Amor salteño del general realista.

Este es el título de un artículo publicado en La Gaceta de Tucumán (Argentina) el 28 de noviembre de 2004. ¿Qué tiene que ver conmigo y por qué lo incluyo en el apartado Familia? Puede que nada, pero también puede que tenga que ver, nada menos, con la obsesión que he tenido durante toda mi vida con ese país, que pude por fin visitar hace tres años y al que he vuelto en éste, aunque no he podido llegar a Salta por diversas razones que no hacen al caso. La cuestión es que no tenía la menor idea pero los protagonistas de esta historia podrían ser antepasados míos. También es verdad que podrían no serlo, no he conseguido todavía confirmarlo, pero me gustaría que así fuera, un poco de romanticismo no le viene mal a nadie, digo yo, en este Cambalache en que se ha convertido el mundo como ya nos decía Carlitos Gardel en el tangazo de ese título… ¿Véis?, otra vez Argentina.

La cuestión es que ando metido en averiguaciones sobre mis antecedentes familiares y eso me ha llevado a lo que quiero contar. José Manuel de Carratalá Martinez fue un político y militar español cuya vida transcurrió entre 1781 y 1855. Nació en Alicante y aunque su formación fueron los estudios de Derecho, la Guerra de la Independencia le hizo cambiar todas sus previsiones. Dejó los estudios en Alcalá de Henares y se dedicó a organizar la resistencia en su provincia natal. Estuvo en la defensa de Cádiz y se distinguió a las órdenes de Wellington llegando a obtener el grado de coronel. En 1816 pasó a combatir en Colombia y Venezuela y una vez pacificadas estas zonas fue destinado a las ordenes del virrey del Perú. Combatió en Salta, Jujuy, Huamanga, Potosí, de la que fue nombrado Gobernador, y terminó sus andanzas en Latinoamérica como mariscal de campo en la derrota de Ayacucho frente a las tropas del mariscal Sucre en 1824, que decidió definitivamente la lucha por la independencia de las colonias en el continente. Fue hecho prisionero y, al volver a España, fue rehabilitado y ejerció como Gobernador militar en varias plazas, entre ellas Girona, donde con seguridad conoció a parte de mi familia, Ministro de la Guerra y Senador en las Cortes por la provincia de Sevilla. La cuestión es que el tercer apellido de mi padre es Carratalá, y aunque hay algunas complicaciones que contaré en otro momento para que se pueda establecer una línea directa, no cabe duda de que conoció a mi familia y fue coetáneo y compañero de armas de alguno de ellos.

La historia que yo quería contar le atañe directamente y se refiere a la época en que estuvo destinado en Salta por primera vez, en 1817. Allí conoció a una joven y rica salteña, hija de vasco emigrante y dama criolla, llamada Ana María Gorostiaga Rioja. Pero lo cuentan muy bien en el periódico donde la he encontrado así que les cedo a ellos la palabra:

” Las historias amorosas tejieron también su tela entre los episodios de la Guerra de la Independencia en el noroeste argentino. Varias crónicas y tradiciones se han referido a esos temas en libros o en artículos. El caso del general José Manuel Carratalá figura entre los más atractivos(…)
Entre batalla y batalla, Carratalá se enamoró perdidamente de una beldad salteña, Anita Gorostiaga y Rioja Isasmendi, y se dispuso a casarse con ella, ocurriera lo que ocurriera. Las cosas se precipitaron cuando el virrey José de La Serna, en consejo de guerra del 4 de mayo de 1817, dispuso que sus fuerzas se retiraran del territorio argentino. Había sido decisivo el acuchillamiento de su retaguardia en Humahuaca por los patriotas que mandaba el coronel Manuel Eduardo Arias. De acuerdo con esa orden, la medida se cumpliría a la medianoche, para disimularla un tanto.
El luego general Tomás de Iriarte (quien aún estaba entre los realistas) narra que, esa noche, Carratalá se presentó en su casa, para pedirle que fuera padrino del casamiento, y ya mismo. A Iriarte se le antojó absurdo que alguien pensara en una boda en semejantes circunstancias. “Vaya, no sea usted loco. ¡Siempre está de buen humor!”, le dijo. Y Carratalá respondió: “No es broma, me caso; venga usted, amigo, todo está preparado, y no puedo perder el tiempo, porque, como sabe, debo ponerme en marcha a las doce de la noche”.
Así, el asombrado Iriarte no tuvo más remedio que partir detrás del coronel. En sus “Memorias”, cuenta que, cuando llegó a la casa de los Gorostiaga, “todo estaba en movimiento; el patio lleno de colchones, baúles, etcétera, y ya estaban cargando las mulas para marchar”. La hermana de la novia, Jacoba Gorostiaga (quien tenía “unos ojos negros, los más grandes y seductores que he visto”, comenta el memorialista) le dijo que “le parecía un sueño” el casamiento de Anita. Después, la ceremonia se realizó en uno de los salones, a toda velocidad, y de inmediato los novios salieron al patio para unirse al ejército.
Según Bernardo Frías, era tanto el apuro, que Anita ni siquiera se pudo cambiar de traje, ni sacarse el “tontillo” ( como se denominaba la pieza usada para ahuecar la falda), o dejar el abanico de bodas. Iriarte acompañó a la pareja hasta el fin, y pudo ver a la novia montar a caballo “muy envuelta en un capotón de barragán de su querido esposo”, ya que “la noche era fría en extremo”. Cuando se alejaron, empezaban a retumbar los disparos de las partidas de Güemes.
Anita nunca regresaría a su tierra. Acompañó a Carratalá en lo que restaba de su carrera militar en América, hasta la batalla de Ayacucho, que selló en 1824 la derrota final de los realistas. Pasó a España con su marido, ya general y a quien aguardaban las más importantes dignidades: ministro de Guerra, teniente general, senador del Reino. Carratalá murió en 1855 y Anita lo sobrevivió varios años.”

Como era aquello… “¿la realidad supera siempre a la ficción?”. Pues eso. Y no me digáis que no es una historia bonita y romántica.

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