enormes carpas con las que se había repoblado, creía recordar, en la etapa del alcalde Tierno Galván, el primero tras la desaparición de la dictadura.

Cuando era adolescente, en verano, él y sus amigos viajaban en metro desde su barrio de Carabanchel con un tocadiscos de pilas y un par de estuches de singles y buscaban algún lugar apropiado donde organizar sus guateques, a los que siempre se unían grupos de chicos y chicas que, al oir la música, se acercaban para pasar el rato bailando y tomando algún que otro cubata, la versión de la época de los botellones que vendrían muchos años después. Ese noviembre, con más de sesenta años ya, recordaba sonriendo algunas de sus primeras experiencias con novietas iniciadas allí, todo muy light, desde luego, como era habitual y como correspondía a su edad y a la situación del momento, todavía en pleno régimen franquista. 

Hacía mucho frío, a pesar de haber amanecido un día despejado y las terrazas estaban vacías. Ese año, el invierno parecía haberse adelantado casi dos meses y a lo lejos, en la sierra, se veían las primeras nieves. Todavía quedaban muchas hojas verdes en los árboles y el suelo no estaba tan cubierto de ellas como era habitual, probablemente por ese cambio brusco que parecía haberse saltado el magnífico otoño madrileño, la época del año en que más le gustaba la ciudad. Pero ese segundo día de noviembre, luminoso y con un cielo azul tan reconocible, invitaba al paseo por esos lugares que tantos recuerdos le traían.

Dejó el coche en el aparcamiento que ocupaba una explanada donde, antes de ser reconvertida, había jugado muchas veces al fútbol con sus amigos o con cualquiera que se acercara donde había un balón para apuntarse a uno de esos partidos interminables a los que eran tan aficionados. Se acercó a la orilla del estanque, vacío, y comenzó su paseo solitario con el cuello bien protegido y las imprescindibles gafas de sol.

En realidad era como una despedida. Hacía años que no paseaba por aquella zona porque los accesos estaban casi cerrados desde hacía tiempo para evitar la prostitución que durante mucho tiempo se había enseñoreado de gran parte de la antigua finca y solo iba por allí cuando llevaba a sus nietos al Zoo o al Parque de Atracciones, ya sin conexión por carretera con la zona del estanque. Aquel paseo formaba parte de algo más amplio, una especie de adiós a su ciudad, a ese Madrid con el que había mantenido siempre una especie de relación de amor-odio que le había llevado a establecerse en otros lugares pero donde siempre volvía.

También volvería ahora, sobre todo porque su familia seguía viviendo allí y, para él, la familia era la única patria y la única bandera, ahora que tantas estupideces se decían sobre estos temas. Pero su decisión estaba tomada. En menos de dos meses, el resto de su vida, la ilusión por una merecida felicidad, por fin, le esperaba lejos, a esos más de siete mil kilómetros sobre los que ella bromeaba cuando conversaban a través de Skype. Un lugar donde no iba a necesitar el anorak, la bufanda, los guantes y el gorro de lana que llevaba durante ese último paseo en aquel frío noviembre, bajo un cielo azul irrepetible y sobre un manto de hojas amarillas y ocres que no volvería a pisar. O quizás sí, pero de otra manera. Nunca más solo. No iba a dejar pasar esa oportunidad. Ya no.

Voltaire: La escritura es la pintura de la voz

Una mujer, bajo la lluvia, camina por el parque recorriendo un camino en el que se reflejan los colores de las hojas que aún cubren las copas de los árboles y su propia imagen, de paso ligero, que se nota en el leve vuelo de su estrecho vestido. Parece una estampa, quizás, de principios de otoño, o tal vez se trate de una tormenta de verano que la ha sorprendido ataviada aún con un vestido ajustado y ligero, de manga corta. Tiene el pelo largo, seguramente castaño claro, con reflejos rojizos. Lo lleva recogido bajo la nuca, lo que estiliza aún más su figura. Sin duda es atractiva, imagino unos ojos claros y una piel blanca y suave.

Debe ser una persona prudente, puesto que ha calzado unas botas que protegen sus pies del agua que, sin duda, salpica sus tobillos y quizá el bajo de su largo vestido estampado. No lleva bolso, no debe necesitarlo, probablemente va en busca de su amante y desea llegar a tiempo, pero tiene intención de volver a casa después de su encuentro. El regreso, sin duda, será más lento y una sonrisa iluminará su cara perlada de pequeñas gotas que la protección del paraguas no puede evitar totalmente. Quiere llegar cuanto antes, seguramente no les sobra el tiempo. Puede incluso que el encuentro haya sido improvisado, él, o ella, deben haber robado unos minutos a la rutina diaria. Tal vez solo sea compartir un café en uno de esos maravillosos lugares de París donde los ciudadanos se instalan a leer, a escribir o, simplemente a mirar, son los voyeur de la vida cotidiana. Pero cerca, siempre, en una de esas pequeñas mesas de mármol redondas, una pareja se mira a los ojos apenas sin hablar, con las manos entrelazadas sobre la superficie del velador. Sus ojos hablan por ellos y tienen muchas cosas que decir aunque todas se reducen a una: mi mundo, en este momento eres tú, solo tú.

Chiloé

No sé a vosotros pero a mí el nombre de este archipiélago siempre me ha hecho pensar en un lugar hermoso pero inhóspito, poblado por descendientes de los antiguos mapuches o araucanos, donde el tiempo no termina de pasar ni de quedarse, con un mar que mezcla las furias desatadas con la tranquilidad de la navegación en los canales, frío pero luminoso y en el que los leones marinos, los pingüinos y alguna ballena de vez en cuando, acompañan la travesía de las barcas de pesca que son, también, los utilitarios de  los chilotas, entre los que solo hay dos generaciones, la que está a punto de desaparecer y la que comienza su singladura, porque las intermedias están buscándose la vida en otros lugares de los que regresan, un par de veces al año, con una mezcla de tranquilidad y de vergüenza, la primera porque están haciendo lo que deben y la segunda porque no deberían tener que hacerlo. Pero son gentes demasiado pacíficas y su vida ha transcurrido siempre entre la Naturaleza y la Magia, así que tienen asumido que es inútil luchar contra la situación como lo es el hacerlo contra el terremoto, el tsunami o las tormentas, y lo único que se puede hacer cuando su furia se ha calmado es trabajar todos juntos para recuperar lo dañado y enterrar a los muertos. Y todo en silencio, sin llantos ni lamentos, así es como es: la Tierrra, el Mar y el Cielo se cobran sus tributos porque tienen derecho, porque también se lo dan todo. Chi-lo-é…, Chi-lo-é…, un sonido Seguir leyendo Chiloé