La carretera austral comienza en Puerto Montt y termina en Villa O’Higgins, junto al Campo de Hielo Sur, recorriendo casi toda la Patagonia chilena. Además de los tramos de carretera tiene dos pasos que hay que realizar en barcazas, uno más corto, al principio, muy cerca de Puerto Montt, en la caleta La Arena, y el otro pasado Hornopirén, en Pichanco, desde donde se llega a Caleta Gonzalo en una travesía de dos horas. La carretera se construyó de ripio y con el tiempo se han ido asfaltando algunas partes, pero todavía hay tramos largos en los que se nota el cansancio de conducir por un terreno irregular y con pequeñas piedras sueltas. La verdad es que lo cuidan bastante, pero el clima es duro y si es difícil mantener en buenas condiciones carreteras asfaltadas imagino que más aún las de ripio. La obra parece ser que fue un empeño personal del “emperador” Pinochet, supongo que algo así como su Valle de los Caídos, aunque hay que reconocer que con mucha más utilidad, porque hasta entonces había muchos lugares a los que solo se podía llegar por mar o por aire. La construyó el Ejército, soldados de reemplazo en su mayoría, asistidos por trabajadores de las minas del norte y el coste en vidas parece que no fue desdeñable. Hoy en día es una carretera que mucha gente quiere recorrer porque atraviesa territorios de una belleza impactante, muchos de ellos muy poco conocidos y apenas poblados, aunque la existencia de la propia carretera ha facilitado, precisamente, el aumento de la población en muchos de esos lugares, lo que se está multiplicando con la llegada del turismo.

Aunque no podía llegar más que al segundo embarcadero en un día, teniendo en cuenta la vuelta y los horarios de la barcaza, me apetecía mucho recorrer ese tramo y conocer algo más de los canales y fiordos de la costa. El tiempo me seguía acompañando así que madrugué y me puse en camino. En caleta La Arena y siguiendo las recomendaciones de mis anfitriones, especialmente de Zelandia, compre tres empanadas de camarones con queso, carne y mariscos, respectivamente, para comer o para cenar, según fuera el día. Aprovecho para decir que estaban de cine, especialmente la de camarones con queso. Después de cruzar al otro lado, continué camino por carretera asfaltada hasta el primer tramo de ripio. Afortunadamente no estaba muy mal y era ancho, así que lo pude recorrer sin grandes problemas. El paisaje es espectacular, entre montañas y volcanes con nieves permanentes y una costa recortada y salpicada por pequeños pueblos de pescadores. Decidí avanzar lo más rápido posible y parar en alguno de esos pueblos en el regreso, si era posible, dado que no sabía con seguridad como me iba a encontrar el camino y me apetecía llegar hasta el segundo paso por mar. Sabía, eso sí, que no podría embarcar, aunque parece ser un recorrido impresionante por su entorno, porque se tardan dos horas mínimo en llegar, y con ida y vuelta no me permtiría llegar a tiempo para la última barcaza del primer tramo, lo que me obligaba a volver bordeando el canal por carretera de ripio casi cien kilómetros.

Y así es como llegué a otro de los lugares de los que ni siquiera había oído hablar y que no se me olvidarán jamás: Hornopirén.  A poco de terminar el primer tramo de ripio, junto a un fiordo bajo, pero rodeado de montañas con glaciares colgantes, está este pequeño pueblo que debe vivir prácticamente del turismo, de la pesca y quizás algo de la agricultura, en concreto de unas plantaciones de frutales. Y aunque mi ignorancia en la materia no me permite saber de qué frutas hablamos, me da la impresión de que se trata de melocotones, que aquí llaman duraznos.  Seguro que si miro la Wikipedia me lo dice, pero no me apetece, que estoy muy entretenido contándolo. Después de poner gasolina y de que el dueño de una ferretería que estaba enfrente me orientara sobre las opciones que podía seguir, es otra de esas anécdotas sorprendentes a las que dedicaré un espacio particular, decidí continuar el camino inicialmente previsto que, además, era una de las opciones recomendadas. Así fue como me encontré con el Río Blanco, del que sí puedo poner ya una foto que hice con el móvil para enviarla por whatsapp, porque me pareció un sitio mágico que merecía la pena compartir sin esperar a esta entrada del blog.

Recorrí unos cuantos kilómetros por este nuevo tramo de ripio pero en un momento dado decidí no seguir porque me parecía demasiado esfuerzo para un Megane, que era el coche que conducía. Al parecer es el último tramo puesto en servicio, ya que antes la barcaza salía desde Hornopirén, y no está en muy buen estado. No me pareció mala solución porque el pueblo me había encantado y hacía un día espléndido así que me tomé una cervecita en una terraza y luego comí tranquilamente la consabida merluza del lugar, “ya me hartaré de carne en Argentina”, pensé. Después del tremendo “sacrificio” solo me dió tiempo a visitar uno de los pueblos que había visto en el camino, Pichicolo, una docena de casas y unas vistas espectaculares de islas y montañas, ya que la barcaza esperaba. Eso sí, las empanadas cayeron en la cena, faltaría más.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.