No sé a vosotros pero a mí el nombre de este archipiélago siempre me ha hecho pensar en un lugar hermoso pero inhóspito, poblado por descendientes de los antiguos mapuches o araucanos, donde el tiempo no termina de pasar ni de quedarse, con un mar que mezcla las furias desatadas con la tranquilidad de la navegación en los canales, frío pero luminoso y en el que los leones marinos, los pingüinos y alguna ballena de vez en cuando, acompañan la travesía de las barcas de pesca que son, también, los utilitarios de  los chilotas, entre los que solo hay dos generaciones, la que está a punto de desaparecer y la que comienza su singladura, porque las intermedias están buscándose la vida en otros lugares de los que regresan, un par de veces al año, con una mezcla de tranquilidad y de vergüenza, la primera porque están haciendo lo que deben y la segunda porque no deberían tener que hacerlo. Pero son gentes demasiado pacíficas y su vida ha transcurrido siempre entre la Naturaleza y la Magia, así que tienen asumido que es inútil luchar contra la situación como lo es el hacerlo contra el terremoto, el tsunami o las tormentas, y lo único que se puede hacer cuando su furia se ha calmado es trabajar todos juntos para recuperar lo dañado y enterrar a los muertos. Y todo en silencio, sin llantos ni lamentos, así es como es: la Tierrra, el Mar y el Cielo se cobran sus tributos porque tienen derecho, porque también se lo dan todo. Chi-lo-é…, Chi-lo-é…, un sonido mágico, sin duda.

Bueno pues algo hay de esto, creo yo. Un par de semanas antes de llegar había terminado un libro de Isabel Allende en el que cuenta la historia de una chica americana, de Los Ángeles, que después de complicarse la vida con drogas y otros problemas, gracias a su abuela chilena termina recalando en una pequeña isla del archipiélago viviendo con un viejo conocido de ella y los peculiares habitantes del lugar. Allí cuenta, por ejemplo, el impacto que el turismo está teniendo en la vida de los chilotas pero también el que suponen los criaderos de salmones en su forma tradicional de vida o el escepticismo que generan las promesas repetidas y nunca cumplidas por los políticos de dedicar más atención a sus problemas. Esta claro que no voy a pretender con un solo día de visita  dar ninguna opinión al respecto, pero hay detalles que son llamativos. Solo voy a contar dos:

El primero se refiere a mí mismo, que había salido muy temprano para poder pasar en la barcaza de la Isla Grande a tiempo de que me pudiera cundir el día y sobre las diez tenía ya un hambre considerable. Había descendido a tierra hacía poco más de media hora y, después de algunas vueltas, había encontrado el camino que me permitiría recorrer la parte occidental de la isla. Así que en cuanto ví cuatro casas juntas, y en mi caso era literal, no más de seis, me desvié y aparqué frente a una escuela, delante de un pequeño muelle  situado en una también pequeña bahía en la que destacaban las bateas de un criadero de salmones. Unos carteles señalaban una tienda que supuse serviría para todo, así que entré a preguntar. Allí no tenían café pero me indicó que preguntara al otro lado de la escuela, en una casa que tenía un cartel ofreciendo alojamientos. Al entrar al jardín, un señor bastante mayor me preguntó, le dije lo que buscaba y me dijo que preguntaría a la señora, así que entré con él en la casa y me encontré en una habitación enorme que hacía las veces de cocina, comedor y estar, todo junto. El contraste era notable, una cocina de leña que estaba a tope de funcionamiento, con dos o tres ollas grandes al fuego, una pequeña eléctrica en un rincón que debían usar como auxiliar, alacenas, estanterías y cacharros de cocina colgados de paredes y techos, todo antiguo pero reluciente. Por otro lado, una mesa redonda grande con mantel de cuadros y varias sillas, un sofá, dos sillones más pequeños, más armarios y una televisión enorme a todo volumen que emitía las imágenes de un concurso de cocina chilena. La señora era una mujer de edad un tanto indefinible pero que, desde luego, ya no cumplía los ochenta. Piel muy clara, pelo completamente blanco, corto y unos ojos azules preciosos, muy parecidos a los de mi madre. Desde luego de chilota no tenía nada. Su nieta que andaba por allí ayudando, una chica de unos dieciséis años, sí, totalmente: bajita, llenita y ojos y pelo muy oscuros. La mujer dijo que por supuesto me daría de desayunar y poco menos que me llenó la mesa, a pesar de que le dije que solo quería café y un poco de pan con mantequilla y mermelada. Comí lo que pude y no por quedar bien, sino porque estaba todo buenísimo, todo casero, estupendo. La conversación, claro, fue en torno a mí, a que hacía allí, a mi viaje, a España, que no conocen, y a un viaje que la abuela había hecho recientemente a Los Ángeles para  ver a una hija. Por cierto que la mujer estaba extrañadísima de que allí usarán gas en las cocinas y no leña, y me insistía en que se lo confirmara a los demás, parece que no la creían mucho. En fin, más de una hora desayunando y charlando y cuando me iba no quería cobrarme nada.  Le dejé dos mil pesos, menos de tres euros, porque se negó en rotundo a cobrarme más y después de mucho insistir. Me dijo que para su nieta. ¿Hice fotos? No. Soy un capullo. Me corté de decirles que posaran conmigo en su maravillosa cocina.

El segundo es referido a los palafitos, que podréis ver en las fotos y que es una técnica de construcción muy típica en la isla, de hecho todas las casas, estén o no al borde del agua, están construidas sobre una plataforma apoyada en troncos, la mayoría pequeños, claro, porque están en terreno liso. Parece que tienen un problema con el mantenimiento y que hay pretensiones de acabar con ellos o trasformarlos de alguna manera y que eso incluye cambios en la propiedad o la forma de propiedad de las casas. El problema no sé exactamente cual es, pero en la capital de la isla, Castro, la principal zona de palafitos está llena de carteles que hacen alusión a este asunto. Los palafitos, a todo esto, hoy son casas particulares pero también hostales, salas de exposición, restaurantes y talleres de diversos tipos. Bueno, pues a lo que voy, lo que más me llama la atención de las reivindicaciones es que se hacen fundamentalmente por “el honor y la dignidad”, no hay insultos a nadie, se habla de los contratos y la propiedad, sí, pero los llamados principales son a defender el honor y la dignidad de las personas y, además, piden a los turistas extranjeros su apoyo y que hagan lo que esté en su mano para ayudar a que los palafitos se mantengan. Yo no sé a vosotros, pero a mí me parece que esto confirma bastante cuál es la filosofía de estas gentes: todo se puede perder menos la dignidad. Es mi sensación.

¿ Y en cuanto al viaje? Pues un día espléndido, en un lugar precioso, en el que todo parece que tiene su lugar y hasta el campo se muestra bien organizado. Mucha tranquilidad en general, pocos vehículos y, al ser viernes, a la caída de la tarde, muchos jóvenes con mochilas que parece que escogen este lugar para pasar el fin de semana. Comí una merluza buenísima, me he abonado, y otra cosa, después de mes y medio recorriendo costas y mares, al fin pude pasar un rato, no mucho porque empezaba a hacer un frío notable, en una playa abierta, en el lado occidental de la isla, una playa enorme, no sé cuántos kilómetros puede tener pero una barbaridad, con dunas y una arena estupenda y el Pacífico mostrando carácter. Y eso que el día era bueno y hacía poco viento, o sea que como será cuando se suelte el pelo. Y lo de los tsunamis no es broma, ya veréis el cartel, y como ese hay muchísimos. Que la Pachamama nos pille confesados.

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