Pues he decidido que voy a “despachar” mi estancia en Bariloche con una sola entrada del blog, a cambio pondré más fotos ahora que vuelvo a poder hacerlo. Y no porque no me haya gustado, o no me parezca un sitio interesante y/o las excursiones que he realizado no hayan merecido la pena, todo lo contrario, han sido con transporte convencional, sin agencias de por medio y muy interesantes todas y cada una de ellas. Es la capital de la Región de los Lagos versión argentina, y lagos, desde luego, hay para aburrir, a cual más bonito, Pero los detalles de cada visita no aportan demasiado al conjunto como para diferenciarlas muy específicamente, aunque cada lugar tenga características propias. Si sigo así, por no escribir más entradas voy a escribir un libro, así que allá vamos:

Lo primero es hablar de San Carlos de Bariloche, una ciudad de la que ya comenté su origen en una entrada anterior aunque, en este caso, la herencia de los pioneros ha quedado reducida a unos pocos edificios en el centro ya que la mayoría se los ha llevado el crecimiento de una ciudad desarrollada por y para el turismo, que tiene la estación de esquí más antigua de Argentina y también la más clásica: Cerro Catedral, un mito para los amantes del esquí no por la dificultad de sus pistas o su tamaño, sino por ser un clásico de este deporte y por las vistas espectaculares que se tiene desde ellas. La parte más interesante está en el centro, alrededor del Centro Cívico, que mantiene la arquitectura tradicional. La ciudad está junto al lago Nahuel Huapi que da nombre a un extenso Parque Nacional dentro del cual se encuentran también los demás lugares que visité.

El primero es Villa La Angostura, supongo que por una zona de paso bastante estrecho que hay en su cercanía, entre Bariloche y la frontera con Chile. Aunque, como ya dije, quedó totalmente cubierta de cenizas tras la erupción del volcán chileno Calbuco, la verdad es que han recuperado el pueblo perfectamente y lo único que queda de aquello es una extraña arena en algunas zonas, incluidas algunas cumbres, de un color gris oscuro y con poca consistencia. Es un pueblo bonito, tranquilo y con una arquitectura en madera bastante cuidada. Además es el acceso al Parque Nacional de los Arrayanes, un parque dentro de otro, un tipo de árbol autóctono y que solo se da en dos islas del lago, una se visita y la otra no por razones de supervivencia de la especie. Es un arbusto, más que un árbol, pero que en esas condiciones de vida alcanza alturas y grosores que le han hecho mantenerse y pervivir durante tantos años. Su característica más destacada es su color, un color de madera rojizo, muy llamativo, además de su temperatura, sí, habéis leído bien, es un árbol frío, no tengo idea de por qué pero si lo abrazáis, como te recomiendan hacer los guías, es cierto, es comparativamente más se frío que otras especies. La visita se hace en un catamarán que sale del embarcadero de la Villa y dura unas dos horas aproximadamente.

El segundo es San Martín de los Andes, que no es tan bonito arquitectónicamente hablando como la Villa pero está en un lugar de los que te dejan sin palabras. Espero que las fotos hayan hecho algo de justicia al sitio. Otro día deslumbrante, incluso con calor, y la playa del lago con mucha gente tomando el sol y mojándose los pies, poco más, desde luego. Allí encontré otra novia para mi nieto, llevo ya una colección, pero lo de esa niña lo contaré en otro lugar, merece la pena, además de la historia de la camarera jovencita que me dio un buen zasca, como se dice ahora. Me es difícil describir el entorno de San Martín, pero os aseguro que es un lugar donde se podría uno olvidar de todo. Claro que el día acompañó, probablemente, en otras circunstancias, no habría sido lo mismo. En cualquier caso un sitio del que enamorarse, sin duda.

Y por último El Bolsón, el último reducto hippie argentino, algo así como nuestra Formentera pero en valle entre montañas. No es tan bonito como nuestra isla, desde luego, desde el punto de vista de pueblo, no vale gran cosa, aunque la cantidad de cervecerías por metro cuadrado, todas artesanales, demuestra que allí viven gentes civilizadas. Pero el entorno también es magnífico. En cualquier caso, lo más famoso es su mercado artesano de los sábados, otro parecido con la pitiusa pequeña, solo que éste es como la Catedral de San Pedro de los mercadillos. Muchísima gente se desplaza, a dos horas la tirada, desde Bariloche para visitar el mercado y comprar chucherías. Os imagináis que no es lo que más me interesa, pero la fauna humana sí era interesante e hice varias fotos, sobre todo de niños. Afortunadamente para nuestro mundo, existen los hippies, que nos van a salvar de la desaparición como especie, a nosotros y a los perros. ¡Guau!

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