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La Cueva (I)

Acababa de cumplir dieciocho años cuando empecé a trabajar en el Banco Central. Había aprobado, aún no me explico cómo, unas oposiciones de las que se convocaban entonces para entrar como auxiliar administrativo en la entidad que, en aquellos años, figuraba en segunda posición del ranking bancario detrás del entonces todopoderoso Banesto. Llevaba un par de años como ayudante de mi padre, calefactor, tras haber abandonado los estudios de Preuniversitario en el elitista CEU, donde estudiaba becado, obviamente, ya que no era sitio para un pobretón de Carabanchel como yo. 

Me incorporé a primeros de julio de 1971 a la Oficina Principal, situada en el edificio donde hoy se encuentra la sede del Instituto Cervantes, en Alcalá esquina Barquillo, frente al Banco de España. Mi primer destino fue en el archivo de Jefatura de Sucursales, donde estuve algo más de un año y donde hice mis primeros amigos: Vitín, a quien tenía que sustituir porque se incorporaba como voluntario a la mili, César, con su pelo afro y sus enciclopédicos conocimientos sobre música, Salán, el único casado del equipo y del que tanto aprendimos los más jóvenes, Maricarmen, una de las poquísimas chicas que trabajaban entonces en banca y, sobre todo, Miguel, Pechi, compañero de múltiples correrías durante aquellos años. De allí me enviaron al departamento de Valores, un lugar deseado por muchos pero en el que apenas duré un par de meses por mi negativa a hacer horas extraordinarias. Y así fue como terminé en “la cueva”.

Oficialmente era el Depósito de Valores, pero el nombre por el que todos lo conocíamos le venía del hecho de estar situado en el segundo sótano del banco, dentro, literalmente, de una enorme caja fuerte con su gruesa y redonda puerta blindada. Era el lugar donde se guardaban y manipulaban las acciones depositadas allí por los clientes y también era uno de los destinos donde se enviaba a quienes en Personal consideraban proscritos por cualquier razón. En realidad era el lugar más divertido y más interesante de todo aquel edificio en el que trabajábamos cerca de ochocientas personas.

A la entrada del departamento había un espacio no demasiado grande donde estaban nuestras mesas, con las correspondientes máquinas de escribir y bandejas de documentos. No recuerdo exactamente, pero con el jefe y el subjefe debíamos ser alrededor de veinte personas. Este lugar comunicaba con la verdadera sala de depósitos donde los títulos se guardaban en grandes bolsas de estructura sencilla que se archivaban alfabéticamente: dos cartones laterales y una banda de arpillera que los unía por tres lados mientras que el abierto se cerraba con dos cintas. Las acciones eran documentos en los que se reflejaba el valor nominal de la misma, con una serie de cupones que había que cortar, contar y preparar para enviar a las empresas periódicamente para el pago de los dividendos. Naturalmente, hoy en día todo esto es innecesario, ya que se hace de forma informática, pero entonces era nuestro trabajo. Poco creativo como se puede imaginar y bastante rutinario. Esa sala era enorme, en forma de L, con más de cinco metros de altura y filas de anaqueles con poco más de un metro de pasillo entre ellos. En el fondo, espacio suficiente para una enorme mesa de hierro pegada a las estanterías y un par de máquinas de cortar cupones, plataformas sujetas al suelo, muy pesadas, con unas guillotinas en ángulo de 90º donde se separaban los cupones manejando los documentos en bloques de cuarenta o cincuenta. Las paredes y el techo eran de hierro y en uno de los laterales se podía oir la corriente del famoso pero desconocido cauce de agua que baja en canalización subterránea por la Castellana, Recoletos y Atocha en dirección Vallecas. Por supuesto ni una gota de luz o aire naturales.

La diversión, en cualquier caso, la poníamos nosotros. Yo aterricé en “la cueva” con apenas diecinueve años y me encontré con compañeros mayores que yo, con experiencias, ideas y aficiones muy distintas pero una filosofía común: la vida es para disfrutarla y la cultura no hace daño a nadie. En resumen, compartir conocimientos y pasarlo bien. Hay que entender que cualquier parecido entre el clima laboral de hoy y el de los primeros 70′ es pura coincidencia. En primer lugar, no te despedían de un trabajo salvo que robaras o mataras a alguien, y eso no siempre, podías cumplir condena y volver a tu mismo puesto, de verdad que no exagero nada, he conocido casos. Hay que entender que el franquismo siempre mantuvo un punto de paternalismo sobre el enfoque de las relaciones laborales, que se reflejaba incluso en las resoluciones de los Tribunales de Trabajo. La razón es simple: lo que realmente importaba era mantener la situación controlada a nivel general. Nada de libertad sindical ni política, censura cultural, control de “costumbres” por parte de la Iglesia, nula libertad de prensa… Las concesiones a la filosofía “obrerista” de algún sector de Falange eran la coartada y lo que permitía vender las bondades del Régimen a muchos ciudadanos que no pensaban más allá.

