Elegía

Ha muerto una amiga. Mi amiga Elisa. Probablemente la única amiga en todo el sentido de la palabra que he tenido…, al menos la más antigua, eso seguro. Hace tiempo que padecía una terrible enfermedad, ELA, una asesina silenciosa e inmisericorde, que no perdona ni concede treguas. Un avance sin prisa pero constante, terrible, angustioso incluso para los espectadores del drama. Nosotros.

Al principio de conocerla no daba un duro porque pudiéramos llegar a ser amigos alguna vez. Recuerdo una chica de unos 14 o 15 años, compañera de clase de mi hermana, rubita, llenita y un poco pija para un sitio como Caño Roto. Vivía en la periferia del barrio, un poco al margen de los elementos que habitábamos en el interior y que asistían mayoritariamente al colegio público donde yo mismo fui hasta que empecé a estudiar el bachillerato.

Se notaba que su familia procedía de otro ambiente: del centro de Madrid, no de Carabanchel o de barrios chabolistas de la periferia, como la mayoría de nosotros. En aquel tiempo se había formado un grupo de chavales, todos de esa parte del barrio, aunque desconozco la razón, que destacaban precisamente por no parecer de allí, con inquietudes, sobre todo musicales, que encajaban malamente en el barrio de los Chunguitos o el José y sus rumberos. Incluso algunos de ellos formaron un grupo, los Blues, y ensayaban en un local próximo a las obras de la M30, en una casita antigua de la calle López de Hoyos donde íbamos los sábados por la tarde a bailar y a escuchar aquella música espléndida que le enviaba su hermano, desde USA, al batería del grupo.

Un compañero mío de colegio, Julio, llevo una vez a un par de hermanos que formaban parte de aquellos chavales a uno de nuestros guateques y así empezó mi relación con ellos. Y así también empezó mi relación con Eli y su familia. Después, fue compañera de mi mujer durante muchos años, las dos se quedaron a trabajar de maestras en el colegio en el que habían estudiado cuando terminaron el bachillerato, y un día nos presentó a un chico, Andrés, que encajó con nosotros desde el primer momento y con quien se casó unos años después.

Ha sido toda una vida juntos, unas veces más cerca y otras un poco menos, pero siempre ahí, siempre presentes. Siempre con el máximo cariño y siempre con la amistad incondicional como lazo de unión. Al final, los dos han sido un ejemplo de comportamiento ante las adversidades muy grandes y muy terribles que les han afectado. La sensación que tengo en este momento es de rabia, de rabia intensa. De impotencia ante la injusticia de la vida…, y de la muerte como parte de ella. Ni Eli ni Andrés se merecían lo que han pasado en estos últimos años. Y que no me digan que nadie lo merece. No me importa. Me importan ellos y su sufrimiento.

En palabras de Miguel Hernández:

«No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.»

La Transición española: un intento de hacer una tortilla sin romper los huevos.

Hace un par de días leí una frase en un artículo de Quique Peinado que me gustó: «Me jode porque me gustaría que fuéramos otro país, pero 40 años de dictadura y una Transición que prefirió la injusticia al desorden lo hacen imposible.»

Habría que matizar que la apuesta por el «orden» fue relativa: entre 600 y 700 muertos pueden testificarlo. Pero estoy de acuerdo en que, al menos oficialmente, la disyuntiva fue más o menos ésa.

La derecha consiguió que la izquierda renunciara a cualquier intento de justicia para los verdugos del régimen a cambio de lo que ellos no tenían más remedio que «conceder» para poder seguir existiendo como clase y ostentando el poder económico, policial, judicial y mediático: un Estado que adoptara, al menos, las formas de las democracias europeas.

Por supuesto, estaban los que no querían ni siquiera eso, en una tenaza de miedo, uno de cuyos extremos era ETA y el otro la tradición de golpismo militar. El mantenimiento de la monarquía, de la bandera y de la unidad, aplacaron un tanto a los militares, con la fórmula autonómica como mal menor para ellos. En cualquier caso, hasta que se produjo la entrada en la OTAN, lo que suponía una posibilidad de desarrollo profesional impensable con anterioridad, y la profesionalización del Ejército, la influencia de los antiguos militares franquistas siguió siendo muy importante.

La debilidad de la llamada izquierda, PSOE y PCE fundamentalmente, hizo necesaria la presión exte-rior de la entonces Comu-nidad Europea e incluso de parte del statement nor-teamericano para arrancar el país en base al texto de una Constitución incluso demasiado rebuscado en su afán de contentar a todos. Un ejemplo es la aceptación del Estado autonómico frente al Estado federal o de la la segunda cámara, por ejemplo.

