Desde la primera vez que leyó Trópico de Cáncer había soñado con vivir en París. Por supuesto era consciente de que ya no estaba en los años treinta y la bohemia, como la nostalgia, estaba pasada de moda. Tampoco tenía treinta años, como Miller, ni una mujer llamada June capaz de acostarse al mismo tiempo con él y con alguna Anaïs Nin que, además, nunca iba a aparecer. Tenía más de sesenta años y, eso sí, la libertad de no depender ya de un trabajo con un horario que cumplir. Ni siquiera escribía pensando en publicar y menos aún en vivir alguna historia de amour fou que le inspirara poemas o relatos que pudieran tener algún tipo de interés que no fuera el suyo propio. 

Había viajado bastante durante toda su vida y, especialmente, en los últimos años, pero recordaba como si fuera ayer la primera vez que pisó las calles de la ciudad, cuarenta y cinco años atrás, cuando salió del metro en L’Etoile, la estación que daba a L’Arc du Triomphe, y le sorprendieron aquellas decenas de “dos caballos” botando sobre los adoquines de la plaza como una manada de pequeños antílopes grises con el techo redondo, de lona la mayoría, y un tráfico que era imposible de ver entonces en aquel Madrid, aún más gris, del que había salido en sus primeras vacaciones pagadas buscando el aire fresco de una Europa libre y tan lejana en aquel momento. 

Recordaba aquellas primeras impresiones de los grandes boulevards, de las tiendas de una ropa que, hasta entonces, solo había visto en el cine, llena de color y de elegancia. De aquellos edificios que le recordaban al barrio de Salamanca pero multiplicado por infinito, casi sin límites, y con los tejados de pizarra negra de los elegantes edificios coronados por esas chimeneas tan características. Los cines donde se exhibían muchas de las películas prohibidas en su país, las librerías, enormes y abundantes, con libros en español de editoriales latinoamericanas o de la propia Francia, a los que solo había tenido acceso hasta entonces de forma clandestina. El Sena, un río “de verdad”, y los vendedores de libros antiguos, litografías y cuadros que abarrotaban sus orillas. Y L’Ile Saint Louis, cerca de la catedral de Nôtre Dame, con sus calles estrechas y limpias, adoquinadas, en la que proliferaban los bistrots y de la que se enamoró inmediatamente. Tanto que se había prometido a sí mismo que si alguna vez vivía en París tenía que ser en ese lugar.

Y allí estaba, en una pequeña buhardilla de menos de veinte metros cuadrados que costaba casi como una habitación del Ritz. Sus recursos no daban para tanto, pero había pensado que, al menos, se podría dar el gusto de pasar allí cuatro o cinco meses aunque, si decidía quedarse, tendría que buscar un alojamiento en algún lugar más económico. Vivía en una pequeña calle, la Rue Budé, en un quinto piso sin ascensor al que se accedía por una estrecha escalera de madera recién reformada. La buhardilla tenía un gran ventanal que daba a un patio interior suficientemente amplio para que la luz llenara toda la estancia. Porque eso era todo, una sola habitación con una pequeña cocina en un rincón y un baño mínimo tras la única puerta interior de la vivienda. Lo justo para la cama, un pequeño sofá, una mesa de comedor con dos sillas y un escritorio, además de un mueble con ruedas para la televisión y una biblioteca empotrada frente a la cama a continuación de un armario, también empotrado que, juntos, ocupaban por completo una de las paredes. 

El piso lo había contratado a través de una agencia de alojamientos turísticos con la que había contactado a través de internet, y era propiedad de una mujer francesa, nieta de españoles refugiados en Francia al terminar la Guerra Civil y a quien todavía no conocía personalmente, pero había hablado por teléfono con ella, que manejaba un español perfecto aunque con un ligero acento que no fué capaz de reconocer, y parecía encantada de tener en su casa a un compatriota de sus abuelos, aunque la conversación había sido corta. Habían quedado en verse cuando estuviera ya instalado, sin embargo habían pasado más de dos semanas y no había sabido nada de ella en ese tiempo. Un tiempo que había dedicado a pasear por sus lugares favoritos, aquella lejana primera vez no era la única en que había visitado la ciudad, y aprovechado para poner un poco al día su francés, un tanto oxidado con los años.