Un día cualquiera allí dentro transcurría más o menos de la siguiente manera: fichábamos a las ocho y el silencio era casi total hasta las diez, aunque a las nueve más o menos la mayoría visitábamos las máquinas de café. Aparte del madrugón, una razón importante era no despertar a Rafa (el Pelos), que solía llegar a tiempo pero para seguir durmiendo, porque nunca se sabía cómo ni de que manera había terminado realmente su noche y solía tener un muy mal despertar si se hacía bruscamente. Sobre las nueve y media, Íñigo (el Barbas) y yo, salíamos del Banco a comprar el desayuno para todos: diferentes tipos de bocadillos y un par de botellas de vino para la bota que compartíamos durante la hora u hora y media que pasábamos desayunando. Porque no era solo un desayuno, era el momento del debate sobre cine, libros, música, pintura, viajes y, solo a veces, política o temas sociales. Todos sabíamos que había ideas y formas de pensar muy distintas y lo respetábamos. Bueno, a la Iglesia no, la verdad. La Iglesia se llevaba lo suyo casi cada día a pesar de que había católicos en el grupo, pero ni siquiera ellos comulgaban con la jerarquía. Después se trabajaba más o menos hasta las dos, en que solíamos volver a reunirnos alrededor de la enorme mesa de hierro en la que desayunábamos, a contar chistes y hacer bromas mientras esperábamos a fichar la salida, a las tres de la tarde. La mayoría comía cerca porque volvían al trabajo para hacer horas extraordinarias. Yo me iba a mi casa para empezar a vivir de verdad. O eso pensaba entonces.

Sesenta y cinco “tacos”

  Mi padre

Escribo esto a caballo entre el día veinticinco y el veintiséis de mayo por una razón muy sencilla: mi cumpleaños es, a todos los efectos, y así lo celebramos en mi familia, el día veintiséis, pero en realidad yo nací el día anterior. ¿Por qué? Pues con la idea de que coincidiera con el de mi padre, total por unas horas… Lo más curioso es que cuando fuimos a preparar la documentación para su jubilación, descubrimos que él también había nacido el veinticinco. ¿Por qué pensó siempre que había sido al día siguiente? Ni idea. Puede que no fuera ajena la afición de mi abuelo por la “priva”, parece ser que la alegría le llevó a enganchar una buena cogorza y no apareció por su casa a conocer a su primogénito hasta el día siguiente, pero no deja de ser una interpretación, la verdad no la sabremos nunca. Así que, en estos momentos estoy cruzando oficialmente el invisible puente que lleva de la madurez a la ancianidad. ¡Pues qué bien!

Jornadas Libertarias de Barcelona 1977

Por supuesto todo esto de la edad y las etapas de la vida es muy relativo, pero sí puede ser un buen momento para echar un vistazo hacia atrás, alrededor y hacia adelante, dentro de lo posible.  Aunque pueda parecer un tópico o una frase hecha, siempre he pensado que la vida no se reflexiona, se vive, pero se supone que tenemos un cerebro para algo más que archivar fechas de cumpleaños y títulos de películas. Así que, como uno de mis miedos de hace años era que cuando llegara a esta edad pudiera empezar a tener problemas de memoria y no es así, pues voy a utilizarla un poco.

 En Machu Picchu

De todas formas no es el momento de escribir sobre mi vida con detalle, prefiero durante este año ir haciendo de vez en cuando algún comentario en este sentido. Hoy solo voy a decir, utilizando una especie de presente continuo, tipo inglés, que estoy viviendo un momento muy bueno en mi vida, muy ilusionante pero también muy sereno, muy tranquilo. Jubilarte, yo lo hice hace cuatro años, te da sobre todo tiempo y yo lo estoy utilizando para hacer cosas de las que disfruto enormemente, sobre todo viajar por Latinoamérica que era mi obsesión, con la posibilidad de poder “conocer” (lo entrecomillo porque es muy relativo) los diferentes lugares sin prisas o al menos sin demasiadas prisas. Por supuesto mi gran vicio de siempre, leer, y alguno de nueva incorporación como el senderismo. No voy mucho al cine porque no me lo puedo permitir, quizás ahora con los descuentos “para mayores” pueda hacerlo con más frecuencia. Algo es algo.

