Archivo de la categoría: “historias” familiares

El general sí tiene quien le escriba.

El general repasó la carta que acababa de escribir. Sin firmarla, se acercó a la ventana del despacho, que daba a la fachada principal de la casa. Observó frente a él la escalinata de la catedral, en la que, en ese momento, apenas una docena de mendigos intentaban estimular la caridad de las pocas personas que subían o bajaban de la parte alta de la ciudad. Suspiró profundamente y volvió al escritorio.

Père María de Montserrate de Pastors y Sala y Cella, uno de los pocos mariscales de campo del Ejército español, un cargo en proceso de amortización en aquel momento, releyó una vez más el escrito y lo firmó con decisión. Secó su firma antes de doblar y lacrar el Seguir leyendo El general sí tiene quien le escriba.

Amor salteño del general realista.

Este es el título de un artículo publicado en La Gaceta de Tucumán (Argentina) el 28 de noviembre de 2004. ¿Qué tiene que ver conmigo y por qué lo incluyo en el apartado Familia? Puede que nada, pero también puede que tenga que ver, nada menos, con la obsesión que he tenido durante toda mi vida con ese país, que pude por fin visitar hace tres años y al que he vuelto en éste, aunque no he podido llegar a Salta por diversas razones que no hacen al caso. La cuestión es que no tenía la menor idea pero los protagonistas de esta historia podrían ser antepasados míos. También es verdad que podrían no serlo, no he conseguido todavía confirmarlo, pero me gustaría que así fuera, un poco de romanticismo no le viene mal a nadie, digo yo, en este Cambalache en que se ha convertido el mundo como ya nos decía Carlitos Gardel en el tangazo de ese título… ¿Véis?, otra vez Argentina.

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Niños encerrados

Las fotos y vídeos de los niños encerrados y separados de sus padres por las recientes y salvajes normas sobre emigración de la administración Trump en USA, me han hecho recordar algo que me contaba uno de mis tíos, hermano de mi madre, de cuando tenía unos trece años. Obviamente, hay diferencias entre ambas situaciones, pero el fondo de la cuestión es el mismo: independientemente de las razones y los medios empleados, se separa contra su voluntad a muchos menores de sus padres con una justificación que, valga la redundancia, no se justifica de ninguna manera. Al finalizar la guerra civil en España, muchos niños de familias del bando republicano fueron internados en “hogares” regentados por una organización dirigida por la Falange llamada Auxilio Social. El dibujante Carlos Giménez dedicó a esos siniestros lugares su serie Paracuellos. Antes de contar la anécdota familiar quiero referirme a esa institución para quienes no la conozcan o tengan referencias de ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Me quemaban el culo con velas y me restregaban ortigas por mis partes por orinarme en la cama”; “lo que le hice a este señor sé que se llama felación, pero yo entonces no tenía ni idea”; “pensé en suicidarme. Que un niño con 12 años piense en eso es muy duro”. Son algunos testimonios de los centenares de miles de niños y niñas que pasaron gran parte de su infancia, cuando no toda, encerrados en internados y centros de beneficencia durante el franquismo y los primeros años de la democracia. Allí fueron víctimas de palizas, violaciones, trabajo esclavo y vejaciones, en unos centros que el régimen utilizaba para su propaganda. Unas dramáticas experiencias vitales que quedaron sepultadas por el silencio y que recoge el documental Los internados del miedo, realizado por dos de los periodistas que más han documentado la barbarie de la dictadura en España, Montse Armengou y Ricard Belis. (Recogido en la web de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, www.memoriahistorica.org.es)images.jpg

Esta es solo una de las iniciativas realizadas desde hace muchos años para contar como se crearon, como se utilizaron por el régimen franquista y cual fue la realidad de aquellas instituciones cuya puesta en marcha respondía al concepto de caridad desarrollado desde el catolicismo más fanático, combinado con el de culpa hereditaria, que se transmite de padres a hijos. Es decir, los niños y niñas tienen que pagar por las culpas de sus padres porque los lazos de sangre les hacen tan culpables como ellos. En el caso actual, por querer emigrar de forma ilegal a otro país, en el caso de España por situarse en un bando visto por los vencedores como poco menos que demoníaco.images-2 Una especie de exorcismo realizado a los padres, muchos muertos, en sus propios hijos.

