Bariloche y alrededores.

San Carlos de Bariloche es la cabecera de una de las zonas mas turísticas de Argentina. Situada junto al lago Nahuel Huapi, tiene, como la mayoría de los pueblos y ciudades de la zona, incluida la vertiente chilena, una clara influencia centroeuropea tanto en la arquitectura como en la propia oferta gastronómica, siendo famosos sus chocolates que se elaboran en gran medida con cacao venezolano. Los primeros colonos blancos que se establecieron en la zona eran de origen alemán, muchos de ellos procedentes de Chile y el edificio mas representativo de esa herencia es el Centro Cívico, que además de las dependencias municipales alberga un teatro, sala de conciertos, de exposiciones e instalaciones dedicadas al turismo. Aunque su reconocimiento como ciudad es reciente, de principios del siglo XX, su desarrollo como lugar turístico ha sido muy rápido, especialmente desde la creación de la estación de esquí del Cerro Catedral, la más visitada de toda Sudamérica. Nosotros nos encontramos con unas temperaturas más bajas de lo previsible, dos grados bajo cero por la noche, pero con un tiempo soleado y muy agradable durante el día. Abundan las terrazas y los restaurantes, con una oferta algo más variada de lo habitual en Argentina. Del chocolate mejor ni hablamos.

Del lago que queréis que os diga, es difícil elegir que vista o desde que lugar enamora más. Por supuesto ofrece la posibilidad de navegar a diferentes zonas con muy difícil acceso por tierra y a alguna de las islas. Nosotros lo rodeamos hasta donde nos fue posible, lo que me permitió conocerlo mucho mejor que en mi anterior viaje. También supuso una novedad poder visitar la Colonia Suiza, un pequeño asentamiento a orillas del lago hoy convertido casi exclusivamente en centro turístico con alojamientos, restaurantes y tiendas de artesanía que ocupan las viejas edificaciones de madera, muchas de ellas restauradas.

Desde Bariloche hicimos la obligada excursión a El Bolsón, en la propia Ruta 40, aprovechando el domingo para recorrer su mercadillo dominical, comprar algunos productos naturales como frambuesas, nueces o miel, escuchar musica variada y pasar un día relajado en un pueblo que respira tranquilidad y en un entorno natural absolutamente privilegiado. Creo que no me cansaría nunca de visitar ese lugar.

 

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