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Espero que no sea la última vez que viajo a América Latina, pero sí que sea muy especial.

Margarita forever

Bueno, pues inicio esta última entrega sobre mi viaje a Venezuela con una imagen mía saliendo del agua en Playa El Yaque, Isla Margarita. Obviamente no estoy para presumir mucho de body, pero en fin, es lo que hay. Y sobre todo, aparte de las implicaciones personales, Margarita es, fundamentalmente, sol y mar, eso sí, en un entorno como el que no podemos soñar ya en Europa, salvo quizás pequeños rincones, pocos, en algunas islas del Mediterráneo. Al menos en lo que yo conozco. Por cerrar el círculo, vuelvo a la isla, aunque en realidad durante el viaje volví dos veces, una después de conocer Mérida y otra después del intento de La Gran Sabana, incluida la visita a Morrocoy. Pero lo voy a incluir todo en una entrada, además la estancia intermedia fue muy corta. Empezaré por la playa de la fotografía principal, playa El Yaque, una de las más concurridas y más turísticas de la isla, quizás la que más. Aquí si se pueden ver hoteles casi encima de la arena y, por supuesto, restaurantes y chiringuitos. Pero claro, con una altura máxima de tres plantas y una sola fila entre la calle y la playa. Y ya. Alguno más al otro lado de la calle y se acabó. Como podéis imaginar, nada que ver con lo que estamos acostumbrados a ver, sobre todo en España.

 

 

Continúo con un punto fuerte, el lugar que, en conjunto, quizás me guste más de la isla: Manzanillo. Es un pequeño pueblo, una miniatura de pueblo, realmente, dedicado a la pesca y al turismo. No hay más, no sé si alguna huerta o algo así en los alrededores, pero eso es lo que se ve. Los niños jugando en la playa, los pescadores en sus barcas, el trabajo de la preparación de las redes y los chiringuitos para comer o tomar una cerveza, también algún modesto alojamiento. Tumbonas y hamacas y ya tienes todo el conjunto. Pero qué conjunto. Paz, tranquilidad, un mar espléndido y una playa situada en un precioso entorno. 

 

 

Otra de las Playas famosas y muy concurridas de la isla es playa El Agua. Durante años ha sido el punto de atracción principal para el turismo, ahora está menos concurrida porque eliminaron los chiringuitos playeros para construir un malecón y dejar libre la playa. La idea es excelente, porque al otro lado del malecón han construido toda una serie de locales, delante de los hoteles, que se supone que serán los lugares de hostelería que vuelvan a dar vida a la playa sin robar espacio a la misma, sembrada de palmeras y realmente preciosa. El problema es que la crisis ha hecho que las obras se ralenticen y no se acaben de instalar en ellos los previsibles inquilinos. Eso repercute en un bajo nivel de iluminación y ya sabemos como está el tema de la seguridad en Venezuela. De todas formas continúan funcionando los grandes hoteles, más y mayores que en El Yaque, y la verdad es que si la zona alguna vez se recupera, puede ser un sitio espléndido, al menos para el turismo de un poco más de nivel económico pero también de gustos más convencionales.

 

 

Y bueno, como no quiero aburrir describiendo cada una de las playas, os voy a dejar una selección de fotos de diferentes lugares de la isla, incluyendo alguna otra playa, claro, pero que espero os den una idea de lo que ese sitio maravilloso es todavía a pesar de los pesares. Margarita forever.

 

 

 

Valencia y el Parque Nacional Morrocoy

Valencia es una de las grandes ciudades de la zona central de Venezuela, capital del Estado de Carabobo y la tercera en población de todo el país. En su momento se la conoció como la capital industrial de Venezuela, por la gran cantidad de empresas instaladas en sus polígonos, destacando las de ensamblaje de automóviles, la mayoría de ellas cerradas hoy en día como podéis ver en las fotos. No obstante, a pesar de los problemas del país y de la emigración de muchos excelentes profesionales a otros lugares, obligados por la situación, sigue manteniendo una buena imagen, mucho más cuidada y limpia que otras ciudades, buenos accesos y carreteras mejor conservadas. Creo recordar que es el único peaje que he visto en funcionamiento en todo el país, en la autopista Regional del Centro, que la une con Maracay, a unos 60 km, y Caracas, 125 km. mas allá. Ha sido tres veces capital de Venezuela y es algo que de alguna manera se nota. Hoy en día es una ciudad con fama de peligrosa y una de las que más sufrió con las manifestaciones opositoras del año pasado. Incluso vivió un intento de toma de un cuartel por parte de policías y militares opuestos al gobierno. Conserva en un estado aceptable alguno de los parques de los que disfrutaban sus vecinos antes de la crisis actual y es, en general, una ciudad muy agradable, favorecida por el bajón tremendo de la circulación que ya he comentado respecto a Caracas.

