Siempre le gustó pasear en esa época del año por la Casa de Campo , esa antigua finca de caza de los reyes, desde donde se ve un perfil de Madrid que incluye el Palacio Real, la horrenda catedral de la Almudena o la hermosa cúpula de San Francisco el Grande. Su padre le había contado muchas veces como, cuando al poco de proclamarse la Segunda República, el acceso a ese enorme pulmón de la ciudad fue abierto al uso y disfrute de los ciudadanos y las familias lo invadían alegremente los domingos con mantas que extendían sobre la hierba y cestos de comida para pasar el día.

Con el tiempo, se habían construido múltiples bares con terrazas y construido un embarcadero donde se podían alquilar barcas de remos para pasear por las tranquilas aguas del Lago, un estanque donde incluso, durante un tiempo, se podían pescar sin muerte las enormes carpas con las que se había repoblado, creía recordar, en la etapa del alcalde Tierno Galván, el primero tras la desaparición de la dictadura.

Cuando era adolescente, en verano, él y sus amigos viajaban en metro desde su barrio de Carabanchel con un tocadiscos de pilas y un par de estuches de singles y buscaban algún lugar apropiado donde organizar sus guateques, a los que siempre se unían grupos de chicos y chicas que, al oir la música, se acercaban para pasar el rato bailando y tomando algún que otro cubata, la versión de la época de los botellones que vendrían muchos años después. Ese noviembre, con más de sesenta años ya, recordaba sonriendo algunas de sus primeras experiencias con novietas iniciadas allí, todo muy light, desde luego, como era habitual y como correspondía a su edad y a la situación del momento, todavía en pleno régimen franquista. 

Hacía mucho frío, a pesar de haber amanecido un día despejado y las terrazas estaban vacías. Ese año, el invierno parecía haberse adelantado casi dos meses y a lo lejos, en la sierra, se veían las primeras nieves. Todavía quedaban muchas hojas verdes en los árboles y el suelo no estaba tan cubierto de ellas como era habitual, probablemente por ese cambio brusco que parecía haberse saltado el magnífico otoño madrileño, la época del año en que más le gustaba la ciudad. Pero ese segundo día de noviembre, luminoso y con un cielo azul tan reconocible, invitaba al paseo por esos lugares que tantos recuerdos le traían.

Dejó el coche en el aparcamiento que ocupaba una explanada donde, antes de ser reconvertida, había jugado muchas veces al fútbol con sus amigos o con cualquiera que se acercara donde había un balón para apuntarse a uno de esos partidos interminables a los que eran tan aficionados. Se acercó a la orilla del estanque, vacío, y comenzó su paseo solitario con el cuello bien protegido y las imprescindibles gafas de sol.

En realidad era como una despedida. Hacía años que no paseaba por aquella zona porque los accesos estaban casi cerrados desde hacía tiempo para evitar la prostitución que durante mucho tiempo se había enseñoreado de gran parte de la antigua finca y solo iba por allí cuando llevaba a sus nietos al Zoo o al Parque de Atracciones, ya sin conexión por carretera con la zona del estanque. Aquel paseo formaba parte de algo más amplio, una especie de adiós a su ciudad, a ese Madrid con el que había mantenido siempre una especie de relación de amor-odio que le había llevado a establecerse en otros lugares pero donde siempre volvía.

También volvería ahora, sobre todo porque su familia seguía viviendo allí y, para él, la familia era la única patria y la única bandera, ahora que tantas estupideces se decían sobre estos temas. Pero su decisión estaba tomada. En menos de dos meses, el resto de su vida, la ilusión por una merecida felicidad, por fin, le esperaba lejos, a esos más de siete mil kilómetros sobre los que ella bromeaba cuando conversaban a través de Skype. Un lugar donde no iba a necesitar el anorak, la bufanda, los guantes y el gorro de lana que llevaba durante ese último paseo en aquel frío noviembre, bajo un cielo azul irrepetible y sobre un manto de hojas amarillas y ocres que no volvería a pisar. O quizás sí, pero de otra manera. Nunca más solo. No iba a dejar pasar esa oportunidad. Ya no.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.