Es uno de esos pueblos que, como dice mi hijo, parecen un decorado, solo que no es así, allí vive y se gana la vida la gente y, con reformas, van manteniendo la imagen y la estructura de un pueblo que es una buena fuente de riqueza turística. El camino desde Bucaramanga ya es interesante, atraviesas un par de cadenas montañosas no muy altas pero estás viendo, en este caso entre nubes, las moles que hay detrás, algunas de ellas de alrededor de seis mil metros. Es una lástima que con el movimiento del autobús no acaben de poder verse bien. De todas formas puedes observar también una de las joyas de la provincia de Santander, que es donde estoy, el cañón del Chicamoya, muy espectacular, mas ancho que los cañones que estamos más acostumbrados a ver, pero muy bonito, sobre todo la zona frente a la carretera, al otro lado del río, formada por montañas peladas con una bonita variedad de colores. Lo malo es que el día no acompañaba. A la vuelta el tiempo estaba más despejado pero tampoco se acaba de apreciar el espléndido paisaje.

Antes de llegar a Barichara hay una parada técnica en un pueblito que se llama San Gil, yxa que los buses no llegan directos desde Bucaramanga. Tengo muy pocas imágenes de ese pueblo porque pensaba dedicarle algún tiempo a la vuelta pero me entretuve demasiado y no me dio tiempo. Pero también tiene derecho, digo yo.

Pero bueno, el plato fuerte es el que es. Después de ver Popayàn y Santa Fe de Antioquia casi no debería sorprenderme ya nada en este sentido. De hecho renuncié a visitar Villa de Leyva desde Bogotà porque era un viaje de seis horas ida y vuelta y después de estos tres pueblos, a pesar de que dicen que es el mejor, era demasiado viaje para un pueblo colonial más. Pero estamos en Barichara, la joya de Santander y hay que reconocer que la fama la tiene bien ganada. No solo está bien conservado y es bonito, sino que las aportaciones que se han ido haciendo desde parques a hoteles han respetado escrupulosamente la estructura de los edificios y mantienen un conjunto realmente magnífico. No sé si porque había menos gente me pareció más tranquilo e incluso más natural que Santa Fe. El conjunto es realmente una maravilla y no te dan ganas de salir de allí. Además tiene rincones excelentes donde pararte y simplemente sentir la vigencia de un lugar que permanece a través del tiempo, no inmutable, pero sí muy consciente de lo que significa y de su valor histórico y humano. Una maravilla de pueblo sin paliativos.

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