Cuando se asomó a la ventana esa mañana, el cielo estaba completamente encapotado y no pudo evitar un pequeño escalofrío. El invierno parecía haberse instalado definitivamente en la ciudad de forma brusca, ya que solo estaban a medi22eba4_bd979f19ef9c47d19414ad4751ffa9f1ados de noviembre, lo que era, por otra parte, habitual en los últimos años. Recordó con cierta nostalgia aquellos largos otoños de su infancia, protagonizados por la vuelta al colegio y las tardes de fútbol en uno de los descampados de su barrio.

Seguía sin trabajo, ya llevaba así más de un año, así que se podía permitir el lujo de desayunar tranquilamente: zumo de naranja recién exprimido, café con leche y un par de magdalenas, como casi todos los días. Luego, siguiendo la rutina, se sentó delante del ordenador, confirmó que ningún milagro había hecho aumentar el escaso saldo de su cuenta bancaria, revisó su correo, la mayoría directamente eliminable y se conectó a la página desde la que revisaba la prensa del día, empezando por los deportes, como cuando com- praba el periódico a diario, hacía ya tanto tiempo.

Estaba revisando por encima las noticias, por si había alguna de mayor interés en la que centrarse, cuando le llamó la atención un pequeño recuadro con un escueto titular: “Encontrado el cadáver de una mujer en Cambrils”. Hasta ahí no le habría dado mayor importancia, pero el titular se acompañaba de otra frase: “La policía cree que su edad rondará los cuarenta y cinco años y su origen pude ser algún país del Este”. “No puede ser”, pensó. “¡Pues anda que no hay mujeres de esos países en esa zona!. Y muchas ejerciendo de putas de carretera, lo que no debe ser muy seguro precisamente”.

Pero pinchó el titular para abrir la noticia y siguió leyendo. La policía no había podido identificarla todavía y no aparecía ninguna foto ni dibujo de su cara. Hablaba de una mujer de metro setenta, muy atractiva, de pelo rubio casi platino…, y algo que le produjo un inmediato escalofrío: un tatuaje en su pecho izquierdo. El periódico no decía en que consistía ese tatuaje, pero él volvió a ver de nuevo con toda nitidez el pequeño loro azu
l grabado sobre esa piel tan blanca. Recordaba perfectamente su explicación, le dijo que había mantenido una relación muy apasionada con el dueño de un local de Mojácar con ese nombre y, durante una de sus estancias allí, se lo había tatuado. La relación, al parecer, había terminado tan brusca y apasionadamente como empezó, pero el tatuaje le gustaba y decidió conservarlo.

Volvió a releer la noticia pero no había ni un solo indicio más que pudiera orientarle sobre si la mujer encontrada era o no Irina. Se levantó inquieto y volvió a la ventana. La gente pasaba deprisa por la calle, debía de hacer frío. Recordó el primer correo que recibió de ella en el que le explicaba que había visto su foto en una página de contactos de internet y que le había resultado atractivo. Le adjuntaba un par de fotos suyas. Cuando las vio, pensó que era una broma o que serían fotos de quince años atrás. Pero fijándose bien, descubrió que podían ser perfectamente de la mujer de cuarenta y cuatro años que decía ser, solo que era tan bella que, en una primera mirada era imposible fijarse en las pequeñas arrugas alrededor de los ojos y la boca que delataban que ya no tenía treinta años. Llamaban mucho más la atención sus labios, su ojos tan azules y su mirada algo tímida, aunque, dada su iniciativa, no parecía serlo.

Desde que había decidido abrir ficha en esa página de internet, había recibido muchísimas ofertas de contacto con auténticas bellezas de los países del Este, todas jovencitas de menos de treinta años y, por supuesto, no había contestado a ninguna. Estaba muy claro lo que buscaban. Pero esto era distinto…¿o no?.

En aquel momento decidió averiguarlo.

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