Por supuesto se han publicado también muchos libros sobre este tema, algunos por antiguas víctimas de tanta atención, aunque no es el caso del que traigo aquí.  Me refiero a éste de Ángela Cenarro, autora de otros libros sobre esta institución, como La sonrisa de Falange o Auxilio Social en la guerra civil y la posguerra, pero podría poner muchos más.  

Y voy con la historia. Mi familia materna había pasado casi toda la guerra en Madrid, en el barrio de Salamanca, una zona de la ciudad donde nunca se bombardeó, supongo que porque muchas de las viviendas eran de seguidores de los golpistas. Carabanchel fue frente de batalla muy pronto y empezó a sufrir los bombardeos aún antes. En aquella época, como muchos partidarios de Franco habían huido de sus casas en el centro de la ciudad, los sindicatos y las organizaciones sociales republicanas tenían un censo más o menos elaborado de esas viviendas y alojaban en ellas a las personas que se refugiaban allí huyendo de las bombas. La familia de mi madre eran siete hermanos, cinco chicos y dos chicas, el mayor se incorporó como voluntario muy pronto y mi abuelo, demasiado mayor para ser admitido como soldado, trabajaba en la construcción de trincheras y otras defensas. Mi madre, que tenía casi 16 cuando empezó la contienda, trabajó en algunos lugares donde se fabricaban suministros para los soldados pero principalmente ayudaba en casa, al ser la mayor, atendiendo a los pequeños. 

Cuando acabó la guerra, volvieron a Carabanchel y se encontraron con que su casa había volado por los aires y con ella todas las pertenencias que no habían podido salvar en su huida de tres años atrás. Mi abuela falleció ese mismo año y la situación familiar era totalmente desesperada. Mi abuelo empezó a trabajar en su oficio, albañil, con un primo suyo que había colaborado con el bando vencedor y que hizo bastante dinero como constructor adicto al régimen en los siguientes años. No sabemos con exactitud lo ocurrido, pero en un momento dado parece que este familiar le propuso llevar a los pequeños, dada la difícil situación familiar, a las dependencias de Auxilio Social. Mi abuelo no quiso aceptar la propuesta pero a los pocos días apareció en la chabola, que habían podido construir con los restos de su casa, un grupo de policías buscando a los niños menores de catorce años. Mi madre no acepto de ninguna manera que se llevaran a la pequeña, que tenía entonces ocho, así que solo estaban en disposición de llevarse a Antolín de 13 y Saturio de 11, ya que el mayor tuvo que hacer el servicio militar, pasó tres años de mili después de haber tenido que pasar como soldado los tres años de guerra, y los dos que seguían a mi madre ya estaban en edad de trabajar y aportar algo la economía familiar. Nunca hemos sabido si “el primo Carlos” tuvo algo que ver con esto, la verdad es que la redada no fue solo con ellos, sino en toda la calle. Mi abuelo y mi madre se presentaron en el edificio de Auxilio Social en Carabanchel para reclamar a los dos al día siguiente de que se los llevaran, pero no eran tiempos en los que los organismos oficiales admitieran fácilmente un error. Antolín se escapó muy pronto, no llegó a pasar allí dentro ni una semana. Su espíritu libre no le permitía continuar “enjaulado”, según el mismo aseguraba.

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Pero su pena era no haber podido sacar también a su hermano pequeño. Por eso todos los días merodeaba alrededor de la puerta y hablaba con él y con otros chicos del barrio, además de hacerles llegar lo poco que conseguía…, como podía. Cuando se escapó de aquel lugar no pudo llevarse a Saturio porque estaba en la enfermería aquejado de algunos problemas digestivos que luego le acompañarían toda la vida. Así que le llevaba sobre todo leche y frutas. De hecho, una anécdota divertida, que no me contó él, sino una de las niñas que estaban dentro del edificio, ocurrió por ese interés en facilitar a su hermano comida sana. El edificio, con un gran patio delantero cerrado por una verja de hierro que levantaba unos diez centímetros del suelo, estaba en la parte baja de una cuesta por la que pasaban muchas de las mercancías que se transportaban al cercano mercado de Mataderos. La fruta y las verduras, sobre todo, se llevaban entonces en carros de mano, así que, una mañana, Antolín se apañó para meterse entre las piernas de la persona que conducía un carro cargado de naranjas hasta hacerle caer al suelo. La consecuencia fue que el carro volcó y las naranjas rodaron cuesta abajo. La mayoría terminaron pasando por debajo de la puerta entre los gritos de alegría de los niños que allí estaban encerrados. Saturio salió al cabo de pocas semanas. 

