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Estoy pasando unos días en un pueblo de Castellón muy cerca del lugar donde pasé todas mis vacaciones infantiles y adolescentes, Benicarló, a unos pocos kilómetros de aquí. No es el pueblo más bonito ni más atrayente de la zona, ni siquiera tiene una playa especialmente atractiva, aunque es verdad que muy apropiada para los niños. La principal razón por la que veníamos es que, a falta de recursos para otra cosa, en este pueblo vivía un primo de mi madre, Eugenio, cuya más que interesante historia contaré en otro momento, y nos alojábamos en su casa, y cuando no cabíamos todos, mis padres dormían en una fonda familiar situada a unos veinte metros, muy económica.

La primera vez, de la que no tengo apenas recuerdos, alguna imagen fugaz tal vez, yo tenía tres años, pero a partir de ese verano, volvimos sin faltar uno hasta mis diecisiete. Me llevó mi tía, la hermana pequeña de mi madre que aún no tenía hijos y podía viajar practicamente gratis en el tren porque su marido era ferroviario. La razón, o la excusa fue una enfermedad infantil de mi hermana, creo que paperas o tosferina, no recuerdo bien, en un intento de que no me contagiara a mí. En aquellos años, 1956, la sanidad no era lo que es hoy, evidentemente. Eugenio y Santos, su mujer, a pesar de que la única relación que mantenían con mi familia desde la Guerra Civil era por carta, exceptuando su viaje de novios a Madrid donde se alojaron en casa de mis padres, nos trataron maravillosamente, lo mismo que todas las veces que volvimos después.

Así que, al año siguiente, a mediados de agosto, ya que mi padre entonces solo tenía quince días de vacaciones, emprendimos, ya los cuatro, lo que suponía una auténtica odisea para llegar hasta allí. De Madrid a Valencia se viajaba de noche, y había que estar horas antes en la estación porque en aquella época Renfe vendía muchos más billetes que asientos tenía el convoy, con lo que si no estabas listo te podía tocar pasar el viaje en un pasillo de aquellos vagones que se dividían en compartimentos para ocho personas y que abarrotábamos los aventureros buscadores de sol y playa. Se llegaba a Valencia a primera hora de la mañana, y el tren para el Norte, no recuerdo si llegaba a Tarragona o a Barcelona, salía sobre las siete de la tarde, de manera que había que pasar el día en Valencia. Lo habitual, después de dejar las maletas en la consigna de la estación, era pasar el día en la playa, en la Malvarrosa, porque el calor en aquella época era sofocante. Aprovechábamos también para comernos una paella en alguno de los restaurantes de la zona y hacíamos tiempo para volver a la estación, a meternos en un vagón con bancos de madera y respaldos del mismo material a soportar las cuatro horas más o menos que duraba esta segunda etapa del viaje.

Cuando por fin llegábamos, nos subíamos a un carro tirado por una mula o un caballo, no recuerdo, para recorrer el paseo que llevaba desde la estación al pueblo, un paseo que después recorrí mil veces, bordeado de grandes árboles que cruzaban sus ramas en el centro formando un hermoso túnel vegetal. Muchos de ellos eran unos algarrobos enormes de los que luego, cuando ya fuí un experto veraneante y recorría el pueblo y sus alrededores en bicicleta con un sobrino de Santos, Juan Antonio, que tenía mi edad, nos comíamos las vainas que caían al suelo, bueno, más bien lo que podíamos aprovechar de ellas porque solían estar bastante secas, y que era muy dulce, aunque tenía efectos intestinales poco deseables. Mi madre me regañaba si me veía comerlas porque conocía los efectos y porque después de la Guerra Civil, durante los “años del hambre” era una de las pocas cosas que podían comer, ya que era algo que solo se daba a los animales y la gente de los pueblos de los alrededores de Madrid no le daban valor. Según me contaba, algunas veces cocían las vainas para hacer una especie de café? Lógicamente odiaba las dichosas algarrobas.