 Aura y yo

Por supuesto tendré que dedicar alguno de estos “capítulos” al amor, a la llamada vida sentimental, término que, por cierto, no me gusta nada. Es verdad que nunca he podido quejarme en ese sentido, como ya me dijo una amiga hace muchísimos años, he tenido la suerte de que las mujeres que me han amado sean unas personas maravillosas, por encima de todo, y muy especiales. Siguiendo con el presente contínuo, estoy viviendo una etapa muy ilusionante y muy diferente a todo lo que he vivido hasta ahora.

Y cuando son casi las once de la noche del día 25, me deseo a mí mismo, con vuestro permiso, un cumpleaños feliz y un año que empieza, como a los valerosos guerreros de Ulises que cantaba tan maravillosamente Lluis Lach: “…plen de ventures, plen de coneixences…”.

Al fin y al cabo mi familia paterna es de origen catalán, ¿no?

La oficina

Son las 7:50 cuando llego a la estación de Sol. Empiezo a notar la angustia en el estómago. En dos paradas llegaré a Banco, saldré del Metro y entraré en la oficina. Es la sede del Banco Central y ya hace ocho años que trabajo allí. Me asusta pensar que tengo veintiséis y me queda toda una vida por delante en un trabajo que me asquea profundamente. Cuando llego a la estación soy incapaz de salir del vagón. Sigo hasta la siguiente parada, Retiro. Salgo directamente al Parque, el día es claro, primaveral, los árboles ya están cubiertos de hojas y solo unas pocas personas atraviesan andando con prisa las veredas. Es temprano, aún no hay niños jugando ni jubilados sentados en los bancos. En el quiosco, junto a la entrada del Paseo de Carruajes, compro El País. Me siento en la única terraza que veo abierta a esa hora y pido un café con leche y un croissant. Comienzo a hojear el diario. Las principales noticias tratan sobre los debates en el Parlamento elegido recientemente tras la aprobación de la nueva Constitución. Intento interesarme en ellas pero me cuesta. Antes de comprar el periódico, he llamado desde una cabina: “No puedo ir hoy a trabajar, estoy enfermo”. No es la primera vez y la voz del subdirector del departamento ha sonado con cierto fastidio: “Vale, mejórate”. Ni siquiera me ha preguntado qué me pasa, ¿para qué? Sabe perfectamente que es una excusa, una más.

De la infancia y la memoria

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Estoy pasando unos días en un pueblo de Castellón muy cerca del lugar donde pasé todas mis vacaciones infantiles y adolescentes, Benicarló, a unos pocos kilómetros de aquí. No es el pueblo más bonito ni más atrayente de la zona, ni siquiera tiene una playa especialmente atractiva, aunque es verdad que muy apropiada para los niños. La principal razón por la que veníamos es que, a falta de recursos para otra cosa, en este pueblo vivía un primo de mi madre, Eugenio, cuya más que interesante historia contaré en otro momento, y nos alojábamos en su casa, y cuando no cabíamos todos, mis padres dormían en una fonda familiar situada a unos veinte metros, muy económica.

La primera vez, de la que no tengo apenas recuerdos, alguna imagen fugaz tal vez, yo tenía tres años, pero a partir de ese verano, volvimos sin faltar uno hasta mis diecisiete. Me llevó mi tía, la hermana pequeña de mi madre que aún no tenía hijos y podía viajar practicamente gratis en el tren porque su marido era ferroviario. La razón, o la excusa fue una enfermedad infantil de mi hermana, creo que paperas o tosferina, no recuerdo bien, en un intento de que no me contagiara a mí. En aquellos años, 1956, la sanidad no era lo que es hoy, evidentemente. Eugenio y Santos, su mujer, a pesar de que la única relación que mantenían con mi familia desde la Guerra Civil era por carta, exceptuando su viaje de novios a Madrid donde se alojaron en casa de mis padres, nos trataron maravillosamente, lo mismo que todas las veces que volvimos después.