 

 

 

Esta situada en un amplio valle y muy cerca del lago Valencia, de buen tamaño y en el que existen varias islas, en algunas de las cuales se refugiaron sus pobladores del siglo XVI huyendo del ataque del famoso y cruel Lope de Aguirre.

Estuvimos tres días en la ciudad para resolver algunas cuestiones relacionadas con la vivienda de la hija pequeña de Aura, que tiene allí su casa. Ella y su marido, antiguos empleados de General Motors, son un ejemplo de la reciente y constante emigración de gente joven, buenos profesionales, a otros países, en este caso Argentina. Uno de esos días lo dedicamos a conocer el Parque Nacional Morrocoy, en el vecino Estado de Falcón, al Norte de la ciudad. El Parque tiene tanto partes terrestres como acuáticas, contiene una zona de manglares y gran cantidad de islotes o cayos entre los cuales se encuentran Borracho, Muerto, Sombrero, Sal, Las Animas y Peraza, entre otros, con playas espectaculares de arenas blancas como playa Mero, Paiclás, Punta Brava, Mayorquina, Playuela, Playuelita, Sur (conocida popularmente como azul por el azul de sus aguas), Norte, Boca Seca, Playa Muerto y muchas más; así como bajos (sin orilla) como Bajo Caimán, Tucupido y Los Juanes. Su nombre le viene de la tortuga de patas rojas que abunda en la zona, aunque lo más llamativo es la abundancia de aves. Como coincidió con los últimos días de Semana Santa, el lugar estaba abarrotado de familias que, gracias al precio tan barato del carburante, aprovechan esos días para pasarlos en un lugar realmente espléndido. Con los consiguientes problemas de tráfico en los accesos, a pesar de las dificultades comentadas.

El desplazamiento a los cayos y las playas, mucho más el recorrido general por la zona marítima del Parque, tenía unos precios prohibitivos, además era tarde y, como veréis por las fotos, con un cielo cambiante que terminó de aclararse por la tarde. La consecuencia es que solo estuvimos un par de horas en nuestro primer destino, Chichiriviche, el pueblo donde se encuentra el embarcadero principal para los desplazamientos. Comimos allí y paseamos un poco por el lugar. En el camino, sobre todo a la vuelta, un espectáculo increíble entre el cielo, los manglares y los palmerales.

En el camino de regreso, paramos en Tucacas, un pueblo muy visitado, con unas playas magníficas y la posibilidad de acceder andando. Muchísima gente acampada con sus tiendas y hamacas y un turismo local mucho más popular que el de Chichiriviche. Como tantas veces he visto en este viaje, lugares muy especiales, con una Naturaleza exhuberante y variada y donde quieres volver, sin duda, con tiempo para disfrutarlo mucho más.

Viaje a ninguna parte.

Pues eso es de alguna manera lo que nos ha pasado, que nuestro proyecto de visitar La Gran Sabana se ha visto truncado antes de empezar. Los inicios no fueron muy prometedores, al intentar salir de San Félix, la carretera estaba cortada por una protesta ciudadana contra las dificultades en el suministro de gas, un problema generalizado en todo el país. Naturalmente, tuvimos que dar una vuelta enorme, en la que nos perdimos varias veces, para poder sortear la barrera, ya que la policía no intenta disolver estos bloqueos y se limita a vigilar que no ocurran incidentes.

