Jon y yo habíamos hablado de visitar un famoso convento de la ciudad que se tiene como una de las cosas imprescindibles que hay que ver cuando se visita Arequipa. Y como teóricamente, al día siguiente nos marchábamos los dos, yo hacia el Norte y él hacia el lago Titicaca, que mejor que visitarlo a la vuelta de la excursión al Cañón del Colca, porque además una de las “gracias” del monasterio es visitarlo por la noche, según recomiendan todas las guías. Se trata del convento de Santa Catalina, un enorme edificio ahora dividido entre las estancias de las monjas que lo siguen habitando y un enorme museo de lo que significaba la vida en unos centros privilegiados donde solo se podían permitir vivir las hijas de familias ricas. El edificio está en el centro de la ciudad, en pleno casco histórico y muy cerca de la catedral, y supone una muestra auténtica de lo que significaban esos centros antes de las reformas que acabaron con los privilegios y las dotes de las religiosas.

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La verdad es que a mi no me apetecía mucho después del madrugón y el largo viaje ponerme a dar vueltas por un convento por muy representativo que fuera, pero cuando pasábamos por delante de un bar de copas camino de nuestros respectivos alojamientos, nos fijamos en que anunciaban una sesión de latin jazz para esa misma noche. Preguntamos a una de las camareras, una belleza de chica, es otra de las cosas que me ha llamado la atención de Arequipa, no es que sean mayoría ni mucho menos, pero el porcentaje de bellezones jóvenes, y no tanto, es bastante espectacular. Bueno, pues la chica nos confirmó la actuación, que repiten todos los martes, y encontré la excusa perfecta para tomar la decisión de visitar el convento y rematar la noche con el jazz.

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Así que a las 18,30, ya os digo que a esa hora es casi de noche, estábamos comprando las entradas y contratando una guía que nos fue explicando muy amablemente la historia de convento y de su evolución histórica. No me voy a extender mucho con el tema pero como dato significativo, contaré que el convento era, y es, de clausura, pero que cada monja tenía su propia casa dentro del convento donde, además de ellas, vivían sus criadas, las de cada una, con la misma obligación de clausura. Y cuando hablo de casa no hablo en sentido figurado, el convento se divide en calles y plazas, todas con nombres de ciudades españolas, Córdoba, Sevilla, Toledo e incluso está la plaza del Zocodover. Creo recordar que son siete calles y varias plazas, y las casas contaban con la habitación de la monja, cocina, comedor, sala de visitas para la familia y las otras monjas y, por supuesto, habitaciones para el servicio que, eso sí, supongo que para beneficiar las almas de sus dueñas, dormían sobre el suelo, en jergones. Las casas estaban decoradas con cuadros, tapices y objetos personales en función del poder económico de cada religiosa, lo mismo que el tamaño de la casa dependía también de sus recursos. La verdad es que la visita resulto más interesante de lo previsto, al menos de lo previsto por mí.

¿Y el concierto? Pues muy bien, con bastante retraso, como casi todo aquí, pero francamente bien. El pisco-sauer ni te cuento. Total, que difícilmente voy a repetir un día tan activo, empezando a las tres de la mañana y terminando sobre las 11 de la noche. Para nota.

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