Cruzó c22eba4_38f4b49b1427488d804b03ab2415fc8don ella varios correos, al principio con cierta prevención, luego con más seguridad. Pero no acababa de confiar en alguien con tanta habilidad para manejar un idioma que no era el suyo, al fin y al cabo, decía llevar poco más de diez años en España y, como bien sabía él, una cosa es hablar un idioma y entenderte con la gente y otra muy diferente escribirlo con fluidez y demostrando incluso sentido del humor. Además, cierto es que le volvió a enviar más fotos, pero le preocupaba que le pusiera excusas ante sus propuestas de chatear viéndose a través de la web.

Por otro lado, ella no tenía coche y solo libraba un día, nunca sábado ni domingo, ya que trabajaba en una boutique en Cambrils y el fin de semana era cuando más trabajo tenía. En aquella época, él vivía en Sitges, a menos a una hora por la autopista, así que al final la decisión vino sola: un domingo de enero, bastante desapacible, después de un rato de siesta en su sillón y con la perspectiva de una tarde de televisión bastante aburrida por delante, se decidió. Total, no perdía nada, un poco de gasolina y los peajes, pero saldría de dudas o, al menos, comprobaría lo del trabajo, ya que no quería llamarla y recibir cualquier respuesta evasiva. En el peor de los casos, una cerveza en Cambrils y unas gambitas no era ninguna tontería un domingo por la tarde.

Cuando llegó, maldiciendo por millonésima vez el horario de invierno, ya era de noche y caía con suavidad una lluvia bastante fría. El amplio paseo junto al puerto deportivo estaba poco iluminado y prácticamente vacío. No le costó encontrar la boutique, un local bastante grande en pleno centro de la zona peatonal. Se acercó bajo el paraguas hasta el escaparate y buscó en el interior sintiendo un cierto cosquilleo en el estómago. El local tenía dos salas comunicadas por un amplio arco y no se veía a nadie en la más cercana. Cuando iba a moverse hacia el escaparate de la otra sala, se abrió una puerta del fondo del local y salió una mujer. No había ninguna duda, las fotos eran del todo actuales, incluso recordaba una en la que aparecía con una especie de conjunto vaquero, con chaleco de piel y pantalones muy ajustados que era lo que llevaba puesto en ese momento.

No sabía que hacer. Se dio cuenta de que había esperado cualquier cosa menos que la historia fuera cierta. Y no estaba preparado. Nunca había tenido mucha soltura con las mujeres, al menos con las desconocidas. Aunque desde que había terminado con su segunda pareja hacía más de dos años, o mejor, desde que había descubierto las posibilidades de Internet en la primavera del año anterior, es cierto que había mejorado mucho en ese aspecto, la situación le había dejado bastante descolocado.

Aún faltaba mucho para el cierre de la tienda, así que se apartó del escaparate y decidió tomarse una cerveza en algún bar cercano mientras esperaba. Pero apenas había empezado a caminar, cambió de opinión: “Pero bueno. ¡Que estás a punto de cumplir cincuenta y cinco años, tío! ¡Un poquito de cabeza! Hasta ahora solo sabes que las fotos son reales, no sabes nada más. Lo mismo hasta está casada y el dueño de la tienda es su marido, o su amante, o cualquiera sabe… No es eso lo que te ha contado, cierto, pero que las fotos sean auténticas no quiere decir que lo demás sea verdad”. En definitiva, lo de presentarse por sorpresa ya no parecía una gran idea.

Pero, por otra parte, ya que estaba allí era mejor aprovechar el viaje, así que todavía lo podía solucionar. Aún no habían hablado nunca, pero tenía su teléfono en el móvil. Decidió llamarla. Volvió sobre sus pasos y, desde el otro lado del paseo, protegido por le escasa iluminación y mientras la veía moverse por la tienda vacía, cambiando de lugar algunas prendas, la llamó. La vio buscar el teléfono y, en la distancia, le pareció que sonreía al ver la llamada. No obstante, su voz sonó aparentemente indiferente…, pero también cálida, fuerte y con un claro acento del Este. No pareció muy sorprendida al saber que estaba a pocos kilómetros de Cambrils, volviendo de un fin de semana de trabajo en Valencia y que se le había ocurrido aprovechar la ocasión para invitarla a una cerveza y poder conocerse personalmente. Le contestó que de acuerdo, que estaba encantada y que pasara a recogerla a las ocho, luego le dio algunas instrucciones para llegar fácilmente hasta la boutique.

Entonces, sí, mientras salía de la tienda y encendía un cigarrillo, la vio sonreír con toda claridad.

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