No es quizás la más bonita, la de Santa Fe era “mejor” casa, pero sin duda es la más impactante para mí, y es imposible, por agradable que sea el piso de Buenos Aires, que parece serlo, que me guste más que esta casa en La Barra, un balneario “creado” por argentinos en Uruguay, cerca de Punta del Este, uno de los lugares de veraneo preferidos por los bonaerenses que pueden permitírselo, que no son todos, desde luego. La llegada tuvo su sorpresa, porque la casa no es de quien la anuncia en Airbnb, ya lo contaré, pero su dueña, Rosario, una porteña de San Isidro, más o menos como La Moraleja de Madrid, que ha vivido en la Patagonia y que ha levantado la casa desde cero, ha sido una “patrona” excelente, muy amable, buena conversadora y hasta me ha facilitado algún contacto que puede ser de interés en Buenos Aires.

Mi parada en Punta del Este tenía dos objetivos: ver si estaba equivocado cuando en
mis planes iniciales para la jubilación había “escogido” este lugar para pasar más o menos la mitad del año, me habían dicho que no me iba a gustar y que era un poco como los lugares típicos de turistas de nuestra costa, y descansar un par de días de todo el viaje que llevo a mis espaldas en un lugar tranquilo, con mar, playa y, con suerte, sol. Bueno, pues afortunadamente he podido cumplir los dos con nota. Desde luego, ya quisiéramos que Benidorm, Salou, Cullera y tantos pueblos turísticos españoles fueran como Punta del Este, en cuanto al porcentaje de edificios altos, hoteles y apartamentos, y en cuanto al estado de las playas. Pero sí, los hay y como en cualquier otro lugar no son la perspectiva más agradable. Aunque también hay, bastantes más, edificios de tres o cuatro alturas e incluso casas individuales de buen nivel, por cierto, si a alguien le interesa, incorporo una foto de una que se vende. En cuanto al “personal”, obviamente, una vez pasada la Semana Santa, esto queda tan vacío como cualquier otro lugar semejante. Jubilados de distintos países, muchos comercios y negocios hosteleros cerrados y precios altos. Pero como entre mis ideas no estaba alquilarme un piso en un edificio de 20 plantas, ni siquiera vivir en la propia Punta del Este como tal aunque fuera medio año, una vez visto me fui a conocer lo que yo quería, los alrededores, sobre todo la zona al norte del complejo veraniego, donde se encuentra mi alojamiento.

Y claro, no tiene nada que ver. No se puede decir que sea muy distinto de algunas zonas de urbanizaciones más o menos lujosas que hay en España o en otros lugares, todo muy cuidado, con buen gusto en general para los edificios, un mar espléndido, y una “segunda fila”, por decirlo de alguna manera, bastante más interesante, con mucha madera, parcelas amplias y casas menos espectaculares pero muy agradables. Como el día siguiente a mi llegada amaneció con un sol espléndido y muy buena temperatura, decidí recorrer la zona de La Barra y el pueblo siguiente en dirección Norte, Manantiales, por un camino que bordea una playa casi continua, con tramos de pasarelas de madera y otros junto a la carretera, pero con amplitud suficiente para recorrerlos andando o en bicicleta. El recorrido fue un disfrute total y me sirvió para dos cosas, gozar del entorno y reafirmarme en mi idea de vivir cerca del mar. Manantiales es un lugar parecido a La Barra, quizás más pequeño pero también más estiloso, con alguna urbanización interesante y una panadería/café para quedarse a vivir, con una terraza debajo de un árbol de sombra fresca y suficiente para media docena de mesas: La Luna. La vuelta la hice andando por la playa, por la arena, mojándome los pies de vez en cuando y echando de menos haberme traído algún traje de baño, porque el agua estaba fría pero muy apetecible, sobre todo en un día de calor como fue ayer, aunque la brisa lo hacía más llevadero. Y como no estamos en Formentera, pues no me bañé, por cierto, supongo que serán los últimos días, pero había “guardavidas” como los llaman aquí cada pocos metros. Por la noche, Rosario había quedado con unos tíos suyos para hablar de un próximo viaje que van a hacer juntos por Europa y me invitó a cenar con ellos en un piso que tienen en primera línea de playa en Punta del Este. Naturalmente acepté, compré una botella de Malbec de Mendoza para la ocasión y la verdad es que pasamos unas horas muy agradables hablando de España, de Argentina y, sobe todo, de viajes. No se puede pedir más para rematar dos meses que han constituido una experiencia difícil de superar. Ahora empieza otro viaje, uno que he querido hacer desde que tengo uso de razón, yo creo: Buenos Aires. Allá voy.

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