Este tipo de viaje tuvimos que realizarlo varios años, aunque a partir del primero solíamos viajar mi hermana, mi madre y yo a primeros de agosto y mi padre se nos unía hacia mediados de mes. Recuerdo lo maravilloso que nos pareció cuando, al cabo de unos años, pudimos viajar desde Madrid en autobús “de línea” directamente a Benicarló, con alguna parada intermedia pero sin dejar el autobús, en una compañía que no sé si sigue existiendo, Auto-Res. Aquello nos parecía el colmo de la modernidad, porque “solo” tardábamos nueve o diez horas y viajábamos de día.

Como es lógico, en todos esos años ocurrieron anécdotas de todos los gustos. Recuerdo mi amistad con el hijo del director, en aquella época, del Colegio de San Ildefonso, el de los niños que cantan la lotería en Navidad. Los niños se alojaban por grupos en una Residencia de estudiantes y centro escolar que, lógicamente, estaba vacío en vacaciones. Viajaban en cuatro turnos quincenales durante julio y agosto, pero el director y su familia pasaban los dos meses allí. Tenían una zona reservada en la playa, marcada por cuatro palos y una techumbre de caña, y se bañaban a golpe de silbato, con la obligación de volver al “refugio” inmediatamente de salir del mar y controlar que no hubiera habido ningún accidente. A mí me parecía que los niños eran realmente felices allí. Como el Centro tenía un amplio solar alrededor del edificio que incluía un campo de fútbol, yo jugaba con ellos casi todas las tardes, pero a mi amigo Ramón no le dejaban sus padres hacer “vida propia” en el pueblo, por lo que solo nos veíamos en la playa y durante los partidos.

Pero como ya he dicho, estaba Juan Antonio, al que no veía por las mañanas, porque él era hijo de pescador y ellos no iban a la playa, supongo que lo considerarían cosa de forasteros, pero con quien, yo calculo que desde los ocho o nueve años ya me juntaba para recorrer en bicicleta el pueblo y sus alrededores, robar almendrucos, que rompíamos con piedras para comernos las almendras crudas, sandías, que nos comíamos calientes porque no nos atrevíamos a llevarlas a casa, hay que tener en cuenta que Eugenio era agricultor y no le habría gustado mucho esta “afición” nuestra, melones, higos y todo lo que se ponía a tiro.

“Mi primo”, siempre le llamé así aunque en realidad lo era de mi madre, fue el primero en el pueblo en comprar un tractor y trabajaba labrando las fincas de los demás y cobrando por horas, y Santos trabajaba todas las mañanas en la huerta de la familia, fue la primera mujer a la que vi conducir un coche, pero siempre estaba en casa con la comida preparada cuando llegábamos de la playa todos los días sobre las dos y media. El camino era largo, o a mí me lo parecía, y a mitad de él, mi padre siempre nos compraba un helado, un “mantecado de cucurucho”, como decían ellos, en el puesto ambulante de Pepito, que recorría el pueblo durante todo el día con su carro de helados pero que a mediodía se instalaba en medio del paseo de la playa por donde pasábamos casi todos los veraneantes. Con el tiempo, llegó a tener tres o cuatro heladerías en el pueblo, pero de vez en cuando, seguía cogiendo su carrito blanco con toldo de rayas rojas y blancas y se daba una vuelta por el pueblo vendiendo sus mantecados.

