Archivo de la categoría: Yo y mis circunstancias

Hoy es mi santo y el Día de los Abuelos

No hemos sido nunca, en mi familia, de celebrar los santos, las onomásticas, supongo que influidos por el anticlericalismo de mis padres. En realidad, deberíamos hacerlo si siguiéramos la tradición catalana de mis antepasados, porque allí sí se celebran incluso más, a aveces, que el propio cumpleaños. Pero eso desapareció hace mucho tiempo, seguramente con mi bisabuela paterna y, con seguridad, con su hijo, mi abuelo, que se sentía más madrileño que la Cuesta de la Vega. No os cuento mi padre, que a pesar de haber nacido en Barcelona, por pura casualidad, parecía “escapado” de una escena de La Verbena de la Paloma. Yo nunca me acuerdo espontáneamente cuando llega el día. Hoy me lo ha recordado un amigo que me ha felicitado por whatsapp y todos los años suele ser así, alguien me lo recuerda y entonces soy consciente de ello. También he sabido que es el Día de los Abuelos. No sé si esto lleva mucho tiempo establecido pero hasta hoy no lo sabía. Y ya veis, eso sí me gusta.

Soy abuelo y me siento abuelo. Quizás no un abuelo muy tradicional, me interesa demasiado vivir mi propia vida como para vivirla en función de mis nietos y antes de mis hijos. Seguro que más de uno/a me considera un egoísta recalcitrante. Pero me gusta estar con ellos y disfruto viéndoles crecer e irse formando como personas aunque no los vea todos los días y, cuando viajo, me pueda pasar hasta cinco o seis meses seguidos sin verles. No importa. No van a heredar de mí mas que mi apellido, sobre todo el niño, y probablemente algunas historias que contar, pero sus padres lo están haciendo muy bien y algo habré influido, supongo. Seguir leyendo Hoy es mi santo y el Día de los Abuelos

Hace dos años.

Hace dos años volví de Venezuela pocos días antes de mi cumpleaños. Era mi segundo viaje a ese país que ahora ya forma parte de mi mismo. Había viajado en enero con ilusión, pero también con la prevención con la que los años inevitablemente te cargan. El año anterior, durante una estancia de una semana en isla Margarita, había conocido a una mujer que me había impactado muy profundamente. Luego vinieron las charlas por Skype y la decisión de volver a su isla para explorar entre los dos hasta donde nos llevaba aquello que apuntaba entre nosotros. Hoy debería estar aquí, conmigo, si no hubiera aparecido el dichoso “bicho”. Espero que no tengamos que esperar mucho para poder estar juntos de nuevo. Mientras tanto, quiero recordar aquella vuelta con un vídeo que dediqué hace unos meses a un país bendecido y desgraciado como pocos. Y a ella, claro.

“Billy el Niño”

“Muere ‘Billy el Niño’ a los 73 años de edad por coronavirus”

"El expolicía Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño, ha muerto a primera hora de este jueves a los 73 años de edad a causa del coronavirus. Destinado en su momento en la Brigada Político Social, fue investigado por supuestas torturas cometidas durante el franquismo y más de una decena de personas habían presentado querellas contra él el año pasado. Nunca llegó a ser juzgado por estos hechos."

Yo era un chaval de diecinueve años, de Carabanchel y él un “enano” que no tenía “media hostia”. Asi que cuando oí las palmadas detrás de mí y la cantinela de “¡Vamos, vamos, desalojando ya…!“, me volví, le agarré de las enormes solapas de su impecable chaqueta de última moda y le dije donde podía meterse las “palmaditas”. Debí de pillarle por sorpresa porque se limitó a abrir mucho los ojos y manotear en el aire durante unos segundos. Mis compañeros, que sí lo conocían, me hicieron soltarle rápidamente mientras me empujaban escaleras abajo. Entonces reaccionó como, supongo, era habitual en él: sacó una pistola de la sobaquera, eso sí, sin decir una sola palabra, y disparó dos veces al techo. Seguir leyendo “Billy el Niño”

Mis primeros recuerdos (I)

Mi primer recuerdo es una nevera. Una de aquellas de los años cincuenta redondeada en la parte alta, quizás una Hoover o una Westinghouse, de las que aparecían en las pelis americanas de los años 50 y que a mí, seguramente por mis escasos tres años, me parecía gigantesca. Pero además de que nunca había visto ninguna, cuando mi tía Angelita abrió la puerta, en aquellas bandejas había tres tartas, ¡¡TRES!! Y eso si que no lo había visto jamás y no volvería a verlo en muchos años excepto en los escaparates de las pastelerías (aquella Casa de las Tartas en el Camino de la Laguna ¡mmmm…!).