Como es una zona bastante desconocida, os voy a dejar algunos datos para que entendáis mi interés en conocer este territorio a pesar de las dificultades que sabíamos que nos íbamos a encontrar. La Gran Sabana es una región del sureste de Venezuela que llega hasta la frontera con Brasil y Guyana. Ofrece paisajes espectaculares y difíciles de ver juntos en un territorio relativamente tan pequeño, cuenta con ríos, cascadas y quebradas, valles profundos y extensos, selvas impenetrables, y sabanas con una variedad espectacular de flora y fauna. Sus riquezas naturales dieron origen a la leyenda de El Dorado, que llamó y sigue llamando la atención de aventureros, exploradores y colonizadores en busca de oro, piedras preciosas y otros productos valiosos. Cuenta con la formación geológica más antigua de la Tierra, el Escudo Guayanés, pero mayoritariamente es un relieve ligeramente ondulado aunque con sorpresas, entre El Dorado (sí, hay un pueblo con ese nombre) y la frontera con Brasil, hay un tramo en el que se pasa de los 200 metros de altitud a los 1.500 en menos de 30 kilómetros. Es un lugar llamado La Escalera. Estas fotos no son de La Gran Sabana pero es lo más cerca que he estado.

Bueno, pues siguiendo con el viaje, después de un recorrido por terrenos ultrallanos, rectas enormes y los consabidos baches y “policías acostados”, llegamos al primer punto de nuestro previsto recorrido, El Callao, un pueblo relativamente pequeño. Es difícil trasmitir la sensación que nos produjo el lugar, con tráfico infernal, decenas de policías por las calles, los mineros con las botas, la ropa y el cuerpo llenos de barro…, y los cientos de pequeños chiringuitos anunciando la compra de oro. Nada de locales lujosos, con puertas de seguridad y cajas fuertes, barracones de madera y tejados de lata, sin puertas y a la vista de todo el mundo. Sí, queridos, tal como en el Oeste pero sin pistolas, al menos a la vista, porque nos contaron que las armas no faltan precisamente en la zona. Todo esto acompañado de un ruido infernal, las motos en bandadas y, claro, las putas, unas putas jovencísimas y preciosas que se mueven como las golondrinas buscando la comida, donde la encuentran se quedan. La impresión fue fuerte, pero más aún cuando empezamos a buscar alojamiento: solo admitían efectivo. Cómo ya he contado, el efectivo es uno de los grandes problemas en Venezuela y nosotros llevábamos algo para gasolina o comida porque ya esperábamos dificultades para pagar esas cosas con tarjeta o trasferencias. Pero para pagar hoteles y restaurantes no íbamos preparados. Por fin, encontramos un hotel, con mucha mejor pinta por fuera que por dentro, que nos admitió el pago por trasferencia pero eso sí, al doble de precio. ¿Y por qué no compramos efectivo? Porque te cuesta el triple, es decir, que para que te den un millón de bolívares, tienes que trasferirles tres. Así de fácil. Es un territorio dominado por las mafias de los mineros, donde todo el mundo, por supuesto la policía, está pringado y que se mueve completamente al margen de la Ley y del control del Gobierno. Un territorio independiente con sus propias normas. Eso sí, en contrapartida no hay un lugar más seguro para andar por la calle a cualquier hora, para exhibir el móvil de último modelo o para aparcar el coche donde quieras. Las mafias controlan y el que se atreve a cometer un robo o atacar a alguien ya puede atenerse a las consecuencias. No se acepta que nadie ponga en riesgo el negocio. Tal cual.

Ya sé que en las fotos no se acaba de ver todo lo que os he contado, pero la verdad es que cuando estuve en condiciones de hacer fotos, el ambiente se había relajado enormemente. Como curiosidad os cuento que la primera foto es de una cabaña de mineros donde duermen para no tener que bajar al pueblo, que a la salida se pasa por el río Yuruari, donde trabajan muchos de ellos, o sea, como si pasaras por encima de una joyería, y que a la entrada, el monumento que se ve es un monumento al calypso, que tiene poco de venezolano, aunque Trinidad está muy cerca, pero que es un ritmo afroamericano de una fuerza indiscutible, de ahí las dos negras bailarinas. Y poco más, como no queríamos rendirnos llegamos al pueblo siguiente, Guasipati, donde nos encontramos la misma situación y nos confirmaron que más adelante era incluso peor. Pasamos la mañana haciendo llamadas a hoteles de la ruta y a algunas personas conocidas de Aura en la zona, pero no hubo solución. Tuvimos que volvernos, así que otra vez será. Pero la experiencia fue muy fuerte. Os dejo un enlace a una noticia relacionada con un pueblo de la zona por si tenéis curiosidad.

