Lo primero que hice fue llamar a mi siguiente anfitriona, en Los Antiguos, junto a la frontera de Chile, para ver si tenía posibilidad de adelantar la llegada. Desgraciadamente tenía la habitación ocupada así que busqué un lugar intermedio que tuviera algún interés. Lo encontré en Perito Moreno, nada que ver con el glaciar, es la capital de la región del lago Buenos Aires, al norte de la provincia de Santa Cruz en la que también se encuentra El Calafate. Y ya que ha surgido varias veces, como a la mayoría no os sonará, os cuento que el famoso perito Francisco Moreno fue nada menos que el experto a cuyo arbitraje recurrieron a principios del siglo XX para solucionar los problemas de límites tradicionales entre Argentina y Chile. Me temo que debió barrer para casa porque tiene calles, plazas y todo tipo de recordatorios de su persona por toda la Patagonia argentina, mientras en Chile ni le nombran. El lago Buenos Aires es el segundo más grande de América del Sur después del Titicaca y pertenece a los dos países por lo que recibe también dos nombres, en Chile se llama General Carrera. El pueblo está a unos 50 km del lago y es un lugar bastante seco en el que prácticamente no llueve, aunque eso sí, en invierno nieva con frecuencia.

Encontré un hotel a buen precio, desde luego más barato que el del Chaltén, en el que aceptaban las tarjetas y reservé el boleto del bus. Un poco intranquilo porque me dejaba allí a las 5,30 de la mañana, pero pensé que me serviría de ensayo para las dos noches que pasaré en autobús más adelante, no seguidas, no os asustéis. El viaje fue muy bien, bastante cómodo y muy tranquilo. Pude dormir algunas horas y cuando me avisaron de que habíamos llegado mi sorpresa era que no estábamos en ninguna terminal de autobús sino en medio de la rue, junto a un hotel que no era el mío. Afortunadamente estaba en la misma calle y como ya he aprendido que aquí los números avanzan con los impares a la derecha, no tuve más que andar cuatro cuadras y estaba en la puerta del hotel Talken. Aunque estaba cerrado me abrió enseguida el guarda nocturno, un chico muy amable, norteño, que además me dio provisionalmente una habitación para poder descansar y no tener que quedarme en el sofá de la recepción porque la mía estaba ocupada. Me desperté tarde, me instalé y pasé el resto del domingo paseando y conociendo el pueblo, para lo que te sobra el domingo entero, la verdad. Menos mal que tienen un café, fundado por un asturiano en el siglo XIX, bastante agradable y con Wifi, con las limitaciones que hay en toda la zona pero utilizable.

Desde aquí hay una excursión muy recomendada en las guías de la zona a la Cueva de las Manos, un lugar del que solo sabía que tenía unas pinturas rupestres bastante particulares. Era una de las dos que pensaba hacer desde Los Antiguos, pero ya que estaba más cerca, decidí adelantarla. La contraté en la agencia, donde me dijeron que tenía una zona de trekking un poquito exigente pero que era solo a la ida, la vuelta era en bus desde la Cueva. Podía optar por hacer todo el recorrido en bus pero como soy de Caño Roto, que no es Bilbao pero…, dije que yo andando, faltaría más. Como veréis en las fotos el paisaje se parece muy poco a lo que había visitado con anterioridad. Es verdad que ya había pasado por zonas más secas, pero siempre de pasada y no a este nivel. En algunos momentos parece que estás en Arizona o Nuevo México, son paisajes muy parecidos. Incluso el lugar donde se encuentra la Cueva recuerda mucho a los asentamientos de los indios Pueblo que visité en USA, aunque esto es muy anterior, unos nueve mil años, pero el entorno se parece mucho.

La Cueva está, como no, dentro de una estancia particular que ofrece también alojamientos. Una estancia enorme, como casi todas, en cuyos terrenos se pueden ver, y vimos, guanacos, cóndores, ñandúes e incluso caballos que se crían en libertad en la estancia, unos caballos preciosos. Para mi sorpresa, el guía decidió que ya que todos nos habíamos apuntado al trekking, mis compañeros eran una alemana, un holandés y dos ingleses y ninguno llegaba a los treinta, el microbús se quedaba al inicio del camino de ida, con lo que haríamos el trekking de ida y vuelta. Confieso que cuando vi la bajada inicial y pensé que tendría que hacerla de subida a la vuelta tuve mis dudas, por decirlo suavemente, pero en fin, de perdidos al río, nunca mejor dicho.

Las pinturas en sí son bastante llamativas, muy primitivas, aunque se observa una cierta evolución. Parece que la técnica utilizada es el soplido de la pintura, tierras pulverizadas, a través de un hueso ahuecado y utilizado como un primitivo aerosol. La técnica la denominan de negativo, porque el resultado parece más un negativo de fotografía que otra cosa. Por supuesto el nombre es por algo, lo que más se ven son manos, pero también hay figuras de animales, de guanacos fundamentalmente y escenas de caza incluso reflejando el uso de unas herramientas muy primitivas y curiosas: parece que utilizaban piedras redondas en las que tallaban un canal alrededor, luego daban varias vueltas con alguna tira vegetal o de piel y lo lanzaban como una mezcla de honda y boleadora. Las figuras humanas se representan en acciones de caza pero con un tamaño muy pequeño, no se sabe muy bien por qué, al parecer eran bastante altos, alrededor de 1,80 m. ¿La vuelta? Bien, gracias…

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