Era una mañana de viernes a finales de junio, con un tiempo nublado, como era habitual, aunque sin lluvia, y había empezado a escribir un nuevo relato sobre una historia familiar, un asunto recurrente para él, cuando sonó el móvil. Enseguida reconoció la voz que preguntaba por Monsieur Martín. Ella le dijo que empezaba ese día sus vacaciones pero que no saldría de París hasta el lunes o martes siguiente, quería saber si había encontrado todo correcto en el apartamento y le propuso tomar un café el sábado por la tarde para conocerse. Quedaron en el Café de la Paix a las tres de la tarde y se despidió deseándole una jolie estancia en la ciudad. “Para ser francesa suena muy amable”, pensó para arrepentirse inmediatamente de su prejuicios antigabachos. De hecho, el trato, en general, de las personas con las que había tratado hasta ese momento había sido mejor que el que había encontrado en sus anteriores visitas, a pesar de que su acento tenía que delatar necesariamente su origen. Y los franceses, sobre todo los parisinos, daba igual que fueran camareros o dependientes, nunca habían sido precisamente “encantadores” con los españoles. 

Al día siguiente, después de almorzar en un restaurant populaire árabe cerca de su casa, decidió caminar hasta el famoso café cercano a la Ópera. Mientras se dirigía a su cita recordó su última visita a París, hacía ya bastantes años, y una cena en ese mismo lugar que, como toda la ciudad, había cautivado a su pareja de entonces, Carmen, en un viaje para celebrar en la Ciudad Luz un fin de año que resultó, simplemente perfecto. En el fondo había sido una especie de cita con el destino, “una frase un poco cursi”, pensó. Pero era cierto, de alguna manera, porque en su primer viaje, mientras paseaba en aquella fría mañana de marzo, muy temprano, por la avenida George V comiendo unas manzanas que acababa de comprar en un puesto callejero, con su chaquetón militar, sus pantalones de pana negros y sus botas de paracaidista compradas en el Rastro madrileño, había pasado por delante del hotel del mismo nombre y no había podido evitar pararse unos minutos a observar el espectáculo de las parejas y los grupos que salían, ya de día, suponía que de alguna fiesta de la noche anterior, con sus vestidos largos y sus trajes impecables, mientras las limusinas y los coches de lujo se acercaban lentamente a recogerlos frente a la puerta. En aquel momento había pensado: “Alguna vez yo también saldré de un hotel como este, con mi pareja, para que un coche me recoja a la salida de una fiesta”. No había sido exactamente así, pero una limusina les había recogido vestidos de gala, él con smoking y ella con un precioso vestido largo y una capa de terciopelo azul con capucha, para llevarles a cenar en Nochevieja a un bateau mouche, junto al embarcadero de la Tour Eiffel. Recordó especialmente la vuelta al hotel de la Plaçe Vêndome paseando del brazo a orillas del río, mientras la limusina les seguía lentamente unos metros atrás hasta que el frío de la mañana les obligó a entrar en el vehículo.