http://correodelcaroni.com/index.php/mas/ambiente/item/49630-las-cristinas-el-controvertido-enclave-del-arco-minero-del-orinoco

 

 

 

El delta del Orinoco…, más o menos

Fue un poco decepcionante aunque no por lo que vimos sino por lo que no vimos. Habíamos dormido en Maturín, la ciudad más grande de la zona y capital del estado de Moragas, después de la visita a la cueva del Guácharo que nos llevó casi toda la mañana. Una ciudad grande y moderna, con enormes centros comerciales y un feudo absoluto de la todopoderosa PDVSA, la empresa estatal petrolera venezolana. Aquí pudimos comprobar que las precauciones de los ciudadanos y la inseguridad no son un capricho, a la salida de un cine situado en uno de esos centros, a un coche estacionado cerca del nuestro le habían robado la batería. Por supuesto que hay vigilancia, pero… Por otro lado la ciudad no me pareció que ofreciera demasiado interés, solo la catedral, enorme, me pareció que merecía la pena para alguna foto, así que continuamos temprano nuestro camino. El destino era Tucupita, un lugar muy activo, en medio del delta y junto a uno de los canales mayores, el caño Mánamo. El viaje fue agradable, discurriendo por un terreno cada vez más plano, y con una curiosidad, un auténtico frontón de pelota que encontré cuando bajaba a fotografiar una iglesia muy antigua de adobe y madera que me llamó la atención. La verdad es que fue tan sobre la marcha que no me fijé en el nombre del pueblo, pero algún vasco habrá caído por allí seguro. Lo mismo algún cura, no me extrañaría.

 

En un tramo del camino llegamos a un poblado indígena al borde de un río, no se me ocurrió preguntar su nombre a los lugareños (no creo que Stanley o Amundsen me quisieran en sus expediciones), pero era un sitio realmente hermoso. Había gente pescando, otros trabajando unas tiras vegetales con las que hacen cestos y todo tipo de cosas, y otros simplemente bañándose. Vimos una niña de unos doce o trece años que cargaba una capigüara, el mayor roedor conocido, con toda probabilidad el plato del día para la gente del poblado. La verdad es que parecíamos estar en otro país y casi en otro mundo, un mundo aparentemente idílico. En Tucupita esa misma noche, tuvimos ocasión de ver el otro lado de la realidad de estas personas.

 

Tucupita es un pueblo que siempre tuvo una gran actividad, no en vano está en una zona interesante por muchas razones: las minas, el petróleo, la pesca, el turismo del Delta… El problema es que los recursos han ido disminuyendo progresivamente y esas actividades han quedado reducidas a las puramente administrativas y lo poco que queda de las demás. El movimiento de visitantes está prácticamente desaparecido, nosotros no conseguimos encontrar ningún transporte que nos llevara a hacer un recorrido por los canales y pantanos que tanto abundan en la zona. Algunos de los barcos que antes se dedicaban a esa labor se destinan ahora al transporte de pasajeros hacia la cercana Trinidad, en un recorrido a través de los caños que debe ser muy interesante, seguramente, pero para el que no teníamos tiempo. Así que nos conformamos con ver una procesión con misa al aire libre en pleno malecón y marcharnos al día siguiente ante la imposibilidad de hacer el recorrido que queríamos. El clima es cálido y muy húmedo, lo que permite a los indígenas que viajan a la ciudad desde todo el territorio, para cobrar una vez al mes los subsidios del gobierno, acampar la noche anterior junto al caño con sus hamacas (chinchorros) y cocinar al aire libre mientras los niños, muy numerosos, juegan, se bañan y aprovechan para intentar conseguir algo de comer. Una vez que han cobrado, puesto que para ellos no existen las limitaciones de efectivo que rigen para la mayoría de la población, aprovechan para vender parte de los billetes y multiplicar algo sus ingresos. Nada para salir de pobres, desde luego.

