El camino de Cartagena a Santa Marta no es muy largo, comparado con la mayoría de los desplazamientos que estoy haciendo, unas cinco horas. El paisaje apenas cambia, solo se va haciendo un poco más árido hasta que llegas a Barranquilla y cruzas el río Magdalena, que desemboca allí. Entonces sí, a partir de ese momento empieza un recorrido por lo que llaman la Ciénaga y que todos los que hayan leído Cien Años de Soledad recordarán perfectamente. Es una zona pantanosa, seca, quemada diría yo, con pueblos polvorientos y con una imagen bastante insalubre que inevitablemente te hacen pensar en Macondo. Bueno, pues justo cuando pasaba sobre el río Magdalena se me terminó la batería del móvil y no tengo ni una sola foto de esa zona. P’a llorar. En fin, aquí tenéis lo único que pude sacar durante el viaje.

Desde Santa Marta al pueblito de pescadores donde me alojé, Taganga, hay solo tres kilómetros, realmente cruzar un pequeño cerro y llegar a la ensenada donde está el pueblo. Tiene poca cosa, casas modestas, algunas en plan rústico, con madera y techos de paja, como en la que me alojé, y unas pocas más modernas. Está situado junto al parque Tayrona, que visité, ya veréis las fotos, y los turistas que van por allí lo hacen fundamentalmente para practicar buceo. Es un sitio muy tranquilo, con una playa no muy grande y cuyo principal entretenimiento es la llegada de los pescadores por la tarde, cuando la gente se acerca a la playa a comprar allí mismo y directamente el pescado que traen. Es cuando se anima más el pueblo, la zona de la playa en realidad, donde una docena de restaurantes, curiosamente solo un par de ellos de pescado, la mayoría pizzerías y comida texmex, ofrecen la posibilidad de cenar o simplemente tomar una cerveza o un ron, eso sí, con musica en directo alguno. En resumen un sitio tranquilo, relajado y muy mochilero, la mayoría de los alojamientos son hostels.

La casa desde luego merecía la pena. En principio con un pequeño susto, porque cuando llegué después de mucho preguntar, porque está en una zona alta a la que no llegan los taxis, no había nadie y la vecina me dijo que hacía meses que los dueños se habían ido a Bogotà y creía que ya no alquilaban habitaciones. Pero yo había recibido el día anterior un whatsapp del dueño confirmándome la dirección, así que después de indagar un poco más y que otra vecina le llamara por teléfono, apareció Carlos, una especie de hippie de los de Formentera, algo más joven que yo y con una niña de ocho años con la que vive en una zona un poco por encima de la casa y que no había oído mis llamadas, al parecer, pero que tenía todo perfectamente preparado y listo ya que había acordado con el dueño ocuparse él de atender los alojamientos. Debí de ser el primero porque las vecinas, muy amables, eso sí, no sabían nada con anterioridad. El caso es que todo fue muy bien, charlamos algún rato y la verdad es que no tengo la más mínima queja excepto porque el dueño no me avisara antes de la situación. Lo demás perfecto, y la casa, amplia, rústica, muy bonita y con unas vistas estupendas.

Y para terminar, una secuencia de uno de los atardeceres que he podido disfrutar desde la terraza de la casa, alguno de ellos tumbado en una comodísima hamaca. Con un detalle de la caída del sol a través de la rejilla de una mecedora.

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