A Antonia le gustaba mucho bailar. A Joaquín también, aunque siempre protestaba, como por casi todo. Joaquin y AntoniaLa foto no es de ese día, pero recuerdo que volviendo de una “gira” de las que hacíamos los vecinos del barrio en verano, gracias a una pequeñísima cuota semanal durante el año (tres o cuatro excursiones de un día, no daba para más), pasábamos por el pueblo de Guadarrama y ella vio que había baile en la plaza, probablemente por las fiestas locales. Naturalmente, no paró hasta que consiguió que el autobús se detuviera y los viajeros pudieran tener media hora para “echar unas piezas”, con el consiguiente mal rato para él, a quien sus reacciones espontáneas ponían directamente “de los nervios”.
Pero no se me olvidan sus caras disfrutando de aquel buen rato inesperado (a él, como casi siempre, el enfado se le pasó de inmediato). Yo debía de ser muy pequeño, pero he querido contar esto como un pequeño homenaje a una de las mujeres más alegres y divertidas que he conocido en mi vida…, y quizás la de peor “genio” cuando se daba el caso: mi madre.

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