Alguno pensará que me he vuelto loco o estoy bajo los efectos de la puna, el mal de altura. Después de más de mes y medio cruzando la cordillera varias veces ahora digo que por fin he estado hoy en los Andes. Pues sÍ, así es como lo siento. Es verdad que he visto y andado por territorio andino muchas veces en este tiempo, pero ver los Andes, lo que se dice verlos, ha sido hoy el primer día. Y digo esto porque uno tiene una idea de los sitios, en mi caso además, pasada por el filtro de mi experiencia en el desierto de Atacama, hace ya varios años. Y esto que he visto hoy en mi excursión a la zona del Aconcagua sí responde a esa idea. Un territorio seco, con alturas importantes, donde los pueblos aportan la única vegetación porque están situados junto a las corrientes de los ríos y aparecen rodeados de vegetación en contraste con las tierras rojizas y con todas las tonalidades posibles de ocres, además de verdes, blancos, negros y amarillos. Eso son los Andes para mi, un territorio donde llueve raramente y, cuando lo hace, es en forma torrencial, con aspecto desértico en la primera línea de la cordillera y montañas de más de cinco mil metros en cuanto profundizas en el territorio, volcanes o no, con nieves perpetuas que permiten, a pesar de la poca lluvia, el desarrollo de una importante ciudad como Mendoza, por ejemplo.

La idea era acercarme al Aconcagua. Bueno pues no, quiero decir, no a menos de unos treinta kilómetros. La razón es que la montaña está en medio de la cordillera y acercarse a ella supone marchas que están fuera de mis posibilidades. No obstante, hay un punto en la carretera, justo a la entrada del Parque Regional del Aconcagua, desde donde se puede ver la cumbre, la foto de cabecera lo demuestra. El camino, prácticamente hasta el final, la subida al Cristo, es por la carretera que discurre entre Mendoza y Santiago de Chile, posiblemente el más importante enlace entre los dos países. Saliendo de Mendoza se pasan algunos lugares interesantes como Uspallata, junto al río Mendoza, famosa porque allí se rodó buena parte de la película Siete años en el Tíbet protagonizada por Brad Pitt. Perdón por la frivolidad, la verdad es que constituye un auténtico oasis de verdor en medio de la desolación. El pantano de Potrillos, que surte de agua toda la zona de viñedos de Mendoza y junto al cual se puede ver el pueblo que le da nombre, completamente nuevo ya que el antiguo quedó sepultado bajo las aguas. Un antiguo puente de piedra del que se ha desviado el curso del río para evitar su derrumbe y cuyo mérito, aparte de su antigüedad,  parece ser haber permitido el paso de la columna del Ejército del general Las Heras que participó en la independencia de Chile y Argentina a las órdenes del omnipresente San Martín. La pequeña estación de esquí de Penitentes, la más moderna de las que rodean la ciudad. El Puente del Inca, una formación natural con una interesante historia detrás, resulta que en los años 30 ocurrió un desprendimiento que destruyó un balneario creado unos veinte años antes junto al “puente” para aprovechar las propiedades sulfurosas del agua, pues bien, la capilla quedó absolutamente intacta, nada raro teniendo en cuenta que está dedicada a la Virgen y el suceso ocurrió un 15 de agosto, o sea, milagro seguro. Y el último pueblo antes del túnel que une los dos países, Las Cuevas, donde se puede apreciar todavía el desprendimiento de rocas que lo destrozó hace pocos años. El tema de los desprendimientos es recurrente en todo el territorio, de hecho pasamos un desvío en el camino que se ha tenido que habilitar deprisa y corriendo porque una avalancha de piedras y barro se llevó un puente en la carretera este invierno pasado.

Un elemento curioso del paseo es que, durante casi todo el camino, la carretera está acompañada por los rieles de un tren de vía estrecha del que aún se conservan algunos tramos además de restos de las antiguas estaciones, utilizados para diversos fines o simplemente abandonados. Es un ferrocarril que se terminó en 1910 y que dejó de funcionar en 1984 por orden de los militares con la excusa del conflicto con Chile, dado que unía Mendoza con la ciudad chilena de Santa Rosa de los Andes. Se conservan algunas estructuras del trazado como los tejados de protección contra las avalanchas, cosa que brilla por su ausencia en el trazado de la moderna carretera, a las pruebas me remito con lo del pasado año. Así que la excursión, en realidad, va subiendo la cordillera poco a poco hasta el punto más alto al que puede llegar, el Cristo Redentor, un monumento instalado en 1904 para inmortalizar la eterna amistad de Chile y Argentina que no impidió el conflicto de los años 70 y 80 por la soberanía de las zonas limítrofes en la Patagonia. El monumento está a cuatro mil cien metros y os aseguro que la altura se nota. Como dato comparativo, el Mont Blanc, el pico más alto de Europa occidental, tiene poco más de cuatro mil ochocientos, o sea que el ómnibus me ha dejado a lo que serían setecientos metros de la cumbre del gigante europeo. Y es que, definitivamente, este es otro mundo.

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