Es uno de los grandes atractivos turísticos de Mérida, por no decir el principal: el teleférico del Pico Bolívar, el más alto de Venezuela, 4.987 metros. La ciudad se extiende al pie de la cordillera, en un valle en cuya vertiente norte se sitúan las montañas que se ven al fondo, la sierra de La Culata, que separa la ciudad de las zonas bajas cercanas al lago Maracaibo. Mérida es una ciudad relativamente grande, no muy bien conservada pero con rincones aún atractivos abarrotados por los estudiantes de la Universidad de los Andes. Está en la zona más fría de Venezuela y el Bolívar y su Sierra de las Nieves es el único punto del país donde puede verse. Se llamó también Santiago de los Caballeros y aún se usa el “apellido”, quizás porque tiene fama la amabilidad de sus habitantes, además de la belleza de sus alrededores, muy variados, desde el extenso Páramo hasta las resecas montañas que rodean el Pico del Águila, un famoso paso de montaña, pasando por pequeños pero hermosos lagos, una interesante reconstrucción de un poblado típico de la zona en la época de la independencia conocido como Los Aleros o las mencionadas montañas del norte, cerca ya del gran lago, mucho más arboladas y con bonitos pueblos como La Azulita. Por cierto, cruzando la sierra desde allí hacia Mérida, tuve ocasión de disfrutar de uno de los más bellos paisajes de todo el viaje, cruzando bosques enormes sin apenas tráfico aunque muy pendiente siempre de los boquetes de la carretera, uno de los problemas de conducir en este país. De otro de ellos, más acuciante, también tuve conocimiento directo durante ese recorrido. A la salida de la Azulita decidimos ” dar la cola”, abstenerse de bromas los argentinos, o sea recoger en autostop, a una pareja de chavalines, dos primos de alrededor de diez años, niño y niña, que nos contaron su odisea diaria. Como el transporte público no funciona por falta de repuestos, tienen que salir de su casa todos los días sobre las cinco de la mañana, de noche aún, por si nadie les lleva y no tienen más remedio que recorrer andando los siete kilómetros que les separan de la escuela. Ya sé que en el mundo pasan cosas mucho peores y hay niños que tienen aún más dificultades para acceder a la educación. La diferencia es que, en Venezuela, hace simplemente un año, esto era impensable.

 

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