Pero lo más importante, lo que sigue lastrando el desarrollo, no ya pleno, sino simplemente normal, estándar, de nuestra democracia, fue la nula revisión de la etapa anterior, la falta de justicia, la ausencia de reparación para los sacrificados por el régimen franquista y, por lo tanto, la impunidad de quienes actuaron según las directrices del poder y la perduración en el tiempo de esa soberbia de los vencedores que hoy vemos en los discursos de VOX y del PP. Y de tantos jueces, periodistas o empresarios que les lleva a seguir, como sus padres y abuelos, considerando al país como su propia finca.

Y todo esto no se habría logrado sin la sumisión, colaboración y funcionarización de los sindicatos llamados mayoritarios, aunque toda su afiliación está en el entorno del 10% de los trabajadores. La Vanguardia publicaba en 2019: » Según un reciente informe de la OCDE, el nivel de afiliación sindical en España alcanza al 13,7% de los asalariados, el nivel más bajo desde 1990. La proporción de trabajadores que forman parte de organi-zaciones sindicales no ha dejado de caer con suavidad, pero de forma continua, desde principios de la década.» Nada hace pensar que esta tendencia vaya a cambiar.

Los sindicatos «mayoritarios» fueron un arma imprescin-dible para la desmovilización de una clase trabajadora que a la muerte de Franco era capaz de parar totalmente el país, como se demostró en enero de 1976. La depen-dencia política de estos sindicatos fue fundamental para la firma del Estatuto de los Trabajadores, básico para la conversión de los militantes en funcionarios cuyo único objetivo, a partir de entonces, fue mantener el estatus y las ventajas de un sistema representativo trasplantado a las empresas para contribuir a la llamada «paz social». Las huelgas contra los gobiernos del PSOE a mediados de los ochenta, fueron los últimos coletazos de un sindicalismo descafeinado y dependiente de las subvenciones como el que hoy padecemos.

AFGANISTÁN: LA TRAICIÓN DE OCCIDENTE (2)

El Estado Islámico de Afganistán fue el régimen islamista (regido por la sharia) establecido por los muyahidínes en Afganistán entre 1992 y 2002, hasta su derrocamiento por los talibanes. Los muyahidines son los miembros de las diversas facciones político-militares que operan en Afganistán desde comienzos de la década de los años 1970. Este Estado Islámico tuvo como antecesores a diferentes gobiernos en el exilio establecidos en los ’80 para canalizar la oposición a la República Democrática de Afganistán, que continuó oficialmente en el poder tras la salida de los soldados soviéticos. El Estado Islámico fue fundado en el exilio, en Peshawar, en febrero de 1989 y reconocido inicialmente por varios países de mayoría musulmana, incluida Arabia Saudí y de facto por la mayoría de los países occidentales.​

Este régimen pudo establecerse en Kabul tras el colapso de la República en el año 1992. Después de desarmar a los civiles (armados por las organizaciones de masas del anterior régimen) y concentrar las armas en las milicias de los señores de la guerra, el Estado Islámico se caracterizó por las continuas luchas internas y la fragmentación del país, así como por la proliferación del cultivo y tráfico de opio y de la prostitución, la destrucción cultural y hasta el tráfico de órganos que eran vendidos en el extranjero.​Cuando los talibanes, una facción muyahidín, se hicieron con el control de la mayor parte del país, establecieron un gobierno rival llamado Emirato Islámico. El Estado Islámico fue expulsado de Kabul pero continuó teniendo el reconocimiento diplomático de la ONU y la mayoría de los Estados.

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AFGANISTÁN: LA TRAICIÓN DE OCCIDENTE (1)

Ronald Reagan se reúne con los Talibanes: «Estos caballeros muestran un sentido moral equivalente al de los Padres Fundadores.» Ronald Reagan 1985

La situación geográfica de Afganistán lo ha convertido en lugar de encuentro de imperios y civilizaciones, así como en cruce de importantes rutas entre polos comerciales como la Ruta de la Seda. Afganistán tiene más de 5.000 km de fronteras con seis países, de las cuales la más larga es la frontera sur con Pakistán, de unos 2.640 km. Afganistán también hace frontera al oeste con Irán (936 km) y al norte con las antiguas repúblicas soviéticas de Tayikistán (1.206 km), Turkmenistán (744 km) y Uzbekistán (137 km). La frontera más corta de Afganistán limita con la provincia china de Xinjiang y tiene apenas 76 km. Por otro lado, su estructura tribal, mantenida de forma continuada hasta el momento actual, hace difícil la consideración de Afganistán como un Estado consolidado a lo largo de la historia. 