Cuando estaba ya cerca el Café, se dió cuenta de que no tenía ni idea de como era aquella mujer. Buscó rápidamente su foto en el whatsapp pero solo encontró la imagen de un caniche blanco. Maldijo una vez más la manía que tenía mucha gente de utilizar mascotas en su perfil y se encomendó a que ella le reconociera por el suyo. Luego se tranquilizó pensando que seguramente no habría muchas mujeres solas en la barra, pero ¿y si estaba sentada en alguna mesa?, el sitio era grande y tenía varios salones… En cualquier caso, era la hora y tenía que entrar. Se dirigió a la barra y para su confusión, había tres mujeres sentadas en los altos taburetes del local. “Y para colmo quizás no haya llegado todavía”. Se fijó mejor en ellas y descartó a la más cercana, era latinoamericana, sin duda, quizás colombiana o venezolana, en sus recientes viajes por América del Sur había aprendido a distinguir, más o menos, las diferentes nacionalidades. Así que pasó por delante de ella dudando si preguntar a alguna de las otras o sentarse a esperar. Entonces oyó a sus espaldas: “¿Monsieur Martín?”  Se volvió sorprendido y contestó: “Sí. ¿Es usted Madame Bernat? Disculpe, es que no tenía ninguna imagen suya y…” “Y no esperaba encontrar una venezolana, claro, bueno, medio venezolana”. Y sonrió con una sonrisa perfecta. Él sonrió también y le alargó la mano. “Mejor a la francesa, ¿no?” Y sin dejar de sonreir, bajó del taburete y se besaron tres veces en las mejillas siguiendo el ritual. 

“¿Buscamos una mesa libre?” “Por supuesto, mucho mejor”. No les fue difícil encontrarla, el café estaba bastante concurrido pero había sitio suficiente. Se había puesto la única chaqueta que había llevado al viaje, de pana beige con coderas, una camisa blanca y vaqueros con mocasines negros. Ella llevaba un vestido ajustado, sin mangas y con un discreto escote, con un estampado en tonos azules y blancos que combinaba con una rebeca azul cobalto de la que se desembarazó antes de sentarse. Calzaba unas sandalias negras de tacón fino con las que prácticamente igualaba su altura. Su piel tenía un tono moreno y luminoso, aterciopelado, una bonita figura y unos ojos almendrados y oscuros, en un rostro ovalado, con una boca muy atractiva y un toque de rouge ligero y brillante. Su sonrisa era amplia y con una dentadura perfecta. Estaba en ese punto en que es casi imposible adivinar la edad de algunas mujeres porque lo mismo pueden tener cuarenta que cincuenta sin perder una brizna de su atractivo. No tenía ninguna arruga visible en su rostro excepto alguna mínima en el entorno de los ojos y no parecía llevar ningún tipo de maquillaje, quizás alguna crema hidratante, supuso, pero nada más. 

Un garçon se acercó rápidamente y ella pidió un café noir y él una copa de calvados sin hielo. “Me parece que no es la primera vez que visita Francia”, le dijo, “no es muy habitual pedir un licor tan francés”. “No, no es la primera vez que visito Francia ni París. El calvados lo conocí hace años, en Normandía y desde entonces es uno de mis licores preferidos, especialmente a estas horas, después de comer, aunque no es fácil encontrarlo en España, al menos en un café o un restaurante. Y hablando de otra cosa, ya que somos casi compatriotas, más o menos, ¿podemos tutearnos?” “Claro, me llamo Aura”. “Yo Carlos, encantado”. “Yo también”. Sonrieron y ella preguntó: “¿Y qué le trae…, perdón, qué te trae por aquí. Aparte del placer de visitar esta ciudad, supongo”. “Pues eso en primer lugar, desde luego. Pero hace muchos años que quería pasar un tiempo en París, algo más que las visitas más o menos apresuradas de otras veces. Ahora ya no trabajo, estoy retirado, y por fin me lo puedo permitir”. “Perdona pero no parece que tengas edad de estar en la retraite… Disculpa, no pretendo saber tu edad, solo que me ha sorprendido”. “No te preocupes, pero la verdad es que lo estoy, aunque es cierto que me retiré un poco antes de lo habitual por la crisis económica. Pero tengo casi sesenta y cinco años”, contestó sonriendo y sin poder evitar sentirse halagado. No era una novedad que le hicieran ese comentario, pero siempre era un placer oírlo de labios de una mujer tan atractiva. Ella levantó las cejas en un gesto de sorpresa pero cambió rápidamente de tema.

 

 

 

 

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