Sin dejar la zona del Orinoco nos dirigimos hacia el interior, a una ciudad llamada Puerto Ordaz que, junto con su “hermana” San Felix, hermana pobre en todo caso, forman lo que se conoce hoy como Ciudad Guayana, no sé si como una especie de señal de tipo reivindicativo hacia la República de Guyana, antigua colonia británica, ya que Venezuela reclama parte del territorio limítrofe con ese país. De camino hacia allá, curiosamente en un tramo de carretera de lo mejorcito que he conocido en este viaje, tuvimos un reventón de un neumático (caucho) tan potente, que arrancó incluso parte del protector lateral y del paso de rueda. Afortunadamente fue una rueda trasera. Aquí pude comprobar una vez el miedo de los venezolanos a que les ocurra algo así en un lugar despoblado, miedo justificado, porque un camión paró en seguida y a toda prisa se pusieron a cambiar la rueda mientras yo recogía los embellecedores arrancados. Por supuesto olvidaros de llamar al seguro, para que os hagáis una idea de la situación, un coche a todo riesgo puede ser declarado como siniestro total por la rotura de un parabrisas. Así está la cosa.

Poco antes de llegar a la ciudad, paramos a comer en un asador muy bonito que además funciona como hotel, así que decidimos alojarnos también allí esa noche con posibilidades de que fueran dos, ya que no sabíamos lo que iba a ocurrir con el recambio. Se pueden encontrar o no y el precio es incontrolable, porque además, aunque no es legal, te pueden pedir dólares, con lo que es fácil necesitar algun movimiento de transferencias de los que se han hecho imprescindibles por allí. Me gustó tanto el  lugar y la comida era tan buena, que no pude dejar de hacerle unas fotos. De regalo va una de Aura que le hice allí y que me gusta especialmente. Por cierto, el nombre es Posada La Finca, para que conste en acta.

Puerto Ordaz es una ciudad muy moderna, con un espectacular puente sobre el Orinoco, calles amplias, los consabidos centros comerciales, una industria muy numerosa y un puerto, aunque fluvial, de los principales de Venezuela. Y además unos parques verdaderamente llamativos, mal conservados eso sí, pero con la Naturaleza no puede ni la dejadez humana. En las fotos podéis ver el Parque Cachamay, a orillas del río Caroní y sus múltiples cascadas, un río que se une al Orinoco en los límites de la ciudad, dando lugar a un fenómeno espectacular, ya que el color de las aguas de cada uno de los ríos es diferente, roja y negra, y las corrientes se mantienen paralelas durante varios kilómetros. Eso sí, me tenéis que creer porque cuando llegamos no había luz suficiente y no se ve en las fotos. Como podéis ver los monos andan por el parque como si fuera su casa, seguramente porque lo es.

Caripe y la cueva del Guácharo de camino al Orinoco

Viajando del litoral hacia el delta del Orinoco se llega a una zona templada, fría para los venezolanos, cuya referencia turística es Caripe, un pueblo grande, o ciudad pequeña, como prefiráis, que tengo que decir que me encantó. Por alguna razón es conocida como el Jardín del Oriente, y no es otra que su clima, su vegetación, entre la que destaca la abundante presencia del araguaney, el árbol nacional de Venezuela, con sus espectaculares hojas amarillas, y los cultivos de café, fresas y otros muchos típicos de ese clima suave. En las cercanías se encuentra uno de los reductos naturales más importantes de Latinoamérica, la Cueva del Guácharo, que tanta importancia ha adquirido en la vida de la ciudad que ha hecho que cambien su nombre por el de Caripe-Guácharo. Lo que caracteriza este lugar es la presencia de miles de aves de ese nombre cuyas costumbres nocturnas son muy parecidas a las del murciélago, con quienes comparten hábitat. La diferencia está en que las aves se mueven durante el día por el interior de la cueva y durante la visita se puede oír el sonido que emiten que no me atrevo a calificar, una especie de mezcla entre silbido y graznido que no había oído nunca. La roca presenta formaciones de estalactitas y estalagmitas típicas, con enormes columnas que hablan de su antigüedad y está recorrida por un pequeño río en el que aparece de vez en cuando un cangrejo albino, aunque lo que más se ve, son los pequeños ratones blancos que corren a toda velocidad sobre el guano que cubre todo el suelo de la cueva. El primero en investigar la cueva de forma científica fue Humboldt, a quien se dedica el pequeño museo a la entrada. Aura no perdonó las fresas con nata, claro.