Los domingos solíamos juntarnos todos, incluidos algún familiar de Santos o algún amigo de Eugenio (también tuvo a su padre viviendo con él muchos años, pero este si que es un personaje que merece un capítulo aparte), sobre todo uno al que gustaba mucho la copla española, no recuerdo el nombre. Mi primo también cantaba muy bien, y juntos cantaban a dúo las, entonces, famosas canciones de pepe Blanco y Carmen Morell, una especie de Pimpinella de la copla española de la época, que todos nos sabíamos por oírlas en la radio. También íbamos a Peñíscola, el pueblo de al lado y visitábamos el famoso castillo del Papa Luna, donde se rodó la película de El Cid, protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren, o al pueblo donde estoy ahora Alcossebre, a la playa de Las fuentes, un lugar entonces paradisíaco, junto al Parque Natural de la Sierra de Irta, donde en la propia arena de la playa e incluso dentro del agua del mar nacían manantiales de agua dulce que a veces, por la fuerza del agua, sobresalían por encima de la superficie del agua salada. Lamentablemente hoy está lleno de edificios de apartamentos y hoteles y, aunque no es de los sitios peores del Mediterráneo, ni mucho menos, tiene poco que ver con aquella maravilla virgen y completamente natural que conocí de niño.

Eugenio y Santos tuvieron dos hijos, Eugenio e Inma, a los que tengo mucho cariño, y que todos los veranos, a pesar de ser del pueblo y desde muy pequeños, venían con nosotros a la playa todas las mañanas, lo que supongo era también un alivio para las tareas de su madre, porque el verano es una época de trabajo duro en las huertas. Desde muy pequeños vimos que eran totalmente diferentes, el niño se comportaba con mucha formalidad, casi de adulto, mientras ella era un auténtico torbellino. Cuando salíamos de casa, su madre siempre le decía: “Eugenio fe atenció de la chiqueta” (no sé si lo escribo bien). Y el niño cumplía como un adulto, pero lo curioso es que la pequeña, aunque protestaba y pataleaba, le hacía caso siempre. Ella solía adelantarse corriendo por el paseo pero cuando él pensaba que ya estaba suficientemente lejos no tenía más que decir:”¡Inma!”, y ella se paraba automáticamente, protestando pero se paraba. Lo mismo a la hora de entrar y salir del agua, en la playa. Mis padres lo comentaban siempre, realmente llamaba la atención. Eso sí, a la vuelta, como sabía que la esperaba el helado, era más difícil controlarla hasta que lo tenía en su mano.

Hay muchas anécdotas que podría contar de mis veranos en Benicarló y sobre mi familia de allá. Las fiestas del pueblo, los “correcalles” de las tracas, mis primeros bailes, mi primera discoteca, el primer beso en la boca, el primer ligue con “una francesa”, mi primera complicación amorosa entre la fidelidad a mi “novia” de Madrid y la atracción por una “niña bien” de Barcelona… Después volví otras veces, ya casado y con hijos, de hecho, mi hijo cumplió allí sus primeros quince días de vida. Volví a correr delante de las vaquillas, con algún susto incluido, a participar en los “patos al agua”, cuando los patos eran de verdad y no de goma, como ahora, pero , ya no era lo mismo. Mi familia seguía igual de encantadora, evolucionando sus vidas, como yo, pero la infancia y la adolescencia ya habían pasado. Y cuando mis padres murieron, algo antes quizás, se perdió también aquella maravillosa costumbre de escribir cartas y mantener el contacto. Es verdad que están los teléfonos y hoy otras muchas formas de comunicación, pero han tenido que pasar más de veinte años para compartir contacto de nuevo, ahora por los medios actuales.

Porque sí, ayer volví a Benicarló después de tantos años. Realmente, tengo que decir que fue como si no hubiera dejado nunca de ir en vacaciones, el cariño es el mismo y ellos al menos no han cambiado tanto, solo que ahora la conversación va sobre los hijos y los nietos. Pero el recibimiento fue como esperaba, caluroso, cariñoso y acogedor. Solo hay una diferencia, pero una muy grande. Mi primo Eugenio ya no está con nosotros. Falleció hace nueve días. ¡Nueve días! Me cuesta pensar que no fui a verles el año pasado o el anterior… o simplemente hace un mes. Pero hay algo que tengo claro, no sé que tiene que pasar para que no vuelva todos los años aunque solo sea a compartir una paella en la huerta. ¡Por éstas!

 

 

 

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