Hoy hemos incinerado a mi tía Angelita, casada con un hermano de mi madre que falleció hace ya tiempo. De mis tíos directos, de hecho solo tengo la seguridad de que sigue resistiendo, mejor que peor, la hermana pequeña de mi madre, porque del único hermano de mi padre no sé nada desde hace muchos años, las tres hermanas también fallecieron. Entre las dos familias eran doce, que se dice pronto, pero nada extraordinario en esos tiempos. Lo que sí fue extraordinario fue la época en que les tocó vivir, con las diferencias que las distintas edades suponen a la hora de asumir una guerra civil y una terrible posguerra. Solo mi padre y el mayor de los hermanos de mi madre, ella era la segunda de siete, tuvieron participación directa en la tremenda salvajada que supuso el conflicto, aunque todos lo vivieron directamente puesto que pasaron la guerra en Madrid.

En las dos familias se dió la circunstancia de la muerte de uno de mis abuelos nada más acabar, mi abuelo paterno y mi abuela materna. Y todos vivieron una posguerra tremenda, llena de dificultades, de carencias y con el estigma de haber pertenecido al bando de los perdedores. Mi hermana y yo, de niños, nos reíamos cuando veíamos las fotos de los años cuarenta y cincuenta, que guardo como oro en paño, porque parecía que acababan de salir de Auschwitz o Mauthausen, por la extrema delgadez de todos ellos, de hecho tenían mucha mejor imagen en la cuarentena que en su juventud. No obstante fueron capaces de superar las dificultades, con mucho trabajo, eso sí, y con un grado de solidaridad entre ellos, al menos entre la mayoría de ellos, realmente admirable.

Alguno tuvo una existencia que, por sí sola, serviría para escribir un libro, otros vivieron una vida más convencional, pero todos tenían historias para contar y no parar. Algunos vivieron la emigración, los que participaron en la guerra tuvieron que cumplir después un Servicio Militar de tres años, la escolarización de todos ellos fue mínima, sobre todo la de los mayores, incluso alguno tuvo que pasar un tiempo en una residencia de Auxilio Social, la Beneficencia de la posguerra.

Yo creo sinceramente que fueron, cada uno a su modo, verdaderos héroes, en el sentido que la Academia da a la palabra: “Persona que se distingue por haber realizado una hazaña extraordinaria, especialmente si requiere mucho valor.”  Ya sé que resulta imposible compensar a todos los que vivieron aquella época, muchos de ellos, como he dicho, ya no están con nosotros, y no me refiero, obviamente, solo a mi familia. Pero me duele profundamente el olvido de la Sociedad, sobre todo de la actual, y no hablo de las autoridades porque de esos no espero nada. Pero los que andamos por los cincuentay o sesentay, creo sinceramente que no tenemos derecho a olvidarlos. Tampoco los más jóvenes, aunque eso sí que depende de nosotros.

Todas las épocas, por supuesto, han tenido sus dificultades para los ciudadanos de a pié, para los trabajadores, para los que no hemos tenido los recursos que nos hubiera gustado, ahora mismo se da el caso de que muchos de nuestros hijos y de nuestros nietos viven peor que nosotros, o al menos peor de lo que hemos vivido nosotros en algún momento. Y el ejemplo de todas estas personas que tuvieron la desgracia de vivir aquellos terribles años es un ejemplo que no me parece despreciable. Y por supuesto, no a modo de resignación o de quedarse a esperar que las cosas mejoren o a que nos las resuelvan desde las instancias de la Administración. Ni siquiera me lo planteo como un problema político, de a quién se vota o se deja de votar o de una Revolución, al menos en el sentido clásico.

Cuanto más pienso en ello más me parece que el verdadero ejemplo de esa generación, de la generación de mis padres es el de la Solidaridad, el de la capacidad para organizarse a pesar de las dificultades y sacar sus vidas adelante al margen de una situación política y social que, desde luego, no les favorecía en absoluto. Ese Apoyo Mutuo, esa capacidad para la Acción Directa, que no se trata de poner bombas, como algunas mentes obtusas suponen, sino de actuar por encima y al margen de las circunstancias desfavorables para llevar adelante proyectos solidarios de cooperación, de compartir los recursos en lugar de caer en la obsesión por la competencia, por pisar al otro, por el éxito que solo lleva a una vida que no es vida, porque no está orientada a las necesidades del ser humano sino de las clases dirigentes, a quienes importa muy poco si ves a tus hijos a diario o no, si tienes tiempo y ganas de jugar con ellos, si puedes compartir una cerveza y un rato de conversación con los amigos o si te puedes permitir unos pocos días de vacaciones y, lo que es peor, si tu sueldo te llega para poder hacer tres comidas diarias y pagar el recibo de la luz.

Hoy, cuando la he visto en el crematorio, mi prima Caro, unos meses menor que yo, me ha dicho: “Cada día te pareces más a tu padre”. Ya sé en qué sentido lo ha dicho, pero yo quiero tomarlo en el de la personalidad y el carácter, y os juro que no hay nada en el mundo que me pueda llenar más de orgullo que eso.

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