Recuerdo que los colores eran blanco, azul y anaranjado, supongo que de nata o merengue, Seguir leyendo Mis primeros recuerdos (I)

The Only Living Boy in New York

Hace tres o cuatro noches me llamó la atención este título de película en una de las plataformas de cine y series que parece que todos utilizamos ahora en Internet. Y lo hizo porque quizás es una de las canciones, la película utiliza como título  el de un tema de Simon & Garfunkel de los años 70, que más he oído en mi vida y, con seguridad, una de las primeras que escuché de verdad.

Tendría yo unos 14 años cuando mi tía Elvira, que estaba emigrada en Suecia con su familia, me regaló al venir de vacaciones en verano, un tocadiscos. Es difícil explicar lo que aquello significaba para un chaval de Caño Roto en aquella época. Puede dar una idea el hecho de que nadie entre mis amigos tenía ninguno entonces. Mi prima Caro, unos meses más joven que yo, tenía discos pero no un aparato donde escucharlos, por ejemplo. De hecho, mis primeros singles fueron los que ella me regaló junto con una de aquellas carpetas de plástico, estuches de discos lo llamábamos entonces,  donde guardábamos casi reverencialmente los pequeños vinilos de 45 revoluciones. Así fue como empecé a escuchar la música que ella apreciaba más, el soul: Otis Redding y su famoso muelle de la bahía, la cadena de locos de Areta Franklin o la fuerza irresistible de James Brown, más funky que soul pero…, ¿qué íbamos a saber nosotros entonces? Seguir leyendo The Only Living Boy in New York

La Cueva (I)

Acababa de cumplir dieciocho años cuando empecé a trabajar en el Banco Central. Había aprobado, aún no me explico cómo, unas oposiciones de las que se convocaban entonces para entrar como auxiliar administrativo en la entidad que, en aquellos años, figuraba en segunda posición del ranking bancario detrás del entonces todopoderoso Banesto. Llevaba un par de años como ayudante de mi padre, calefactor, tras haber abandonado los estudios de Preuniversitario en el elitista CEU, donde estudiaba becado, obviamente, ya que no era sitio para un pobretón de Carabanchel como yo. 

Me incorporé a primeros de julio de 1971 a la Oficina Principal, situada en el edificio donde hoy se encuentra la sede del Instituto Cervantes, en Alcalá esquina Barquillo, frente al Banco de España. Mi primer destino fue en el archivo de Jefatura de Sucursales, donde estuve algo más de un año y donde hice mis primeros amigos: Vitín, a quien tenía que sustituir porque se incorporaba como voluntario a la mili, César, con su pelo afro y sus enciclopédicos conocimientos sobre música, Salán, el único casado del equipo y del que tanto aprendimos los más jóvenes, Maricarmen, una de las poquísimas chicas que trabajaban entonces en banca y, sobre todo, Miguel, Pechi, compañero de múltiples correrías durante aquellos años. De allí me enviaron al departamento de Valores, un lugar deseado por muchos pero en el que apenas duré un par de meses por mi negativa a hacer horas extraordinarias. Y así fue como terminé en “la cueva”.

Oficialmente era el Depósito de Valores, pero el nombre por el que todos lo conocíamos le venía del hecho de estar situado en el segundo sótano del banco, dentro, literalmente, de una enorme caja fuerte con su gruesa y redonda puerta blindada. Era el lugar donde se guardaban y manipulaban las acciones depositadas allí por los clientes y también era uno de los destinos donde se enviaba a quienes en Personal consideraban proscritos por cualquier razón. En realidad era el lugar más divertido y más interesante de todo aquel edificio en el que trabajábamos cerca de ochocientas personas.