 

Las mujeres de la generación de mi madre

Las mujeres de la generación de mi madre

cantaban boleros en el jardín

a la hora de la siesta…

Silvia Tocco (La cercanía del mar)

Era la radio. En el principio era la radio. Aquella Radio Madrid de los concursos, el Carrusel deportivo, el teatro, los seriales, los “partes” de obligada conexión con Radio Nacional y, sobre todo, la música. Aquellas coplas, los boleros, los tangos, y la incipiente música ye-ye.

Mi madre cantaba todo el tiempo mientras hacía las labores de la casa. Daba igual si barría, cosía, limpiaba el polvo, cocinaba, fregaba “los cacharros” con el agua que había que traer de la fuente de la plaza, porque no teníamos en casa, o vareaba dos veces al año la lana de los colchones en el patio común donde nos bañaba a mi hermana pequeña y a mí, en verano, en un barreño de “cinz” donde el agua se calentaba al sol, el mismo en el que fabricaba jabón con aceite y sebo removiendo interminablemente con un palo.

Ella siempre parecía feliz y, probablemente, lo era a su manera. Mi padre trabajaba catorce horas diarias en dos trabajos diferentes, como casi todos los obreros durante aquellos años 50 de la emigración a Europa de más de dos millones de españoles. LLegaba tarde, pero siempre le esperábamos para estar junto a él mientras cenaba y escuchar todos juntos los programas nocturnos, generalmente de teatro y variedades. Por supuesto, sentados en sillas alrededor de la mesa del comedor, no teníamos sillones ni espacio para ellos.

Había programas de humor, Gila, Pepe Iglesias “el zorro”, los sainetes de los hermanos Álvarez Quintero interpretados por aquella auténtica pléyade de actores radiofónicos maravillosos que lo mismo conseguían hacernos reir que llorar solo con sus voces, los Juana Ginzo, Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso o Matilde Vilariño entre otros muchos.

Pero la música llenaba todo el día con los diferentes estilos de la época y los niños nos sabíamos todas las canciones, no solo de escucharlas en la radio, sino sobre todo, al menos en mi caso, de escuchárselas a mi madre. Yo me sorprendía muchas veces a mí mismo mirándola embobado y repitiendo en silencio aquellas letras, porque oírla cantar era lo único capaz de distraerme de los tebeos o de las peleas entre “indios y americanos” o las colecciones de cromos de futbolistas.

A veces aún me parece escucharla cantando aquello de: “Apoyá en el quicio de la mancebía…”, que yo por supuesto no entendía o “Reloj no marques las horas…”. Solo la veía triste cuando en las tardes de verano, me llevaba con ella al cementerio donde visitábamos la tumba de mi hermana mayor, una niña preciosa que murió con nueve años cuando yo apenas tenía unos meses.

Quizás por eso odio los cementerios. No por lo lúgubre del lugar o porque me dé ningún miedo la muerte. Como recordaba ayer en su recital de poesía Ángel Petisme, que oyó una vez en boca de José Luis Sampedro: “No tengo miedo a la muerte pero no tengo prisa”. Los odio porque me recuerdan los momentos de tristeza de mi madre, la mujer más alegre y divertida que he conocido. A pesar de todo.

 

Más allá de la Historia están las historias

Hoy hemos incinerado a mi tía Angelita, casada con un hermano de mi madre que falleció hace ya tiempo. De mis tíos directos, de hecho solo tengo la seguridad de que sigue resistiendo, mejor que peor, la hermana pequeña de mi madre, porque del único hermano de mi padre no sé nada desde hace muchos años, las tres hermanas también fallecieron. Entre las dos familias eran doce, que se dice pronto, pero nada extraordinario en esos tiempos. Lo que sí fue extraordinario fue la época en que les tocó vivir, con las diferencias que las distintas edades suponen a la hora de asumir una guerra civil y una terrible posguerra. Solo mi padre y el mayor de los hermanos de mi madre, ella era la segunda de siete, tuvieron participación directa en la tremenda salvajada que supuso el conflicto, aunque todos lo vivieron directamente puesto que pasaron la guerra en Madrid.

