La verdad es que no sé muy bien cómo definir la estancia en Los Antiguos. Podría decir que marcada por el hecho de que se encuentra a un lado de la frontera entre Argentina y Chile, lo que ha influido decisivamente en todo lo sucedido allí desde el principio hasta el final. El desplazamiento desde Perito Moreno sin problemas, son 45 minutos para unos 60 kilómetros. Mi anfitriona, Susana, una maestra jubilada algo más joven que yo, me estaba esperando y fuimos a su casa en un taxi que no me dejó pagar. La casa, muy agradable, estaba llena de perros y gatos, eso sí, muy educados y poco latosos. Algo alejada del pueblo, lo que no fue ningún problema, a un kilómetro más o menos del puesto aduanero argentino, y mi habitación era realmente un pequeño apartamento, con cocina-estar, habitación y baño. Estaba en un primer piso y con unas Bonitas vistas y, por su situación, me animó a cocinarme las cenas, poca cosa, sopa y carne, excepto la última noche en que me invitaron a bajar Susana y y su hijo Nahuel para cenar unos estupendos boquerones, sorpresa muy agradable claro, después de la omnipresente carnaza.

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Hasta ese momento había llevado reservados todos los desplazamientos, pero a partir de allí solo tenía/tengo los desplazamientos en barco y avión, por lo que la primera prioridad era reservar el viaje hasta Coyhaique, la siguiente etapa. Sobre todo porque incluye un ferry que no se podía reservar por internet y que sale de Chile Chico, el pueblo fronterizo del lado chileno. Y aquí empieza la importancia que han tenido la aduana, sus horarios y la poca comunicación viaria entre dos pueblos separados por 7 kilómetros pero, ¡ay!, una frontera. No voy a extenderme en los detalles porque quiero dedicar una entrada específica al tema de las fronteras, de momento contaré que tuve que andar hasta el puesto chileno, unos cuatro kilómetros, desde donde me acercaron unos argentinos hasta el pueblo. Solucioné lo del viaje y dejé reservada una noche en un hotel porque la barcaza salía a las diez de la mañana y el primer bus desde Los Antiguos a la una de la tarde, otra decisión obligada por el asunto fronterizo. Menos mal que terminé a tiempo de evitarme otra caminata por la carretera.

La excursión más interesante desde Los Antiguos, aparte de la Cueva de las Manos que ya había hecho, es a unas formaciones rocosas en medio del lago Buenos Aires, muy particulares y muy interesantes de ver, las llamadas Capillas del Mármol. Son una serie de bóvedas y columnas formadas por la erosión de las propias aguas del lago sobre el resto de elementos minerales de las rocas, por lo que ha quedado únicamente el mármol formando caprichosas combinaciones de formas y colores que recuerdan de alguna manera a las capillas de las iglesias cristianas. El camino es muy bonito, bordeando el lago, se incluye la comida, y el desplazamiento a las Capillas se hace en unas lanchas neumáticas desde la orilla. El problema surgió porque al llegar al punto de embarque, el responsable de las lanchas nos dijo que, aunque en ese momento estaba en calma, en unos minutos tendríamos un fuerte viento que no nos permitiría salir con las embarcaciones. Fue muy curioso, nos señaló una línea blanca sobre el lago y nos dijo que era la alteración que el viento formaba en la superficie del agua y que en un cuarto de hora lo tendríamos en la orilla, como así fue.

Ante la situación, Nahuel, el guía, el hijo de mi anfitriona, nos ofreció la posibilidad de intentar llegar desde otro punto más al sur del lago, con lo que recogimos y salimos para allá. A poco de iniciar el camino por la carretera de ripio nos encontramos un camión con un trailer y un grupo de trabajadores descargando sal a orillas del camino, porque los chilenos utilizan la sal como apelmazante de la tierra y piedras de que se compone su base, el famoso ripio. El camión ocupaba todo el espacio y no nos permitía pasar, por lo que preguntamos al responsable cuanto podía demorarnos la espera. Nos dijo que al menos una hora porque no había espacio para desplazar el camión y la carga y les quedaban por descargar sacos de sal durante más de un kilómetro. Y ahora entra otra vez el tema aduanas, porque el guía nos dijo que iba a ser imposible esperar, llegar al puerto, hacer la visita de las Capillas y volver a tiempo antes del cierre de frontera que es a las diez. Aquí hubo un debate entre todos sobre si arriesgarnos o no teniendo en cuenta que varios de los excursionistas salíamos al día siguiente, y algunos muy temprano. Ante la situación, Nahuel tomó la decisión de no seguir por seguridad, argumentando que cualquier contratiempo inesperado, un pinchazo o cualquier otro problema nos dejaba a pasar la noche en Chile definitivamente. Así que, con la consiguiente desilusión y la devolución de medio billete que no consoló a nadie, nos dimos la vuelta y aunque hicimos un par de paradas agradables por el camino la verdad es que el ambiente en el micro era un poco de funeral.

Así que no puedo “presentaros” a las famosas Capillas, aunque tengo algunas fotos del viaje que no están del todo mal y muestran el entorno del lago de los dos nombres, los dos países y la dichosa frontera con horario de programación infantil.

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