“Billy el Niño”

“Muere ‘Billy el Niño’ a los 73 años de edad por coronavirus”

"El expolicía Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño, ha muerto a primera hora de este jueves a los 73 años de edad a causa del coronavirus. Destinado en su momento en la Brigada Político Social, fue investigado por supuestas torturas cometidas durante el franquismo y más de una decena de personas habían presentado querellas contra él el año pasado. Nunca llegó a ser juzgado por estos hechos."

Yo era un chaval de diecinueve años, de Carabanchel y él un “enano” que no tenía “media hostia”. Asi que cuando oí las palmadas detrás de mí y la cantinela de “¡Vamos, vamos, desalojando ya…!“, me volví, le agarré de las enormes solapas de su impecable chaqueta de última moda y le dije donde podía meterse las “palmaditas”. Debí de pillarle por sorpresa porque se limitó a abrir mucho los ojos y manotear en el aire durante unos segundos. Mis compañeros, que sí lo conocían, me hicieron soltarle rápidamente mientras me empujaban escaleras abajo. Entonces reaccionó como, supongo, era habitual en él: sacó una pistola de la sobaquera, eso sí, sin decir una sola palabra, y disparó dos veces al techo. No le vi disparar, solo el gesto de sacar la “pipa”, pero sí escuché el ruido, aunque en menos de un minuto, los compañeros me habían metido en un ascensor en dirección al segundo piso, donde estaba el departamento en el que yo trabajaba. La gente que asistía a la asamblea, convocada para discutir la estrategia a seguir de cara al convenio de Banca de 1972, unas doscientas personas, impedía el avance de la policía hacia el interior del Banco.

A los pocos minutos apareció en el Archivo de Jefatura de Sucursales, Vicente, el entonces “pope” de la UGT en el Banco Central, muy pálido y llamándome de todo menos guapo. En mi inconsciencia, yo todavía estaba lamentándome de no haberle dado un par de “hostias” al mamarracho ese de las “palmaditas”, pero cuando Vicente me dijo quien era, mi verborrea se cortó de cuajo. Todo el mundo había oído hablar de él, de sus métodos y de lo peligroso que era. No me lo había cruzado en la Universidad, por entonces su “habitat” natural, pero ya conocía a alguna de sus víctimas. Con los años conocí a muchas más.

Por suerte no lo sufrí en carne propia, gracias a la rápida reacción de quienes compartían conmigo el espacio, en lo alto de las escaleras, desde el que los “líderes sindicales” de aquella época dirigían las asambleas que celebrábamos en el Patio de Operaciones de la Oficina Principal del Banco Central, donde hoy está la sede del Instituto Cervantes y donde se estrellaba “un taxista que pasaba” asombrado al ver llorar a la Cibeles, según el maestro Sabina.

Hoy, leyendo la noticia, he recordado aquello y he lamentado, una vez más, que el probablemente inevitable, pero no por ello menos asqueroso moralmente hablando, Pacto de la Transición, haya permitido a asesinos de este nivel, no solo vivir en libertad un montón de años, sino recibir homenajes y prebendas del Estado hasta el último momento. En estas ocasiones desearía creer en Dios y en el Infierno.

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