En las dos familias se dió la circunstancia de la muerte de uno de mis abuelos nada más acabar, mi abuelo paterno y mi abuela materna. Y todos vivieron una posguerra tremenda, llena de dificultades, de carencias y con el estigma de haber pertenecido al bando de los perdedores. Mi hermana y yo, de niños, nos reíamos cuando veíamos las fotos de los años cuarenta y cincuenta, que guardo como oro en paño, porque parecía que acababan de salir de Auschwitz o Mauthausen, por la extrema delgadez de todos ellos, de hecho tenían mucha mejor imagen en la cuarentena que en su juventud. No obstante fueron capaces de superar las dificultades, con mucho trabajo, eso sí, y con un grado de solidaridad entre ellos, al menos entre la mayoría de ellos, realmente admirable.

Alguno tuvo una existencia que, por sí sola, serviría para escribir un libro, otros vivieron una vida más convencional, pero todos tenían historias para contar y no parar. Algunos vivieron la emigración, los que participaron en la guerra tuvieron que cumplir después un Servicio Militar de tres años, la escolarización de todos ellos fue mínima, sobre todo la de los mayores, incluso alguno tuvo que pasar un tiempo en una residencia de Auxilio Social, la Beneficencia de la posguerra.

Yo creo sinceramente que fueron, cada uno a su modo, verdaderos héroes, en el sentido que la Academia da a la palabra: “Persona que se distingue por haber realizado una hazaña extraordinaria, especialmente si requiere mucho valor.”  Ya sé que resulta imposible compensar a todos los que vivieron aquella época, muchos de ellos, como he dicho, ya no están con nosotros, y no me refiero, obviamente, solo a mi familia. Pero me duele profundamente el olvido de la Sociedad, sobre todo de la actual, y no hablo de las autoridades porque de esos no espero nada. Pero los que andamos por los cincuentay o sesentay, creo sinceramente que no tenemos derecho a olvidarlos. Tampoco los más jóvenes, aunque eso sí que depende de nosotros.

Todas las épocas, por supuesto, han tenido sus dificultades para los ciudadanos de a pié, para los trabajadores, para los que no hemos tenido los recursos que nos hubiera gustado, ahora mismo se da el caso de que muchos de nuestros hijos y de nuestros nietos viven peor que nosotros, o al menos peor de lo que hemos vivido nosotros en algún momento. Y el ejemplo de todas estas personas que tuvieron la desgracia de vivir aquellos terribles años es un ejemplo que no me parece despreciable. Y por supuesto, no a modo de resignación o de quedarse a esperar que las cosas mejoren o a que nos las resuelvan desde las instancias de la Administración. Ni siquiera me lo planteo como un problema político, de a quién se vota o se deja de votar o de una Revolución, al menos en el sentido clásico.

Cuanto más pienso en ello más me parece que el verdadero ejemplo de esa generación, de la generación de mis padres es el de la Solidaridad, el de la capacidad para organizarse a pesar de las dificultades y sacar sus vidas adelante al margen de una situación política y social que, desde luego, no les favorecía en absoluto. Ese Apoyo Mutuo, esa capacidad para la Acción Directa, que no se trata de poner bombas, como algunas mentes obtusas suponen, sino de actuar por encima y al margen de las circunstancias desfavorables para llevar adelante proyectos solidarios de cooperación, de compartir los recursos en lugar de caer en la obsesión por la competencia, por pisar al otro, por el éxito que solo lleva a una vida que no es vida, porque no está orientada a las necesidades del ser humano sino de las clases dirigentes, a quienes importa muy poco si ves a tus hijos a diario o no, si tienes tiempo y ganas de jugar con ellos, si puedes compartir una cerveza y un rato de conversación con los amigos o si te puedes permitir unos pocos días de vacaciones y, lo que es peor, si tu sueldo te llega para poder hacer tres comidas diarias y pagar el recibo de la luz.

Hoy, cuando la he visto en el crematorio, mi prima Caro, unos meses menor que yo, me ha dicho: “Cada día te pareces más a tu padre”. Ya sé en qué sentido lo ha dicho, pero yo quiero tomarlo en el de la personalidad y el carácter, y os juro que no hay nada en el mundo que me pueda llenar más de orgullo que eso.

Hoy mi hijo cumple 40 años

Efectivamente, el 23 de julio de 1975 nació mi hijo. Yo siempre he dicho que justo para empezar a vivir cuando se acababa la vergonzosa dictadura a la que estuvimos sometidos precisamente durante 40 años.

Recuerdo que pocos meses más tarde, un año quizás, pude ver una película de Alain Tanner titulada “Jonás que cumplirá 25 años en el año 2000”, una película muy significativa para la época y en la que encontré muchas cosas comunes con mi propia vida.

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