The Only Living Boy in New York

Hace tres o cuatro noches me llamó la atención este título de película en una de las plataformas de cine y series que parece que todos utilizamos ahora en Internet. Y lo hizo porque quizás es una de las canciones, la película utiliza como título  el de un tema de Simon & Garfunkel de los años 70, que más he oído en mi vida y, con seguridad, una de las primeras que escuché de verdad.

Tendría yo unos 14 años cuando mi tía Elvira, que estaba emigrada en Suecia con su familia, me regaló al venir de vacaciones en verano, un tocadiscos. Es difícil explicar lo que aquello significaba para un chaval de Caño Roto en aquella época. Puede dar una idea el hecho de que nadie entre mis amigos tenía ninguno entonces. Mi prima Caro, unos meses más joven que yo, tenía discos pero no un aparato donde escucharlos, por ejemplo. De hecho, mis primeros singles fueron los que ella me regaló junto con una de aquellas carpetas de plástico, estuches de discos lo llamábamos entonces,  donde guardábamos casi reverencialmente los pequeños vinilos de 45 revoluciones. Así fue como empecé a escuchar la música que ella apreciaba más, el soul: Otis Redding y su famoso muelle de la bahía, la cadena de locos de Areta Franklin o la fuerza irresistible de James Brown, más funky que soul pero…, ¿qué íbamos a saber nosotros entonces?

Luego fue cuestión de ir completando otro estuche más, y otro, y… Y estableciendo lo que en realidad nos importaba, la separación entre rápidas y lentas que nos permitían manejar estratégicamente en los guateques el verdadero objetivo: bailar lo más arrimados que nos permitían a las chicas que nos gustaban. Aquel tocadiscos de plástico, con pilas y estéreo, cuya tapa eran los dos altavoces ensamblados, recorrió todas las casas de mis amigos e incluso, en verano, visitó muchas veces la Casa de Campo, el parque madrileño al que podíamos acceder en metro y donde organizábamos en verano improvisadas reuniones, ese era otro de los nombres que dábamos a aquellas sencillas fiestas juveniles, siempre con la esperanza de gustarle a alguna niña lo suficiente para robarle algún beso o avanzar un poco en nuestros escasos conocimientos anatómicos. Todo muy light, hay que decirlo.

Pero la música es lo que tiene, que engancha. Yo había empezado, un poco antes, a escuchar por la noche aquellos programas de Ángel Álvarez en radio Popular que llamó Vuelo 605, parece que un homenaje al vuelo entre Madrid y New York que él frecuentaba gracias a ser empleado de Iberia. En esos viajes recopilaba gran cantidad de música anglosajona de diferentes estilos que empezó a introducir a través de las ondas en un país donde se consumía música española, italiana o francesa casi exclusivamente.

Ahí escuché por primera vez al famoso dúo americano Simon y Garfunkel, enormes estrellas en aquella época, y su canción The Boxer. Fue todo un descubrimiento. Después supe que pertenecía a un LP titulado Puente sobre aguas turbulentas que habían lanzado no hacía mucho tiempo y de esta manera decidí comprar mi primer disco grande. Tuve que ahorrar algunas semanas de la paga semanal pero por fin, mi amigo José Roca y yo nos fuimos al Corte Inglés y compramos aquella obra maestra. La oímos varias veces seguidas en mi casa, y durante muchas noches, como no tenía auriculares, que entonces eran solo objetos para profesionales, me acostaba con un altavoz pegado a cada oreja, para no tener que subir el volumen,  y el tocadiscos bajo la cama a escuchar una y otra vez aquella música maravillosa.

Además de The Boxer, ya conocía El Cóndor pasa y la canción que da título álbum, además de canciones anteriores como Mrs. Robinson o The Sounds of Silence. De las que no había oído antes de tener el disco, aunque me gustaron y me gustan todas, es la verdad, siempre consideré mi preferida The only living boy in New York. No sabía mucho de inglés entonces y no era capaz de entender el significado de la historia que cuenta, pero la melodía, los arreglos y las maravillosas voces me pareció siempre que realzan enormemente una canción que no ha sido nunca suficientemente bien valorada. It’s my opinion.

Creo que todavía anda por ahí, entre mis viejos vinilos que ya no tengo en mi casa, sobre todo porque hace años que no me acabo de centrar en una. Pero el recuerdo de aquel primer LP que compré con mi propio dinero me acompañará a todas partes. También lo tengo en CD, pero no es lo mismo. Ni de coña.

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