Afganistán es, pues, una sociedad multiétnica y mayoritariamente tribal. La población del país se divide en diferentes grupos y tribus con sus propias características etnolingüísticas: Pastún, Tayikos, Hazara,  Uzbeko, Sadat, Aimak, Turcomanos, Baluchi, Pashai, NuristaníGujjar, Árabes, Brahui, Pamiri, Kirguís y algunos otros. En el Himno Nacional de Afganistán y en la Constitución afgana se mencionan un total de 14 grupos étnicos.

Durante la mayor parte de su historia, las tribus afganas se movieron entre la influencia árabe, persa, hindú y turca, hasta que la expansión colonialista inglesa, en permanente conflicto de influencias con Turquía, Irán y la Rusia zarista, consiguió imponerse en la mayor parte del país durante la parte final del siglo XIX y principios del XX, manteniendo una ficción de independencia basada en el apoyo a una monarquía muy debilitada.

Tras la Revolución de 1917, el gobierno soviético fue el primero en reconocer, en 1919, la independencia y soberanía de Afganistán, aun cuando no habían finalizado la lucha por su independencia contra el Reino Unido. Este país exigió la ruptura de relaciones entre Afganistán y el naciente «País de los Soviets», llegando a presentar en 1923 el llamado «ultimátum de Curzon», una de cuyas principales exigencias era retirar el personal diplomático soviético de Afganistán como condición para garantizar su reconocimiento como estado independiente y soberano.

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La ruta 66

Seguro que muchos habréis leído la famosa novela de Jack Kerouac En el camino (On the road). Yo lo hice por primera vez muy joven, con menos de veinte años. Recuerdo que aún estaba prohibida por la censura franquista y la conseguí a través de una persona, cuyo nombre no recuerdo, que venía por la oficina donde yo trabajaba, con una cartera repleta de libros censurados y a quien nunca podré agradecer suficientemente que nos ayudara a ventilar nuestras mentes facilitándonos el acceso a obras como Trópico de Cáncer, El cuarteto de Alejandría, Las drogas o incluso El Decameron, además de algunas editadas por la famosa editorial Ruedo Ibérico como El Laberinto español o La Santa Mafia, el libro que nos descubrió la realidad del Opus Dei (aunque no recuerdo si era el título exacto).

La novela me impactó profundamente, no solo por la historia, la referencia a las drogas, que en esa época no se conocían apenas en España o el sexo, en una época en que, cómo decíamos entonces: «Follar no es pecado, es milagro». A mí me interesó sobre todo el viaje, aquellos recorridos de Chicago a Los Ángeles, a lo largo de la ruta 66 y pasando por lugares cuyo solo nombre ponía a funcionar mi imaginación: Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona o California.

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BREXIT

Esta mañana he escuchado en la radio un comentario, no recuerdo de quien, en el que el autor relataba su primera experiencia de viaje a Gran Bretaña en los primeros 80′ relacionándola con la situación post-BREXIT. Recordaba el paso por la frontera inglesa en dos filas, la de los ciudadanos de la Comunidad Europea y la del resto del Mundo. Y la sensación que le produjo de profundo deseo de salir de la segunda fila para pertenecer a la primera. Todos sabemos que esas dos filas siguen existiendo cuando se llega a cualquier país de la UE, incluido desde hace años el nuestro. Lo que ocurre es que, desde que nos permitieron entrar al Club de los «ricos», nosotros pasamos por la fila «rápida».

Mi primer viaje a Londres fue en 1973 e Inglaterra acababa de incorporarse a la, entonces, Comunidad Económica Europea. Al llegar a la aduana de Heathrow, no había dos filas, sino tres: ciudadanos de la CEE y USA, ciudadanos de países de la Commonwealth y ciudadanos del resto del Mundo, y no sé si eso ha cambiado en la actualidad, supongo que no. Pero teniendo en cuenta que hay 54 países que pertenecen a la antigua Mancomunidad Británica de Naciones, la verdad es que la sensación de sentirse un «apestado» era mucho mayor. Mientras veías pasar sin problemas a nigerianos, indios, paquistaníes o jamaicanos, los españoles, portugueses, griegos y casi todos los árabes, teníamos que esperar pacientemente nuestro turno y el poco amable interrogatorio de los funcionarios.

Alguna vez he contado que para un chaval de Carabanchel, que no llegaba a los veinte años y no sabía más que cuatro palabras en inglés aprendidas de la letra de alguna canción, viajar en los los primeros 70′ a Londres era como viajar a Marte, más o menos. Del gris de los últimos, pero tremendos, coletazos del franquismo, a la cuna del pop en pleno auge del gay power, casi nada. Seguir leyendo BREXIT

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