Mi madre nació en 1920 y era la segunda de un “pelotón” de siete hermanos de los cuales solo ella y la pequeña eran chicas. De todos hay cosas interesantes que contar, aunque no todas muy “ejemplares”, como es lógico, pero sin duda el que tuvo una vida más aventurera y una personalidad más fascinante fue mi tío “Chato”.

Antolín nació en 1926 y era el quinto de los hermanos. El apodo le cayó encima por razones obvias, aunque cuando se hizo mayor, la verdad es que resultaba un poco inexplicable, porque llegó a desarrollar una nariz bastante poderosa. También tenía otra característica particular y es que, en un grupo donde todos eran bastante guapos, él era un poco el patito feo. Mi madre pensaba que esa era la razón por la que había desarrollado su gran habilidad para ganarse a todo el mundo y muy especialmente a las mujeres, empezando por su propia madre, a la que hacían tanta gracia sus zalamerías y su habilidad para buscarse la vida ante la competencia de tantos hermanos.

Los cuatro de Tarragona
Los cuatro de Tarragona

 

Fue siempre una persona atrevida e imaginativa a quien no importaban los riesgos y, desde niño, tuvo una vida bastante azarosa. Cuando tenía ocho o nueve años estuvo a punto de morir al recibir una descarga eléctrica mientras intentaba coger unos nidos de pájaros en un poste de la luz. A los diez  estalló la Guerra Civil y junto con tres de sus hermanos fue enviado, como refugiado, a Tarragona, lo mismo que otros niños madrileños fueron llevados a Valencia o incluso a otros países por el temor a que Madrid cayera rápidamente en poder de Franco. Al llegar allí, a cada uno le destinaron a una familia de acogida y fue él quien buscó, encontró y mantuvo el contacto entre los hermanos a pesar de no ser el mayor.

Durante la terrible posguerra madrileña, desarrolló una imaginación portentosa para ayudar en su casa y a otros niños vecinos de su barrio, aunque no siempre fuera respetando la legalidad. Recuerdo a una amiga de su edad contándome, ya de mayor, como mi tío se las apañaba para meterse entre las piernas y hacer caer a los que llevaban carros de mano cargados con frutas, generalmente naranjas o melones, camino del mercado, para que rodaran por el suelo y los chiquillos del barrio pudieran cogerlas y poder comer algo más que pan duro y mondas de patatas o lentejas “con bichos”.

Con dieciocho años se marchó voluntario a la Legión, según él me contaba, para “quitar” una boca que alimentar en su casa, aunque hay algunas versiones que lo relacionan con uno de sus primeros líos de faldas, en concreto con una secretaria de los estudios de cine CEA, donde trabajaba, que parece que era algo más que secretaria de uno de los jefazos del negocio.

Luego vivió en Asturias, después en Suiza y terminó instalándose en Francia. Allí conoció a una española, mayor que él y divorciada de un francés, que había llegado desde su Navarra natal con dos o tres años y que tenía un hijo de mi edad, mi primo Lionel. Ella tenía un puesto de flores callejero y vivía en la parte más antigua de Burdeos, cerca del puerto. Mi tío vivió con ella muchos años, hasta que Marineta murió…, y ahí empezó también su propio final. Durante mucho tiempo tuve mis dudas, no era una mujer atractiva y él siempre tuvo un éxito tremendo con las mujeres, pero ahora estoy seguro de que la quiso con toda la fuerza y la pasión de que era capaz…, y era mucha.

Para mi fue siempre, sin duda, mi tío favorito y me gusta pensar que el sentimiento era mutuo. Uno de los temas de los que hablamos muchas veces, fue de la posibilidad de escribir un libro con la historia de nuestra familia, aunque él sería el protagonista principal, por supuesto. Decía que cuando se retirara, compraría un pequeño bar en algún lugar cálido de la costa española y que, por las tardes, nos sentaríamos él y yo en la terraza, con unos gin tonics y una grabadora y me iría contando todos sus recuerdos sobre historias familiares, mientras nos fumábamos un par de “cigarritos de la risa” de su propia cosecha, para que yo los recogiera y los contara en un libro que, eso sí, ya tenía pensado el título, se llamaría “Historias de un pobre Chato”.

Nunca lo hicimos, desde luego, entre otras cosas porque él nunca volvió más que en vacaciones, y en sus últimos…, quizás dieciocho o veinte años de vida, solo una vez, para resolver un problema de una herencia y visitar a la familia, sobre todo a mi madre, que padecía ya un Alzheimer bastante avanzado. Tal vez la misma razón por la que viajé yo a Burdeos pocos meses antes de su fallecimiento, para despedirme, charlando y riendo con él por última vez, de una persona a la que debo muchas cosas…, incluido un libro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.