 

Playa Medina y la península de Paria

La península de Paria es un relativamente estrecho y alargado territorio, al Norte de Venezuela, entre Río Caribe y el puerto de Guiria (se escribe con diéresis pero no la encuentro en mi tablet), frente a la isla de Trinidad y cerca de la desembocadura del Orinoco. Está formada por el extremo oriental de la Cadena Litoral que presenta aún alturas de casi dos mil metros. Fue el primer lugar en el que Colón pisó el continente americano después de la llegada a Margarita durante su tercer y último viaje y le dio el nombre de Tierra de Gracia. Después continuó su recorrido hacia el Oeste costeando el litoral de un territorio que, al ver las casas que los indígenas del lago Maracaibo construían sobre palafitos, llamó Pequeña Venecia, de donde deriva el nombre de Venezuela. El recorrido comienza en el mencionado Río Caribe, un bonito pueblo con un estupendo y económico hotel de la cadena estatal Venetur instalado en una antigua hacienda colonial. Continúa por un territorio plagado de árboles del cacao y pequeños y bastante deprimidos pueblos con los granos del fruto puestos a secar en las aceras, casas de adobe o madera y gentes muy amables y serviciales a quienes parece encantar la llegada de forasteros.

 

Llegamos hasta Guiria, un puerto importante, copado prácticamente por las instalaciones de PDVSA, la estatal petrolera venezolana, pero que tiene una característica interesante, de allí salen los ferrys para cruzar a Trinidad, a poco más de cuatro horas y con la demanda en aumento. El problema es que para llegar hay que atravesar unos setenta kilómetros de carretera con numerosos boquetes que hay que esquivar y casi un centenar de “policías acostados”, una autentica ruleta rusa para los cauchos de la camioneta. Durante este recorrido ” dimos la cola” a una mujer que iba a atender a su madre enferma y venía de ayudar a una de sus hijas en un parto complicado por la falta de medios en el hospital, otro de los grandes problemas de este país. Nos impactó saber que, para alimentar al bebé, tenían que combinar las tomas de la poca leche infantil que podían conseguir, debido a su alto precio, con agua de limón. De todas formas, como demostración una vez más del carácter de los venezolanos, cuando supo que no habíamos comido aún por la falta de efectivo y la ausencia de establecimientos “con punto” para pago con tarjetas en el camino, nos hizo compartir con ella una humilde arepa de plátano frito, todo lo que tenía para comer después de cinco horas en la alcabala esperando a que alguien la recogiera. No estuvimos mucho tiempo allí, solo una noche, porque estábamos deseando volver a una de las playas más atractivas que he visto en mi vida, Playa Medina, por donde habíamos pasado el día anterior y reservado una estancia de un día con pensión completa. Que queréis que comente de una playa maravillosa con un inmenso palmeral y unas cabañas de lujo para pernoctar en la misma playa? Pues poca cosa aparte de mostrar las fotos.

 

Para rematar la entrada sobre este lugar fantástico, aquí tenéis unas fotos de la cabaña que alquilamos. Dada la época no había ningún huésped en el lugar aunque esperaban llenar en la cercana Semana Santa. El precio, caro desde luego para los parámetros venezolanos, incluía una pensión completa excelente, todo muy relativo, claro, al cambio de ese momento, unos treinta dólares para dos personas. Pagamos al cabo de cinco días por transferencia, debido a los problemas con internet que encontramos más adelante. Un recurso imprescindible para los negocios en Venezuela en este momento si no pueden disponer de punto de venta, Quién lleva seis millones de bolívares en el bolsillo en un país donde los bancos te dan un máximo, con suerte, de veinte mil diarios?