Así que, al año siguiente, a mediados de agosto, ya que mi padre entonces solo tenía quince días de vacaciones, emprendimos, ya los cuatro, lo que suponía una auténtica odisea para llegar hasta allí. De Madrid a Valencia se viajaba de noche, y había que estar horas antes en la estación porque en aquella época Renfe vendía muchos más billetes que asientos tenía el convoy, con lo que si no estabas listo te podía tocar pasar el viaje en un pasillo de aquellos vagones que se dividían en compartimentos para ocho personas y que abarrotábamos los aventureros buscadores de sol y playa. Se llegaba a Valencia a primera hora de la mañana, y el tren para el Norte, no recuerdo si llegaba a Tarragona o a Barcelona, salía sobre las siete de la tarde, de manera que había que pasar el día en Valencia. Lo habitual, después de dejar las maletas en la consigna de la estación, era pasar el día en la playa, en la Malvarrosa, porque el calor en aquella época era sofocante. Aprovechábamos también para comernos una paella en alguno de los restaurantes de la zona y hacíamos tiempo para volver a la estación, a meternos en un vagón con bancos de madera y respaldos del mismo material a soportar las cuatro horas más o menos que duraba esta segunda etapa del viaje.

Cuando por fin llegábamos, nos subíamos a un carro tirado por una mula o un caballo, no recuerdo, para recorrer el paseo que llevaba desde la estación al pueblo, un paseo que después recorrí mil veces, bordeado de grandes árboles que cruzaban sus ramas en el centro formando un hermoso túnel vegetal. Muchos de ellos eran unos algarrobos enormes de los que luego, cuando ya fuí un experto veraneante y recorría el pueblo y sus alrededores en bicicleta con un sobrino de Santos, Juan Antonio, que tenía mi edad, nos comíamos las vainas que caían al suelo, bueno, más bien lo que podíamos aprovechar de ellas porque solían estar bastante secas, y que era muy dulce, aunque tenía efectos intestinales poco deseables. Mi madre me regañaba si me veía comerlas porque conocía los efectos y porque después de la Guerra Civil, durante los “años del hambre” era una de las pocas cosas que podían comer, ya que era algo que solo se daba a los animales y la gente de los pueblos de los alrededores de Madrid no le daban valor. Según me contaba, algunas veces cocían las vainas para hacer una especie de café? Lógicamente odiaba las dichosas algarrobas.

Este tipo de viaje tuvimos que realizarlo varios años, aunque a partir del primero solíamos viajar mi hermana, mi madre y yo a primeros de agosto y mi padre se nos unía hacia mediados de mes. Recuerdo lo maravilloso que nos pareció cuando, al cabo de unos años, pudimos viajar desde Madrid en autobús “de línea” directamente a Benicarló, con alguna parada intermedia pero sin dejar el autobús, en una compañía que no sé si sigue existiendo, Auto-Res. Aquello nos parecía el colmo de la modernidad, porque “solo” tardábamos nueve o diez horas y viajábamos de día.

Como es lógico, en todos esos años ocurrieron anécdotas de todos los gustos. Recuerdo mi amistad con el hijo del director, en aquella época, del Colegio de San Ildefonso, el de los niños que cantan la lotería en Navidad. Los niños se alojaban por grupos en una Residencia de estudiantes y centro escolar que, lógicamente, estaba vacío en vacaciones. Viajaban en cuatro turnos quincenales durante julio y agosto, pero el director y su familia pasaban los dos meses allí. Tenían una zona reservada en la playa, marcada por cuatro palos y una techumbre de caña, y se bañaban a golpe de silbato, con la obligación de volver al “refugio” inmediatamente de salir del mar y controlar que no hubiera habido ningún accidente. A mí me parecía que los niños eran realmente felices allí. Como el Centro tenía un amplio solar alrededor del edificio que incluía un campo de fútbol, yo jugaba con ellos casi todas las tardes, pero a mi amigo Ramón no le dejaban sus padres hacer “vida propia” en el pueblo, por lo que solo nos veíamos en la playa y durante los partidos.

Pero como ya he dicho, estaba Juan Antonio, al que no veía por las mañanas, porque él era hijo de pescador y ellos no iban a la playa, supongo que lo considerarían cosa de forasteros, pero con quien, yo calculo que desde los ocho o nueve años ya me juntaba para recorrer en bicicleta el pueblo y sus alrededores, robar almendrucos, que rompíamos con piedras para comernos las almendras crudas, sandías, que nos comíamos calientes porque no nos atrevíamos a llevarlas a casa, hay que tener en cuenta que Eugenio era agricultor y no le habría gustado mucho esta “afición” nuestra, melones, higos y todo lo que se ponía a tiro.

