Las fotos y vídeos de los niños encerrados y separados de sus padres por las recientes y salvajes normas sobre emigración de la administración Trump en USA, me han hecho recordar algo que me contaba uno de mis tíos, hermano de mi madre, de cuando tenía unos trece años. Obviamente, hay diferencias entre ambas situaciones, pero el fondo de la cuestión es el mismo: independientemente de las razones y los medios empleados, se separa contra su voluntad a muchos menores de sus padres con una justificación que, valga la redundancia, no se justifica de ninguna manera. Al finalizar la guerra civil en España, muchos niños de familias del bando republicano fueron internados en “hogares” regentados por una organización dirigida por la Falange llamada Auxilio Social. El dibujante Carlos Giménez dedicó a esos siniestros lugares su serie Paracuellos. Antes de contar la anécdota familiar quiero referirme a esa institución para quienes no la conozcan o tengan referencias de ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Me quemaban el culo con velas y me restregaban ortigas por mis partes por orinarme en la cama”; “lo que le hice a este señor sé que se llama felación, pero yo entonces no tenía ni idea”; “pensé en suicidarme. Que un niño con 12 años piense en eso es muy duro”. Son algunos testimonios de los centenares de miles de niños y niñas que pasaron gran parte de su infancia, cuando no toda, encerrados en internados y centros de beneficencia durante el franquismo y los primeros años de la democracia. Allí fueron víctimas de palizas, violaciones, trabajo esclavo y vejaciones, en unos centros que el régimen utilizaba para su propaganda. Unas dramáticas experiencias vitales que quedaron sepultadas por el silencio y que recoge el documental Los internados del miedo, realizado por dos de los periodistas que más han documentado la barbarie de la dictadura en España, Montse Armengou y Ricard Belis. (Recogido en la web de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, www.memoriahistorica.org.es)images.jpg

Esta es solo una de las iniciativas realizadas desde hace muchos años para contar como se crearon, como se utilizaron por el régimen franquista y cual fue la realidad de aquellas instituciones cuya puesta en marcha respondía al concepto de caridad desarrollado desde el catolicismo más fanático, combinado con el de culpa hereditaria, que se transmite de padres a hijos. Es decir, los niños y niñas tienen que pagar por las culpas de sus padres porque los lazos de sangre les hacen tan culpables como ellos. En el caso actual, por querer emigrar de forma ilegal a otro país, en el caso de España por situarse en un bando visto por los vencedores como poco menos que demoníaco.images-2 Una especie de exorcismo realizado a los padres, muchos muertos, en sus propios hijos.

Por supuesto se han publicado también muchos libros sobre este tema, algunos por antiguas víctimas de tanta atención, aunque no es el caso del que traigo aquí.  Me refiero a éste de Ángela Cenarro, autora de otros libros sobre esta institución, como La sonrisa de Falange o Auxilio Social en la guerra civil y la posguerra, pero podría poner muchos más.  

Y voy con la historia. Mi familia materna había pasado casi toda la guerra en Madrid, en el barrio de Salamanca, una zona de la ciudad donde nunca se bombardeó, supongo que porque muchas de las viviendas eran de seguidores de los golpistas. Carabanchel fue frente de batalla muy pronto y empezó a sufrir los bombardeos aún antes. En aquella época, como muchos partidarios de Franco habían huido de sus casas en el centro de la ciudad, los sindicatos y las organizaciones sociales republicanas tenían un censo más o menos elaborado de esas viviendas y alojaban en ellas a las personas que se refugiaban allí huyendo de las bombas. La familia de mi madre eran siete hermanos, cinco chicos y dos chicas, el mayor se incorporó como voluntario muy pronto y mi abuelo, demasiado mayor para ser admitido como soldado, trabajaba en la construcción de trincheras y otras defensas. Mi madre, que tenía casi 16 cuando empezó la contienda, trabajó en algunos lugares donde se fabricaban suministros para los soldados pero principalmente ayudaba en casa, al ser la mayor, atendiendo a los pequeños. 

Cuando acabó la guerra, volvieron a Carabanchel y se encontraron con que su casa había volado por los aires y con ella todas las pertenencias que no habían podido salvar en su huida de tres años atrás. Mi abuela falleció ese mismo año y la situación familiar era totalmente desesperada. Mi abuelo empezó a trabajar en su oficio, albañil, con un primo suyo que había colaborado con el bando vencedor y que hizo bastante dinero como constructor adicto al régimen en los siguientes años. No sabemos con exactitud lo ocurrido, pero en un momento dado parece que este familiar le propuso llevar a los pequeños, dada la difícil situación familiar, a las dependencias de Auxilio Social. Mi abuelo no quiso aceptar la propuesta pero a los pocos días apareció en la chabola, que habían podido construir con los restos de su casa, un grupo de policías buscando a los niños menores de catorce años. Mi madre no acepto de ninguna manera que se llevaran a la pequeña, que tenía entonces ocho, así que solo estaban en disposición de llevarse a Antolín de 13 y Saturio de 11, ya que el mayor tuvo que hacer el servicio militar, pasó tres años de mili después de haber tenido que pasar como soldado los tres años de guerra, y los dos que seguían a mi madre ya estaban en edad de trabajar y aportar algo la economía familiar. Nunca hemos sabido si “el primo Carlos” tuvo algo que ver con esto, la verdad es que la redada no fue solo con ellos, sino en toda la calle. Mi abuelo y mi madre se presentaron en el edificio de Auxilio Social en Carabanchel para reclamar a los dos al día siguiente de que se los llevaran, pero no eran tiempos en los que los organismos oficiales admitieran fácilmente un error. Antolín se escapó muy pronto, no llegó a pasar allí dentro ni una semana. Su espíritu libre no le permitía continuar “enjaulado”, según el mismo aseguraba.

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Pero su pena era no haber podido sacar también a su hermano pequeño. Por eso todos los días merodeaba alrededor de la puerta y hablaba con él y con otros chicos del barrio, además de hacerles llegar lo poco que conseguía…, como podía. Cuando se escapó de aquel lugar no pudo llevarse a Saturio porque estaba en la enfermería aquejado de algunos problemas digestivos que luego le acompañarían toda la vida. Así que le llevaba sobre todo leche y frutas. De hecho, una anécdota divertida, que no me contó él, sino una de las niñas que estaban dentro del edificio, ocurrió por ese interés en facilitar a su hermano comida sana. El edificio, con un gran patio delantero cerrado por una verja de hierro que levantaba unos diez centímetros del suelo, estaba en la parte baja de una cuesta por la que pasaban muchas de las mercancías que se transportaban al cercano mercado de Mataderos. La fruta y las verduras, sobre todo, se llevaban entonces en carros de mano, así que, una mañana, Antolín se apañó para meterse entre las piernas de la persona que conducía un carro cargado de naranjas hasta hacerle caer al suelo. La consecuencia fue que el carro volcó y las naranjas rodaron cuesta abajo. La mayoría terminaron pasando por debajo de la puerta entre los gritos de alegría de los niños que allí estaban encerrados. Saturio salió al cabo de pocas semanas. 

 

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