Escrito durante la travesía en barco entre Colonia, en Uruguay, y Buenos Aires, el día 1-4-2016.

¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón (Fito Páez)

Hacía ya muchos años que le había ocurrido pero nunca pensó que volvería a pasar. Le costaba recordar. Había reinventado tantas veces su vida que ahora no estaba seguro de cómo habían sucedido en realidad las cosas. Pero aquella jovencita le miraba, con cierto disimulo pero le miraba, estaba seguro. Y era igual, exactamente igual a ella. Naturalmente no era tan estúpido como para pensar que se interesaba por él, por el actual Mario, si lo hacía tenía que ser por algo relacionado con el pasado, estaba convencido. Y esos ojos, esa nariz, la mirada… Por un momento pensó que todo eran alucinaciones, quizás producto de tantas horas sin dormir, tanto café y tabaco consumidos para terminar el dichoso libro, sin éxito además. Por eso, desesperado, había decidido aquella tarde tomar una copa y, no sabiendo dónde ir, perdida la costumbre de salir, había decidido tomar algo en aquel veterano pub que hacía años perteneció a alguno de sus amigos. Allí le había ocurrido, sentado en el mismo lugar, con la misma copa delante de él en la pequeña mesa de mimbre y cristal. Pero la vez anterior no había sido exactamente igual, si era capaz de recordar correctamente. La única relación entre ambos momentos era ella. Un ligero escalofrío le recorrió al pensarlo: “¿Su madre?”, no podía ser, ella tenía dos hijas, él las conocía, y eran mayores. Además se parecían muy poco a ella, apenas un ligero aire de familia, y esta jovencita era igual que él la recordaba, cuando la conoció treinta y cinco años atrás.

Había entrado al pub ese día como tantos otros, ya que en aquella época era un lugar habitual de reunión para muchos de sus amigos. Cuando estaba empezando su copa, se acercó un compañero de trabajo que le dijo: “Tengo una cosa buenísima, seguro que no la has probado nunca, es aceite de hasch”. Desde luego no tenía ni idea, aunque la verdad es que su experiencia con las drogas era bastante limitada. Para él estaba claro desde hacía tiempo que no era un camino a recorrer, aunque tampoco dejaba pasar un canuto si se lo ofrecían, pero sin pasar de ahí. “Y ¿cómo se usa, se bebe?”, su colega se rió: “¿Qué dices, tronco? Se unta en el papel de un truja y se fuma”. Bueno, si era cosa de fumar no podía ser muy heavy. Así que salieron a la calle, respetaban escrupulosamente lo de no tomar drogas dentro de los locales, una costumbre negociada por los propietarios de la zona para evitar problemas, y su compañero sacó un frasquito como los de esencia de perfume, lo abrió, mojó, es un decir, un alfiler en el aceite y lo pasó por el papel de un Fortuna que quedó marcado con algunas líneas marrones. La verdad es que le pareció que aquello no podía tener mucho efecto, pero cuando dio la primera calada, sintió que el humo que metía en sus pulmones iba bien cargado, mas que con la habitual “china” mezclada con tabaco. “¡Coño, sí que pega!”. “Ya te digo, tronco”. Terminaron el cigarro y, con aquella sensación conocida pero más intensa, mezcla de ligero mareo y cierta euforia, entraron de nuevo al local y volvió a sentarse en la mesa donde tenía su copa. “¿Qué tal?”, le preguntó Juan, que nunca fumaba más que tabaco y poco. “Muy bien, más fuerte de lo habitual pero muy bien”. El otro siguió con la conversación que había interrumpido para preguntar, estaba en los primeros escarceos con una nueva novia y eso absorbía todo su interés. Él bebió un trago de su copa, se recostó en los cojines del asiento, miró distraído a la mesa de enfrente y entonces la vio.

Ella le miraba fijamente, como si le conociera. Estaba con otra chica y tres hombres en la mesa, tomando una copa similar a la suya, la especialidad de la casa. Cuando pestañeó, ella hablaba animadamente con sus compañeros de mesa y no le miraba en absoluto. Entonces ocurrió: como si en la pared de enfrente proyectarán una película a toda velocidad, se vio perfectamente mientras caminaba junto a ella, charlando y riendo, corriendo bajo la lluvia, en una mesa de un bar tomando dos jarras de cerveza, mirando por encima de su hombro mientras ella escribía a toda velocidad a máquina, besándose con fuerza en un portal, tumbados en un parque y en muchas otras situaciones que no pudo recordar después. Nunca supo cuanto había durado aquello ni qué cara había puesto mientras ocurría. Cuando volvió a la realidad, ella seguía su conversación y no le miraba en absoluto, mientras Juan continuaba su labor con su novia. Aparentemente nadie se había dado cuenta de nada y el episodio debía de haber durado pocos segundos. Bebió de nuevo, desconcertado, y decidió marcharse a su casa. Terminó de apurar la copa, se despidió y se marchó… Ella ni siquiera hizo el menor gesto hacia él.

Pero después de más de treinta años y de que todo aquello que él había ¿presentido?, en un extraño momento, hubiera sucedido realmente entre los dos en aquella difícil relación intermitente y apasionada que hacía pocos años había terminado definitivamente, aquella joven… ¡¡¿Dónde estaba!? ¿Se había marchado?!! No podía ser, ¡¡tenía que hablar con ella!! Salió a toda velocidad a la calle ante la sorprendida mirada del camarero y de algunos clientes pero no la vió. Corrió hasta la cercana bocacalle y miró a derecha e izquierda pero nada. Enfadado consigo mismo, otra vez su típica falta de reacción, sus miedos, su ensimismamiento absurdo, volvió al pub con una terrible sensación de vacío en la boca el estómago, pagó su copa y salió a la calle. Fito Páez desgranaba una canción en uno de los pub vecinos que tenía la puerta abierta. La había oído muchas veces pero esta vez la escuchó. La escuchó varias veces en su casa, en YouTube, poco después. Debió ser lo último que escuchó en aquella noche de abril, a quince días de su cumpleaños. Lo encontraron al día siguiente sentado ante el ordenador. En la pantalla, un nombre se repetía cientos de veces, un nombre de mujer. Fito seguía sonando en bucle. No siempre los mensajes que pretenden ser de esperanza lo son, ¿o sí?

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