A la entrada del departamento había un espacio no demasiado grande donde estaban nuestras mesas, con las correspondientes máquinas de escribir y bandejas de documentos. No recuerdo exactamente, pero con el jefe y el subjefe debíamos ser alrededor de veinte personas. Este lugar comunicaba con la verdadera sala de depósitos donde los títulos se guardaban en grandes bolsas de estructura sencilla que se archivaban alfabéticamente: dos cartones laterales y una banda de arpillera que los unía por tres lados mientras que el abierto se cerraba con dos cintas. Las acciones eran documentos en los que se reflejaba el valor nominal de la misma, con una serie de cupones que había que cortar, contar y preparar para enviar a las empresas periódicamente para el pago de los dividendos. Naturalmente, hoy en día todo esto es innecesario, ya que se hace de forma informática, pero entonces era nuestro trabajo. Poco creativo como se puede imaginar y bastante rutinario. Esa sala era enorme, en forma de L, con más de cinco metros de altura y filas de anaqueles con poco más de un metro de pasillo entre ellos. En el fondo, espacio suficiente para una enorme mesa de hierro pegada a las estanterías y un par de máquinas de cortar cupones, plataformas sujetas al suelo, muy pesadas, con unas guillotinas en ángulo de 90º donde se separaban los cupones manejando los documentos en bloques de cuarenta o cincuenta. Las paredes y el techo eran de hierro y en uno de los laterales se podía oir la corriente del famoso pero desconocido cauce de agua que baja en canalización subterránea por la Castellana, Recoletos y Atocha en dirección Vallecas. Por supuesto ni una gota de luz o aire naturales.

La diversión, en cualquier caso, la poníamos nosotros. Yo aterricé en “la cueva” con apenas diecinueve años y me encontré con compañeros mayores que yo, con experiencias, ideas y aficiones muy distintas pero una filosofía común: la vida es para disfrutarla y la cultura no hace daño a nadie. En resumen, compartir conocimientos y pasarlo bien. Hay que entender que cualquier parecido entre el clima laboral de hoy y el de los primeros 70′ es pura coincidencia. En primer lugar, no te despedían de un trabajo salvo que robaras o mataras a alguien, y eso no siempre, podías cumplir condena y volver a tu mismo puesto, de verdad que no exagero nada, he conocido casos. Hay que entender que el franquismo siempre mantuvo un punto de paternalismo sobre el enfoque de las relaciones laborales, que se reflejaba incluso en las resoluciones de los Tribunales de Trabajo. La razón es simple: lo que realmente importaba era mantener la situación controlada a nivel general. Nada de libertad sindical ni política, censura cultural, control de “costumbres” por parte de la Iglesia, nula libertad de prensa… Las concesiones a la filosofía “obrerista” de algún sector de Falange eran la coartada y lo que permitía vender las bondades del Régimen a muchos ciudadanos que no pensaban más allá.

Un día cualquiera allí dentro transcurría más o menos de la siguiente manera: fichábamos a las ocho y el silencio era casi total hasta las diez, aunque a las nueve más o menos la mayoría visitábamos las máquinas de café. Aparte del madrugón, una razón importante era no despertar a Rafa (el Pelos), que solía llegar a tiempo pero para seguir durmiendo, porque nunca se sabía cómo ni de que manera había terminado realmente su noche y solía tener un muy mal despertar si se hacía bruscamente. Sobre las nueve y media, Íñigo (el Barbas) y yo, salíamos del Banco a comprar el desayuno para todos: diferentes tipos de bocadillos y un par de botellas de vino para la bota que compartíamos durante la hora u hora y media que pasábamos desayunando. Porque no era solo un desayuno, era el momento del debate sobre cine, libros, música, pintura, viajes y, solo a veces, política o temas sociales. Todos sabíamos que había ideas y formas de pensar muy distintas y lo respetábamos. Bueno, a la Iglesia no, la verdad. La Iglesia se llevaba lo suyo casi cada día a pesar de que había católicos en el grupo, pero ni siquiera ellos comulgaban con la jerarquía. Después se trabajaba más o menos hasta las dos, en que solíamos volver a reunirnos alrededor de la enorme mesa de hierro en la que desayunábamos, a contar chistes y hacer bromas mientras esperábamos a fichar la salida, a las tres de la tarde. La mayoría comía cerca porque volvían al trabajo para hacer horas extraordinarias. Yo me iba a mi casa para empezar a vivir de verdad. O eso pensaba entonces.