Aunque me quejo, por supuesto, solo faltaba… Pero ayer he colgado en Facebook un comentario de mi amigo Fernando Barbero sobre las Jornadas Libertarias de Barcelona de 1977 y me ha hecho reflexionar un poco. Han pasado exactamente cuarenta años, que además se han cumplido en estos días, y nosotros salíamos de una dictadura de esa misma duración, aproximadamente, ya que Franco había muerto en noviembre del 75 y el gobierno de Arias Navarro, fiel continuación del Régimen, había terminado en julio del 76.

Todavía no se habían retirado aquellos ingenuos carteles de la primera campaña electoral que había concluido con las elecciones de junio y ya estábamos montando unas Jornadas de debate, de debate abierto, sobre el análisis del pasado, del presente y del futuro del movimiento libertario. Naturalmente, el lugar tenía que ser Barcelona por muchas razones, empezando por las históricas y terminando porque la vida cultural española, en aquel momento, pasaba casi exclusivamente por esa ciudad, con algún atisbo en Sevilla, en Vigo o incluso en Madrid, pero nada que ver con la fuerza de la ciudad mediterránea. Por supuesto, la revista Ajoblanco y su equipo, coordinado por su director Pepe Ribes, tuvieron una gran importancia en la organización de los actos. También la que en aquel momento parecía imparable CNT, y muchos de los Ateneos libertarios de la ciudad, además de los grupos anarquistas que aún estaban en el exilio.

Durante las jornadas tuvimos debates sobre Cultura, con un excelente minifestival de Cine, Política, Economía, Educación, Ecologismo…, y como no, Música. Los debates se realizaron en el Saló Diana, en el Carrer San Pau, en el Carrer Nou de La Rambla… Se calcula que participarían en los actos unas 600.000 personas, la mayoría jóvenes. Entre ellos estaban Rafael Poch, Andrés Grima, Francesc Bellmunt o Luis Andrés Edo. También participaron personajes de la cultura española, como Mario Gas, Carlos Lucena, Fernando Fernán Gómez o Emma Cohen y algunos intelectuales y políticos extranjeros, como Daniel Cohn-Bendit (Danny El Rojo), uno de los protagonistas del mayo francés. En las jornadas musicales actuaron artistas como Jaume Sisa o Pau Riba, desde última hora de la tarde hasta el amanecer, en el Parque Güel, esa maravilla urbanístico-escultural que debemos al incomparable genio de Antoni Gaudí.

Habíamos viajado varios compañeros de la CNT de Banca madrileña y teníamos donde alojarnos, pero desde la primera noche yo decidí dormir en un saco al aire libre en el mismo parque, junto con otros cientos de jóvenes de todo el mundo que abarrotaron la ciudad en esos días. Recuerdo un momento en el que estábamos tomando unas cervezas en una terraza de las Ramblas, era por la tarde, yo llevaba mi sempiterno sombrero negro de la época y, también como era habitual, vestía totalmente de ese color. Justo a mi espalda, sentados en otra mesa con otros participantes, estaban Dany el Rojo y Gualberto, el fantástico guitarrista de Smash, la banda sevillana, que era además un virtuoso, o a mi me lo parecía, del sitar. Mire a mi amigo Juanma que discutía acaloradamente con otro compañero sobre la estrategia a seguir por el sindicato y en ese momento cerré los ojos, eché atrás mi cabeza y no pude reprimir las lágrimas.

Me vinieron muchas cosas a la cabeza, desde mis anteriores viajes al extranjero para ver cine, comprar libros y poder escuchar una música que no llegaban a nuestro país por culpa de la dictadura, a mi padre con su recién recuperado carnet del sindicato que le había llevado unas semanas antes y la emoción con que lo recibió y el abrazo más fuerte que me dió nunca o a mi hijo sobre mis hombros en el primer mitin de la CNT tras la Guerra Civil, en la Plaza de Toros de San Sebastián de los Reyes, gritando con el puño en alto “Amitia, Billetá”, su interpretación infantil de aquel “Amnistía, Libertad” que se había convertido en el grito de guerra del postfranquismo.

Podría contar cientos de anécdotas de aquellos días de lo que se llamó “el último verano de la anarquía”, y quizás lo haga en otro momento. Por ahora solo diré que después de haber vivido todo aquello, aunque al final consiguiéramos muy poco de todo por lo que luchábamos, realmente mereció la pena. No, no me puedo quejar.

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