Son las 7:50 cuando llego a la estación de Sol. Empiezo a notar la angustia en el estómago. En dos paradas llegaré a Banco, saldré del Metro y entraré en la oficina. Es la sede del Banco Central y ya hace ocho años que trabajo allí. Me asusta pensar que tengo veintiséis y me queda toda una vida por delante en un trabajo que me asquea profundamente. Cuando llego a la estación soy incapaz de salir del vagón. Sigo hasta la siguiente parada, Retiro. Salgo directamente al Parque, el día es claro, primaveral, los árboles ya están cubiertos de hojas y solo unas pocas personas atraviesan andando con prisa las veredas. Es temprano, aún no hay niños jugando ni jubilados sentados en los bancos. En el quiosco, junto a la entrada del Paseo de Carruajes, compro El País. Me siento en la única terraza que veo abierta a esa hora y pido un café con leche y un croissant. Comienzo a hojear el diario. Las principales noticias tratan sobre los debates en el Parlamento elegido recientemente tras la aprobación de la nueva Constitución. Intento interesarme en ellas pero me cuesta. Antes de comprar el periódico, he llamado desde una cabina: “No puedo ir hoy a trabajar, estoy enfermo”. No es la primera vez y la voz del subdirector del departamento ha sonado con cierto fastidio: “Vale, mejórate”. Ni siquiera me ha preguntado qué me pasa, ¿para qué? Sabe perfectamente que es una excusa, una más.

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