“Mi primo”, siempre le llamé así aunque en realidad lo era de mi madre, fue el primero en el pueblo en comprar un tractor y trabajaba labrando las fincas de los demás y cobrando por horas, y Santos trabajaba todas las mañanas en la huerta de la familia, fue la primera mujer a la que vi conducir un coche, pero siempre estaba en casa con la comida preparada cuando llegábamos de la playa todos los días sobre las dos y media. El camino era largo, o a mí me lo parecía, y a mitad de él, mi padre siempre nos compraba un helado, un “mantecado de cucurucho”, como decían ellos, en el puesto ambulante de Pepito, que recorría el pueblo durante todo el día con su carro de helados pero que a mediodía se instalaba en medio del paseo de la playa por donde pasábamos casi todos los veraneantes. Con el tiempo, llegó a tener tres o cuatro heladerías en el pueblo, pero de vez en cuando, seguía cogiendo su carrito blanco con toldo de rayas rojas y blancas y se daba una vuelta por el pueblo vendiendo sus mantecados.

Los domingos solíamos juntarnos todos, incluidos algún familiar de Santos o algún amigo de Eugenio (también tuvo a su padre viviendo con él muchos años, pero este si que es un personaje que merece un capítulo aparte), sobre todo uno al que gustaba mucho la copla española, no recuerdo el nombre. Mi primo también cantaba muy bien, y juntos cantaban a dúo las, entonces, famosas canciones de pepe Blanco y Carmen Morell, una especie de Pimpinella de la copla española de la época, que todos nos sabíamos por oírlas en la radio. También íbamos a Peñíscola, el pueblo de al lado y visitábamos el famoso castillo del Papa Luna, donde se rodó la película de El Cid, protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren, o al pueblo donde estoy ahora Alcossebre, a la playa de Las fuentes, un lugar entonces paradisíaco, junto al Parque Natural de la Sierra de Irta, donde en la propia arena de la playa e incluso dentro del agua del mar nacían manantiales de agua dulce que a veces, por la fuerza del agua, sobresalían por encima de la superficie del agua salada. Lamentablemente hoy está lleno de edificios de apartamentos y hoteles y, aunque no es de los sitios peores del Mediterráneo, ni mucho menos, tiene poco que ver con aquella maravilla virgen y completamente natural que conocí de niño.

Eugenio y Santos tuvieron dos hijos, Eugenio e Inma, a los que tengo mucho cariño, y que todos los veranos, a pesar de ser del pueblo y desde muy pequeños, venían con nosotros a la playa todas las mañanas, lo que supongo era también un alivio para las tareas de su madre, porque el verano es una época de trabajo duro en las huertas. Desde muy pequeños vimos que eran totalmente diferentes, el niño se comportaba con mucha formalidad, casi de adulto, mientras ella era un auténtico torbellino. Cuando salíamos de casa, su madre siempre le decía: “Eugenio fe atenció de la chiqueta” (no sé si lo escribo bien). Y el niño cumplía como un adulto, pero lo curioso es que la pequeña, aunque protestaba y pataleaba, le hacía caso siempre. Ella solía adelantarse corriendo por el paseo pero cuando él pensaba que ya estaba suficientemente lejos no tenía más que decir:”¡Inma!”, y ella se paraba automáticamente, protestando pero se paraba. Lo mismo a la hora de entrar y salir del agua, en la playa. Mis padres lo comentaban siempre, realmente llamaba la atención. Eso sí, a la vuelta, como sabía que la esperaba el helado, era más difícil controlarla hasta que lo tenía en su mano.

Hay muchas anécdotas que podría contar de mis veranos en Benicarló y sobre mi familia de allá. Las fiestas del pueblo, los “correcalles” de las tracas, mis primeros bailes, mi primera discoteca, el primer beso en la boca, el primer ligue con “una francesa”, mi primera complicación amorosa entre la fidelidad a mi “novia” de Madrid y la atracción por una “niña bien” de Barcelona… Después volví otras veces, ya casado y con hijos, de hecho, mi hijo cumplió allí sus primeros quince días de vida. Volví a correr delante de las vaquillas, con algún susto incluido, a participar en los “patos al agua”, cuando los patos eran de verdad y no de goma, como ahora, pero , ya no era lo mismo. Mi familia seguía igual de encantadora, evolucionando sus vidas, como yo, pero la infancia y la adolescencia ya habían pasado. Y cuando mis padres murieron, algo antes quizás, se perdió también aquella maravillosa costumbre de escribir cartas y mantener el contacto. Es verdad que están los teléfonos y hoy otras muchas formas de comunicación, pero han tenido que pasar más de veinte años para compartir contacto de nuevo, ahora por los medios actuales.

Porque sí, ayer volví a Benicarló después de tantos años. Realmente, tengo que decir que fue como si no hubiera dejado nunca de ir en vacaciones, el cariño es el mismo y ellos al menos no han cambiado tanto, solo que ahora la conversación va sobre los hijos y los nietos. Pero el recibimiento fue como esperaba, caluroso, cariñoso y acogedor. Solo hay una diferencia, pero una muy grande. Mi primo Eugenio ya no está con nosotros. Falleció hace nueve días. ¡Nueve días! Me cuesta pensar que no fui a verles el año pasado o el anterior… o simplemente hace un mes. Pero hay algo que tengo claro, no sé que tiene que pasar para que no vuelva todos los años aunque solo sea a compartir una paella en la huerta. ¡Por éstas!

 

 

 

Si tú me dices ven, lo dejo todo

En mi último viaje a Sudamérica, en una excursión desde Medellín a Guatepe y El Peñol, conocí a una pareja encantadora, Mónica y Rodrigo, colombiana y chileno. Mantenemos contacto por Facebook y hace un par de días ha sido el cumpleaños de ella y la he felicitado, naturalmente. Después, recordando nuestras conversaciones de ese día me ha dado por pensar, y me explico. Mónica, que trabajaba como enfermera en su país, hace unos meses que empacó sus cosas y marchó a Chile a vivir con Sergio, que es odontólogo. Lo que me llama la atención es que solo se habían visto dos veces, según me contaron, cuando les conocí era la segunda y no creo que les haya dado tiempo a verse otra vez dado el poco tiempo transcurrido hasta el traslado de ella. Desde luego, es una historia de auténtico bolero.

Pero esta historia me ha hecho reflexionar porque,¿cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a hacer lo mismo? De palabra sí, claro, sobre todo cuando conoces a alguien y te acabas de enamorar pero, ¿a la hora de la verdad? Dudo que mucha gente. Yo mismo no lo he hecho, y he tenido oportunidad de hacerlo. No solo eso, sino que en algún momento estaba totalmente convencido de ello. Ya, ya sé que hay muchas circunstancias que pueden influir y que no todos los casos son iguales: educación, familia, trabajo, idiomas… Pero sinceramente, creo que la mayor parte de las veces se debe simplemente a que no somos valientes, a que la razón se impone a los sentimientos…, y a que hombres y mujeres no somos iguales y no respondemos al estímulo sentimental de la misma forma. Con todas las excepciones que queramos pero es así. O al menos yo así lo veo.

Uno ya tiene sus añitos, así que no me voy a poner en plan ingenuo a estas alturas. Pero no puedo dejar de pensar que a veces conviene aparcar a un lado la experiencia y abandonarse un poco a los impulsos. Y no solo en estos casos, relacionados con el amor o, mejor dicho, con el enamoramiento que, obviamente, son cosas diferentes. No quiero exagerar, pero yo creo que el noventa por ciento de las veces, el tiempo termina demostrando aquello de que la primera impresión es la que vale. Pero nos da miedo equivocarnos, nos asusta el cambio, nos producen vértigo las decisiones que llamamos impulsivas… Y nos damos todo tipo de excusas a nosotros mismos.

Pero la vida no es fácil, no olvidemos que la primera causa de muerte es estar vivo, y que no sabemos nunca lo que nos espera al doblar la siguiente esquina de nuestra trayectoria vital. ¿Cuántas veces ocurre algo que no teníamos previsto y todos nuestros planes de futuro se van al traste? Por supuesto todo esto no dejan de ser tópicos, pero recuerdo esa hermosa canción de José Larralde que dice:

Y si mando esta advertencia ya sabida
No, no es por darle más bulto a la verseada
Es p’a aquellos que creen que p’a ser criollo
Solo basta con pulsar una encordada

Pues eso.